domingo, 25 de diciembre de 2022

Catalina.

 

Catalina tiene ochenta y siete años y se considera mayor, aunque se conserva muy bien. Desde la residencia para mayores de la que es interna la llevan a urgencias porque dice que se ha caído y que le duele un brazo y una pierna que casi no la dejan andar ni coger cosas. No apreciamos nada en la exploración ni lesiones en las radiografías. Ella insiste que con tanto dolor que sufre tiene que haber alguna cosa y que deberíamos ingresarla o firmar una baja laboral.

Esto no es posible, Catalina. La baja laboral sólo se da a quien está en edad de trabajar y tiene un trabajo. Tú tienes ochenta y siete años y estás jubilada. En el universo de su razón no entiende la situación en la que vive y no encuentra respuesta. En su vida ya no percibe la armonía que busca y esto le genera desasosiego. Pues si soy mayor y no estoy en edad de trabajar es porque debo descansar y hacer lo que quiera mientras mi cuerpo aguante. Lo has comprendido bien. Disfruta tanto como puedas. Vale, pues no es así. Un rato de conversación nos permite descubrir y entender lo que la inquieta. No puedo hacer lo que me gusta porque no tengo tiempo, espeta. La rigidez de los horarios y de las actividades la mantienen ocupada y agobiada todo el día.

Nunca me hubiera imaginado una vejez metida en talleres de recuperación cognitiva y conductual y entrenamientos en habilidades sociales con un seguimiento individualizado. Rodeada de ancianos que no colaboran, que son hipercinéticos con tendencia a la distracción o los que hacen cualquier cosa porque no tienen nada mejor que hacer. Al final la cohesión del grupo cae por culpa de alguno de sus miembros. Catalina demuestra ser muy inteligente y culta y no se muestra complaciente con este tipo de cosas. Ella ha pedido que su terapia ocupacional sea la lectura y la escritura. Los terapeutas no le dejan porque esto no está contemplado en los programas que se aplican en el centro.

Aquí es cuando Catalina pierde el interés, se desmotiva y empieza a desarrollar una sintomatología ansiosa que roza la rebeldía a base de excusas para recuperar su libertad como persona dentro de la institución. No tengo tiempo para leer los libros que mi familia me trae ni escribir en unas cuartillas que guardo. Tengo las visitas restringidas para poder desarrollar los talleres y lo cuenta trasmitiendo ternura. Queremos hacernos cómplices de ella porque la agobiante severidad de los programas asfixia su libertad y la convierten en esclava del sistema y de los terapeutas que se mantienen alejados del respeto hacia la gente mayor.

La miramos a los ojos y le explicamos casi de forma clandestina que dejaremos constancia en el informe que tiene que reposar hasta que vuelva a vernos en consultas externas para un control. Catalina busca mi mano, la coge, la aprieta y se levanta para darme un sonoro beso que me alegra la guardia.

Migrantes.

 

Mar adentro, en verano, se cruzan barcos, pateras y veleros a los más opuestos destinos. La elegancia de una gran vela hinchada de una potente embarcación roza la patera de los migrantes que navegan hacinados. 

No responde al saludo ni a la solicitud de ayuda. La proa afilada abre el mar a todo trapo. Desde la balsa la ven desfilar sin ser capaces de explicarse porqué, inclinado el velero hacia un lado, no vuelca ni se hunde como les ocurre a ellos si se mueven. Los migrantes sólo intentan mantener el equilibrio para no terminar al fondo del mediterráneo mientras algunos sonríen al ver el velero de la fortuna. Creen que al mundo que van todo es así con arriesgadas aventuras como forma de vida porque disponen de muchas oportunidades.

Eso ha escrito un filósofo jubilado reconvertido en poeta.  Ahora persigue la sabiduría desde la humildad y escribe contagiado de sensibilidad. Huye de lo superficial e innecesario y tiene ansias de alba y de ver amanecer todos los días, aunque a veces haya tormenta.

Migrar, dice, es querer llegar a la luz cruzando la oscuridad más absoluta. La travesía siempre es complicada y produce vértigo querer pasar del tercer mundo al primero de un tirón. Pero se saltan el segundo mundo porque no existe. Aun así, lo intentan todos los días y a menudo el mediterráneo se convierte en una tumba para esa gente. No son conscientes de la realidad porque la necesidad y las ganas, a veces, nublan los riesgos. O migras o mueres. Y si migras, seguramente también mueres. Algunos sabemos la respuesta a ese problema porque, como Serrat, también nacimos en el mediterráneo. Pero no pasa nada. Para esto existe el paisaje y si no te gusta uno miras hacia otro lado que hay otro paisaje.

Pronto llegará el invierno y con él traerá el mal tiempo. Tendrán que dejar de venir o hacerlo de otra manera. Seguirán haciéndolo de la misma y será cuestión de tiempo que la muerte les llegue al margen de dónde hayan nacido y de quienes sean. A ellos la desgracia les persigue cada minuto de su vida desde que nacieron. Unos morimos con atención paliativa y otros, simplemente mueren. Escribir este tipo de historias como si fuera literatura me molesta mucho porque la literatura es otra cosa. Pero antes no venían tantos migrantes en pateras.  

Por cierto, creo que no he mencionado que los viñedos han dado un buen vino este año gracias a la fina lluvia de finales de verano. Algunas botellas podrán rozar los quinientos euros. Que frivolidad.

Ellos nunca escribirán a sus familias desde un hogar con chimenea. Han abandonado sus recuerdos y no pueden soñar en libertad porque sólo tienen pesadillas. La lejanía los aísla. Un trayecto que cruza un mar tortuoso en toda su inmensidad. Otro día escribiré historias del mar en calma y de olivos centenarios. De la sombra que proporcionan las encinas y las higueras y de lo bonita que es la vida.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

Paisajes.

 

SOBRE EL PAISAJE.

“Yo voy soñando caminos de la tarde. Las colinas doradas,

los verdes pinos, las polvorientas encinas.

¿Adónde el camino irá? La tarde cayendo está.

Yo voy cantando, viajero a lo largo del sendero.

Y todo el campo un momento se queda, mudo y sombrío, meditando.

Suena el viento en los álamos del río.

La tarde más se oscurece; y el camino que serpea

y débilmente blanquea, se enturbia y desaparece”.

                                         Machado.

Amaneció la primera mañana del mundo para mí. A las seis y diez de la tarde del día cinco de noviembre. Esa vida que tiene todos los minutos iguales y todos los días distintos. Tarde anochecida anticipadamente porque era otoño. Con calles de farolas insuficientes y esquinas en penumbra donde se cobijan los gatos.

Se escuchó un grito estremecedor de los de coger aire para que la vida no se escape y luego vino un llanto largo sin eco y sin sombra porque me di cuenta de que la vida intrauterina no tenía nada que ver con la vida que me había imaginado. Pero una vez nacido sólo se sale con la muerte una vez devuelta el alma.

El otoño de la vida es distinta al resto de las estaciones. Más intensa. Cosas por hacer y sin tiempo disponible. Ahora mi respiración es más lenta y va acompasada con la vida, con las emociones y con los sentimientos y con la armonía y el equilibrio que sólo se consigue con la experiencia acumulada en la edad adulta. El color de los ojos me cambia según la luz del momento, pero la mirada va cambiando según la edad. Mirada tranquila y experimentada. Que igual que mira dice, aunque los ojos estén medio cerrados. De la mirada ingenua y azulada de la infancia a la de ahora con matices determinantes.

El olor de madrugada se parece al del anochecer cuando el sol se pone detrás del horizonte al final de los campos de castilla. De lluvia y viento. Un ir y venir desde la plaza Azoguejo hasta el Alcázar pasando por la plaza mayor y la Catedral de Santa María soy un desconocido más que forma parte de la gente mayor que mira el tiempo pasado en los escaparates de la vida en calles iluminadas con paso de costumbre y rutina y la sombra fiel que no te deja ni los días nublados admirando los esgrafiados de las fachadas que te entretienen a cada paso y con cada casa.

Dice el poeta que ahora tengo que aparentar que sé más de lo que digo y escribo mientras fuera se acumulan hojas arremolinadas por el viento de otoño que se mojan con la lluvia, forman charcos que pisamos con fuerza. Días huérfanos que aprovecho para amamantar recuerdos. Mientras se consume la leña en la chimenea y el humo sube recto como un ciprés. La rectitud del momento y el eco de los cantos gregorianos que llegan desde el Monasterio de Santa María del Parral. Y mientras escribo esto estarán cogiendo los últimos racimos de uvas del patio de la casa de Machado.

Ando despacio. No quiero que descubran mi prisa por la vida. Con los minutos me he puesto a construir horas y días. He subido a la bicicleta para pedalear quimeras y pasearlas por las calles estrechas de luz tenue de la judería. Luego he descansado en un bar sorbiendo un café y me he llevado caldo caliente para combatir el hiriente frío. Levanto la vista y observo la madrugada con los gorriones apostados en las ramas.

Las piedras del acueducto aguantarán el invierno con sus tempestades. El bosque hará lo propio con los árboles hacinados con sus sombras. Los paisajes de los campos de Castilla esperarán cualquier cosa o nada de este otoño que acabamos de inaugurar persiguiendo, inteligentemente, puestas de sol. El verano va dejando de ser lo que fue para ser otra cosa. Ser otoño, sin más y formar parte de los paisajes ocres con la lluvia que por fin ha llegado y que cae sobre tierra demasiado seca y se encharca y que me encuentra detrás del ventanal de casa, el que da al jardín, con un libro entre manos. Esos libros de papel rústico fino y tapas blandas y una acumulación de letras que acallan la tormenta desapacible y la soledad.

Ahora toca recogerse un poco antes y aprovechar el tiempo de otra manera. Con libros escritos con tinta, con argumento y con provocación de pensar. Ya llevo un rato descalzo porque hace un rato que decidí coger papel y pluma y escribir algo aprovechando esa letra de monja que me han dicho que tengo. Llevan razón porque Sor Juana y Sor Catalina me enseñaron a escribir y a leer con entonación para enfatizar palabras de mayor importancia. Me ha dicho mi amigo el poeta, esta mañana, subgrupo literario llamado relato breve porque escribo sobre cosas y temas de paisajes, naturaleza y costumbres pueblerinas de distinta manera. Y los viernes quedamos a una hora de tarde avanzada en las inmediaciones del quiosco de música de la plaza mayor para mantener conversaciones de gente mayor en tono sereno porque nos importan las raíces y nuestra historia.

Escritos sobre damas despechadas. Señores paseando cuernos con elegancia. La erótica de criadas y cocheros en la penumbra de los patios. Momentos piadosos de Semana Santa con cartas comprometidas entre monjas de clausura y militares. Sobre los atardeceres anaranjados sobre los campos de dorados caprichosos. Vivo a escasos metros de la parroquia con su cementerio escaso y también con encanto. Con un fuerte viento que se ha deslizado por entre las calles y ha entrado en la habitación por la ventana después de haber descorrido cortinas y visillos. Ando absorto mientras se oye mi sonora pluma desde la hospitalidad de mi alcoba y náufrago del sentido de la realidad cuando el camino se agota y que da demasiado por hacer. La sabiduría se mantiene gracias a un genuino y metódico aprendizaje de experiencia humana que me condiciona desde mi nacimiento y el bautismo.

Este relato es un desliz como un relámpago cegador del otoño de la vida.

sábado, 26 de noviembre de 2022

Matías Ayala Carpio.

 

           A las siete en punto de la tarde, Matías se viste y sale a escena para recitar una de tantas obras maestras que han marcado su vida.
         De las que le hubiera gustado ser el protagonista, pero no fue elegido. Ahora que está jubilado y vive en los sótanos del teatro aprovecha para hacer lo que siempre soñó.
        Se mueve con soltura por el escenario. Habla y gestualiza cada acto con un relieve estético y poético. Su vida pasada aflora y recupera paisajes perdidos porque la palabra es más veloz que las consecuencias.

          Se emociona con los aplausos de ese público que le hubiera gustado tener.

martes, 22 de noviembre de 2022

El profesor.

 

El profesor de literatura entró en el aula y escribió un poema en la pizarra como cada mañana desde siempre.

Algunos días un alumno escogido al azar tenía la agradable responsabilidad de anotar su poema.

La inseguridad del principio fue dando paso a la confianza.

Todos anotaban los poemas en sus libretas y llegaron a formar una generación de escritores.

Cuando el profesor se jubiló los alumnos siguieron escribiendo un poema en la pizarra todos los días.

Ahora sigo con la tradición y escribo un poema en las paredes de los lavabos públicos para deleite de los usuarios.

sábado, 19 de noviembre de 2022

Tiempos de pandemia.

 

Un día escribiré sobre todo esto y más. De momento llevo más de dos meses plagiando mi vida honradamente. Pero, resistiré.

Ahora mismo, en mi vida confinada, me encuentro sentado con los pies en la tierra de la que formo parte. Espero que amanezca despacio y en silencio. En un lugar donde sé que descansan las almas. Necesito este sosiego de monasterio con ecos litúrgicos. Utilizo palabras trasparentes y un lenguaje cómodo de zapatillas de andar por casa. Mientras va llegando la nueva normalidad y un verano atípico. Muchos días amanece antes de que me despierte cuando siempre me despertaba antes de que amaneciera. Esas horas perdidas ajenas al reloj que las marca.

Recuerdo cosas con permiso del olvido, que los recuerdos son de barro y están detrás de la memoria. Qué pasó y cómo pasó y porqué pasó. Son preguntas sin ánimo metafísico ni filosófico que me generan la misma angustia que cuando la comadrona me cortó el cordón umbilical y me puse a llorar. He camino mil veces por casa protegido de las ramas y del viento y del sol y de la lluvia. Vivo en una penumbra duradera que ya casi no sé cómo huele la gente y la calle. Esa bestia invisible llegó embistiendo y nos ha separado de los seres queridos. Le escribo al mar y se lo leeré cuando todo esto haya pasado y si los dioses del mediterráneo han sido benévolos conmigo. Ahora tengo nuevas heridas sangrantes sobre las viejas heridas cicatrizadas. Las arrugas del cansancio son parecidas a la corteza de un pino antiguo y de un olivo centenario.

Observo desde la ventana que los pájaros se posan y anidan en todos los árboles sin saber el nombre de éstos. Pero no les importa. Pienso en los sanitarios. Estamos resistiendo a un año sin pascua ni saetas. Sin fallas ni sanfermines. Sin ferias ni turistas. Un día del libro confinado y la familia ausente. La vida tiene cosas simultáneas. Lo bueno y lo malo de nosotros se dan al mismo tiempo. La madrugada me roba el sueño. Alba mensajera de otro día de lucha.

En la solemnidad de los infortunios tengo la conciencia que me guía. La osadía de las horas de desescalada después de días de privaciones y cautiverios. Nos acercamos a lo que estaba prohibido y la responsabilidad va en aumento. Los minutos se empecinan en pasar antes de que llegue el turno de la luna. La sabiduría de retomar parte de la vida de antes. A veces, para otros, habremos sido un paisaje, una voz, un estribillo o un aroma. A menudo sólo los truenos y el silencio habrán sido nuestra compañía. La hostilidad del dolor y el sufrimiento colectivo se enfrenta a nuestros sentimientos. La ignorancia de todo esto que pasa es como una lenta enfermedad que conduce a una muerte interina. Los pormenores y la letra pequeña también forman parte del contrato con la vida.  Extraño los modos de antes. Parece que haga cosas excesivas, pero son menos de las que quisiera. Hemos aprendido a corregir las imperfecciones del pasado. Agotado del alma esperando días venideros de poder recoger frutos. Necesito deshacerme gradualmente de esta tiranía. Parecemos pájaros agotados de no volar. La ligera destemplanza de la adversidad nos fortalece. Una mirada perdida sólo puede ver lo que hay más allá del horizonte. Los días tranquilos son repetidos e idiotizados. Cada día acumulamos valor y entereza para poder afrontar la llegada de la edad adulta. Se nos ha acabado la vida nerviosa y soberbia de antes. Puedo imaginar, pues, los senderos que vamos a transitar de forma parsimoniosa. Toca pensar, todavía. Aunque no duerma la noche pasará. Últimamente empiezo a ver y a escuchar a los perros jadear y ladrar a la luz de las farolas.

Toca felicitar la navidad y lo voy a hacer con la ayuda de mi sobrina María Antonia. Tiene diez años y un buen nivel de estudios con una nota media de nueve con dos. Su maestra de ciencias naturales les está enseñando el aparato reproductor de los animales y de las plantas. Resulta que el ovario de las plantas se convierte en fruto cuando ha sido polinizado por el viento.

Tiene otra maestra que le explica religión. Asignatura necesaria e imprescindible para alumnos que viven en un estado aconfesional. Parece ser que las maestras prepararon el temario de forma conjunta para evitar equívocos entre los alumnos y mosqueo entre los padres. Dice mi sobrina que la maestra de religión asegura que con la maternidad empieza la vida. Resulta romántico y poético. 

Que la maternidad es exclusiva del cuerpo femenino porque así lo ha querido Dios que es quién lo ha creado. La naturaleza, aquí, no pinta nada. Parece ser que la Virgen María sólo se llamaba María a secas. Lo de virgen viene a cuento de que no fue polinizada por ningún hombre. Sólo por el viento que vino del norte.

Llegado el momento, el hijo de Dios, vino al mundo en un establo dónde sólo había el burro con el que se habían desplazado. No había buey porque nunca lo ha habido en un establo. Ni ningún otro tipo de animal. Tampoco estaba el carpintero porque no era costumbre que los hombres estuvieran al lado de sus esposas en momentos como éste. Luego, sí se puso de moda.

María era una mujer prometida a su esposo José y comprometida con el matrimonio vitalicio. Por eso sus labios se quedaron mudos cuando se supo polinizada con la semilla que el viento le dejó al rodearla por la cintura. El carpintero se quedó con el rostro perdido o extraviado en busca de un refugio de calma. En estos momentos cualquier cosa hubiera servido para protegerse de la situación. Algo destilado o fermentado, por ejemplo. Pero era hombre serio y responsable y cuidó de María.

Hoy he ido mar adentro. Dirección horizonte. Con las velas hinchadas. Esperando una ola que me inspirara. He vuelto al anochecer. Después de que el sol se haya puesto. Que es cosa importante felicitar una Navidad a los amigos. La Noche Buena es noche sosegada. Compartiendo mesa con buena compañía, aunque sea en la distancia. Que no falte el vino, las palabras y la risa. Las miradas y la ternura. Noche de fiesta y buenas intenciones. Esa noche en la que el viento se cuela por las rendijas y deja villancicos oportunos. Reivindicando generosidad, recuerdos y balances. Cosas buenas que habrá que repetir y otras que habrá que olvidar.

Soledades inciertas y difusas por los que ya no están o los que están de camino. Ecos de una pandemia que retumba sin cesar. Tardes de chimenea con libros y letras y el tiempo que nos devora.

jueves, 10 de noviembre de 2022

Vacaciones.

 

Estoy en la playa. Sombrilla, tumbona y libro. El agua del mar en su punto.     

Llega un señor que se llama Paco con dos hamacas debajo del brazo izquierdo y bolsa grande con toallas, comida y juguetes para los niños. Mesita playera debajo del brazo derecho y neverita pesada en la misma mano. Sombrillas en bandolera. Arrastra los pies por la arena y respira profundamente con estertores de antes de morir.

La mujer de Paco que va unos pasos por delante con su abanico le espeta que cambie la cara de asco que pone. La suegra grita que pare un poco que padece del corazón y le va a dar un síncope. Los dos niños revolotean alrededor del padre levantando arena. Paco lleva unos chorretones de sudor que no se puede secar y deja un rastro. Paso pena de verle.

Después de comer tengo siesta. La señora de Paco y su suegra también tienen siesta mientras él hace castillos de arena con los niños bajo el sol de la sobremesa. Las moscas se pegan a su cuerpo empapado de sudor. Le ofrezco una cerveza fría a Paco que se la bebe sin respirar. Quiero volver a la rutina, me dice. 

sábado, 5 de noviembre de 2022

Paisajes

 

“Yo voy soñando caminos de la tarde. Las colinas doradas,

los verdes pinos, las polvorientas encinas.

¿Adónde el camino irá? La tarde cayendo está.

Yo voy cantando, viajero a lo largo del sendero.

Y todo el campo un momento se queda, mudo y sombrío, meditando.

Suena el viento en los álamos del río.

La tarde más se oscurece; y el camino que serpea

y débilmente blanquea, se enturbia y desaparece”.

                                         Machado.

Amaneció la primera mañana del mundo para mí. A las seis y diez de la tarde del día cinco de noviembre. Esa vida que tiene todos los minutos iguales y todos los días distintos. Tarde anochecida anticipadamente porque era otoño. Con calles de farolas insuficientes y esquinas en penumbra donde se cobijan los gatos.

Se escuchó un grito estremecedor de los de coger aire para que la vida no se escape y luego vino un llanto largo sin eco y sin sombra porque me di cuenta de que la vida intrauterina no tenía nada que ver con la vida que me había imaginado. Pero una vez nacido sólo se sale con la muerte una vez devuelta el alma.

El otoño de la vida es distinta al resto de las estaciones. Más intensa. Cosas por hacer y sin tiempo disponible. Ahora mi respiración es más lenta y va acompasada con la vida, con las emociones y con los sentimientos y con la armonía y el equilibrio que sólo se consigue con la experiencia acumulada en la edad adulta. El color de los ojos me cambia según la luz del momento, pero la mirada va cambiando según la edad. Mirada tranquila y experimentada. Que igual que mira dice, aunque los ojos estén medio cerrados. De la mirada ingenua y azulada de la infancia a la de ahora con matices determinantes.

El olor de madrugada se parece al del anochecer cuando el sol se pone detrás del horizonte al final de los campos de castilla. De lluvia y viento. Un ir y venir desde la plaza Azoguejo hasta el Alcázar pasando por la plaza mayor y la Catedral de Santa María soy un desconocido más que forma parte de la gente mayor que mira el tiempo pasado en los escaparates de la vida en calles iluminadas con paso de costumbre y rutina y la sombra fiel que no te deja ni los días nublados admirando los esgrafiados de las fachadas que te entretienen a cada paso y con cada casa.

Dice el poeta que ahora tengo que aparentar que sé más de lo que digo y escribo mientras fuera se acumulan hojas arremolinadas por el viento de otoño que se mojan con la lluvia, forman charcos que pisamos con fuerza. Días huérfanos que aprovecho para amamantar recuerdos. Mientras se consume la leña en la chimenea y el humo sube recto como un ciprés. La rectitud del momento y el eco de los cantos gregorianos que llegan desde el Monasterio de Santa María del Parral. Y mientras escribo esto estarán cogiendo los últimos racimos de uvas del patio de la casa de Machado.

Ando despacio. No quiero que descubran mi prisa por la vida. Con los minutos me he puesto a construir horas y días. He subido a la bicicleta para pedalear quimeras y pasearlas por las calles estrechas de luz tenue de la judería. Luego he descansado en un bar sorbiendo un café y me he llevado caldo caliente para combatir el hiriente frío. Levanto la vista y observo la madrugada con los gorriones apostados en las ramas.

Las piedras del acueducto aguantarán el invierno con sus tempestades. El bosque hará lo propio con los árboles hacinados con sus sombras. Los paisajes de los campos de Castilla esperarán cualquier cosa o nada de este otoño que acabamos de inaugurar persiguiendo, inteligentemente, puestas de sol. El verano va dejando de ser lo que fue para ser otra cosa. Ser otoño, sin más y formar parte de los paisajes ocres con la lluvia que por fin ha llegado y que cae sobre tierra demasiado seca y se encharca y que me encuentra detrás del ventanal de casa, el que da al jardín, con un libro entre manos. Esos libros de papel rústico fino y tapas blandas y una acumulación de letras que acallan la tormenta desapacible y la soledad.

Ahora toca recogerse un poco antes y aprovechar el tiempo de otra manera. Con libros escritos con tinta, con argumento y con provocación de pensar. Ya llevo un rato descalzo porque hace un rato que decidí coger papel y pluma y escribir algo aprovechando esa letra de monja que me han dicho que tengo. Llevan razón porque Sor Juana y Sor Catalina me enseñaron a escribir y a leer con entonación para enfatizar palabras de mayor importancia. Me ha dicho mi amigo el poeta, esta mañana, subgrupo literario llamado relato breve porque escribo sobre cosas y temas de paisajes, naturaleza y costumbres pueblerinas de distinta manera. Y los viernes quedamos a una hora de tarde avanzada en las inmediaciones del quiosco de música de la plaza mayor para mantener conversaciones de gente mayor en tono sereno porque nos importan las raíces y nuestra historia.

Escritos sobre damas despechadas. Señores paseando cuernos con elegancia. La erótica de criadas y cocheros en la penumbra de los patios. Momentos piadosos de Semana Santa con cartas comprometidas entre monjas de clausura y militares. Sobre los atardeceres anaranjados sobre los campos de dorados caprichosos. Vivo a escasos metros de la parroquia con su cementerio escaso y también con encanto. Con un fuerte viento que se ha deslizado por entre las calles y ha entrado en la habitación por la ventana después de haber descorrido cortinas y visillos. Ando absorto mientras se oye mi sonora pluma desde la hospitalidad de mi alcoba y náufrago del sentido de la realidad cuando el camino se agota y que da demasiado por hacer. La sabiduría se mantiene gracias a un genuino y metódico aprendizaje de experiencia humana que me condiciona desde mi nacimiento y el bautismo.

Este relato es un desliz como un relámpago cegador del otoño de la vida.

jueves, 3 de noviembre de 2022

Safo

 

Todos la llaman Casilda Ruiz Tauste porque éste es el nombre que le pusieron el día del bautizo en la iglesia parroquial de Santa María del Campillo. La conocen, simplemente, como Casilda a pesar de ser la hija mayor de Don Ernesto Ruiz, archivero del ayuntamiento y de Doña Ana María Tauste que regenta la farmacia. Sobresalió en los círculos más selectos de todo tipo principalmente en los literarios. Hace unos años concedió una de las pocas entrevistas a un periodista recién jubilado y con el que mantiene una cierta relación de amistad.

Últimamente está alejada del ruido de ferias de libros, presentaciones, premios, tertulias radiofónicas y cosas por el estilo. Vive en una casa situada a las afueras del pintoresco pueblo aragonés de Rocarobledo. En ella tiene un huerto para cultivar hortalizas y un estudio para cultivar el ensayo literario en todas sus variedades. Ambas cosas las hace bien. Su última obra publicada "Las letras tienen vida propia" vio la luz hace unos meses. Éxito de ventas en unos días y con unos acabados de academia. Mucho mejor de cómo escriben los propios académicos y seguramente por eso y por ser una mujer nunca ha sido propuesta para una letra mayúscula ni minúscula. Incluso a su edad avanzada mantiene la capacidad para el pensamiento y para el análisis. En la vida ha ido acumulando sabiduría y conciencia literaria. Esta entrevista que he mencionado fue grabada en la biblioteca de su casa y en la tranquilidad de poder repetir, comentar, alargar o censurar lo que iba diciendo. Un lugar de culto con miles de volúmenes enseñando lomo mientras descansan en grandes estanterías de caoba. Aquí pasa gran parte de su tiempo donde ha escrito su último libro que tiene muchos capítulos y cada uno de ellos está escrito de forma independiente. Un cúmulo de pensamientos críticos y sensaciones aventureras. Le han alabado sus textos por su relevancia, pero le han reprochado su forma de escribir literatura de forma fragmentada como los artículos periodísticos o las columnas de opinión al que han venido a bautizar como subgrupo de literatura fragmentada. Reconozco que cada día tiene más adeptos y seguidores porque sus escritos tienen calidad. Aquello de que si breve y bueno... Pues eso. Yo, además, me permito la licencia de recomendaros sus textos.

Esta señora casi mayor disfrutando con sus años. Con un vestir elegante y que saluda con madurez intelectual porque se comporta con experiencia creadora. Sabia en el hablar y hábil en el arte de la comunicación consciente. Asertiva y convincente en la pose y en la mirada desde siempre. Utiliza un lenguaje poético para una conversación normal con su amigo el periodista Hipólito Castejón. Esta señora experimentada de la vida y buena conocedora de las personas que exploradora textos que otros han escrito en busca del significado adecuado a cada palabra y que escribe de forma artesanal a tiempo completo porque ha hecho de la escritura su profesión. Camina de forma sosegada, aunque en la entrevista no pueda apreciarse. Semblante distraído. Constantemente pensativa.

Casilda, en la entrevista, dejó entrever que su longevidad ilustrada podría estar directamente relacionada con su desinterés por la política y a su locura por la literatura. Dejó de interesarme la política cuando descubrí que los políticos trabajan a espaldas y al margen del pueblo soberano que les ha votado. Así pues, quedó zanjado este asunto del que no se volvió a hablar y del que ya había advertido a su amigo el periodista de que no sacara el tema. Le pregunta el periodista Hipólito Castejón conocido por su atrevimiento que, si es consciente de que agrada a muchos, pero no contenta a todos. Esto es una obviedad responde rápido y sin ningún género de dudas. El equilibrio está en la necesaria independencia literaria. Yo escribo lo que necesito escribir y el lector lee lo que necesita leer. No se puede escribir según tendencias o a dictados de otro como vienen haciendo algunos. Bienvenido el lector que no me lee pero que me respeta. Yo le respeto aun sabiendo que lee a otros en vez de a mí. En la vida, además de acumular inteligencia y saber, ha acumulado lucidez y la saca a pasear en la entrevista.

Su amigo el periodista jubilado tiene interés por saber cómo pasa el tiempo. Aquí Casilda Ruiz da otro pase de pecho. Saboreando los triunfos y los reconocimientos y disimulando con dignidad la frustración de mis fracasos en lo profesional y en lo personal. Supongo que como hace todo el mundo cuando llega a cierta edad. A cada minuto que pasa la entrevista se hace más amena. Interesante. Se muestra cercana y disfruta de hablar de literatura mientras coquetea con las luces y la cámara que la está grabando. Recuerda sus primeros pasos cuando su padre le contaba cuentos por las noches en la tranquilidad de su alcoba y en la oscuridad que se reflejaba en la ventana. Alguna vez no sabía qué contar y le explicaba lo que hacía en el trabajo del ayuntamiento como archivero y documentalista. Él se quedaba dormido mientras ella cerraba los ojos y se lo imaginaba rodeado de papeles en los que poner orden. No era tanto lo que le contaba su padre sino el cómo se lo contaba. Su voz gastada y ronca de nicotina junto con gestos parsimoniosos. Así empezó su forja como escritora. Ahora su obra es singular. En singular. Porque es única y destacable.

 De joven, y no tanto, Casilda era asidua de esos bares que sólo abren por la noche y se nutren de insomnes y noctámbulos ávidos de historias para contar y escribir. Bares de conversar entre copa y copa y humo de tabaco además de algo de música interpretada por un destartalado piano. Fumó mucho y ahora se le nota en la voz de alquitrán y en el respirar cansado de acordeón argentino que arranca tangos de melancolía. Esos bares que sólo abren para los que llevan el día cambiado y cierran muy tarde o demasiado pronto según se mire. Le gustaba ver amanecer y cuando tenía la certeza de un nuevo día se acostaba. Luego se cansó de esa vida bohemia y volvió a vivir de día y dormir de noche que es lo que hacía la mayoría de la gente. Cuenta sonriente que vivió unos años en París. En el barrio Latino. Allí escribía lento, pero con buena letra porque seguía los ritmos de los sorbos del café de buena mañana y de cualquier otra hora con la música de radio parisina. Dejó influenciarse por los estilos literarios de aquella época y publicó bastante bien y suficiente como para vivir con comodidad y con independencia. Dije que me había exiliado. Realmente me fui porque me gustaba más la vida nocturna de París que la de mi tierra donde viví los años de adolescencia. Además, me daba prestigio y un plus de importancia. De regreso a España vivió años complicados donde escribir de según qué temas era un riesgo. El generalísimo había muerto pero los tentáculos del régimen eran todavía largos. El cura del pueblo le dijo que se tomara la vida con teología. Un amigo suyo le dijo que se tomara la vida con filosofía. Ser mujer escritora en aquellos tiempos no estaba bien visto y suponía correr riesgos por lo que optó por el camino de en medio. Ahora está en un recodo de su particular camino junto a un fuente de la que fluye agua tranquila que le sosiega el alma. Con pie firme, mente despejada y estado de ánimo a punto de revista.

En la charla se hace alusión al mote o seudónimo artístico de Safo. Ella sonríe mientras se tapa la cara para no ser descubierta y jura no saber quién se lo puso pero que está encantada de que la conozcan por el nombre de una poetisa griega nacida en Lesbos y catalogada como una musa. Risa de satisfacción con una nube de irónica mala leche. Si hubieras visto cómo lo pronunciaban los franceses. Los tiempos difíciles también fueron entretenidos. En un momento pone un semblante serio. Nunca he visto el mar y no he podido escribir de él. Una dilatada vida repleta de experiencias y nunca tuve la oportunidad de acercarme a la costa para contemplar el mar. Ya no lo veré dijo mirando fijamente a la cámara de forma penetrante para todos los espectadores virtuales que otro día estarán sintonizando para verla. No te preocupes Casilda los que te queremos escribiremos de él para que lo leas estés donde estés y puedas vivirlo con intensidad. Quizás algún día. Ahora mantiene un diálogo discreto y comprometido con la naturaleza en su casa a las afueras de Rocarobledo por culpa de una edad avanzada que no tiene cura.

La muerte salió en la entrevista. La veía cerca y habló de ella sin que le resultara un problema. Estoy tranquila porque he vivido tanto como he querido. No hay prisa por dejar la vida. Pero cuando llegue me encontrará con la cabeza bien alta y el ánimo sereno. Sin rezos de soborno. Más allá de lo que escribo está lo que pienso, dijo antes de pausar la entrevista para beber un poco de agua y mover las piernas. El tiempo en televisión es corto y vale mucho, aunque sea para hablar de cultura. Yo me contagié de su lenguaje sencillo. Palabras dichas con inteligencia, con memoria, con efecto. Sólo comparables al agua transparente de un mar revuelto que ella nunca ha visto. Me relaja expresarme por escrito, insistió en varias ocasiones. Todo transcurre detrás de unos grandes ventanales que dan al jardín y al pequeño huerto con árboles frutales con un sol primaveral de media tarde que ya apunta maneras de verano. Es un día de esos de descansar y recordar cosas evas mientras le sigue la corriente a la voluntad. Las bofetadas de la vida se llevan con dignidad porque no las puedes evitar. Habla con una seguridad experimentada incluso en algunos momentos dejó apoyar su barbilla sobre el puño mientras balancea la mirada entre la cámara y el periodista.

Heroína tardía porque se lo debe a la vida. Dice que vino a provocar lágrimas y a secarlas. Mira fijamente a Hipólito y afirma que la historia te engulle o te perpetúa pero que esto no depende de nosotros. Son cosas que pasan al margen o a pesar de todo. La imaginación de la nada y de la ausencia sólo se filtra a través de la oscuridad, la niebla y las penumbras que la vida nos pone en el camino que es cuando aparece el vértigo. Siempre he seguido el humo y éste me condujo a las cenizas y en vez de tirar la toalla, escribí de ellas que tienen mucha historia que contar.

El tiempo pasa rápido y nadie parece darse cuenta en esta casa con huerto donde habita la calma y la cultura y que está situada a las afueras de Rocarobledo. Hipólito y Casilda siguen su particular conversación a modo de entrevista. La poetisa Safo intentó neutralizar la muerte consumiendo lo eterno, pero naufragó en el intento. Con la certeza del color blanco descubrí el color negro. Ahora he conseguido convivir con todos los colores, va diciendo Casilda Ruiz cuando parece que el periodista ha desistido de preguntar porque ella va diciendo lo que le apetece. Después de esta vida tiene que haber una vida siguiente que es la que nos está reservada para vivir exclusivamente las carencias de ésta, por eso la viviremos de otra manera. La viviremos de forma más tranquila y sosegada porque la experiencia de ésta no se pierde y donde no bastará una gota para colmar el vaso. Donde harán falta muchas tormentas para ir en busca de refugio. Donde en un minuto podremos tener varias sonrisas y alguna carcajada. Ocupo mi mente y mi alma en mirar los sembrados y en mirar el movimiento hipnótico de las espigas mientras el viento las mece. En disfrutar de la sombra de encinas e higueras y tocar el rugoso tronco de un olivo centenario. Dicen que la niebla enlentece los pasos, pero a mí no me importa porque ya no tengo prisa.

He leído libros, pero no todos los libros. Camino por las calles, pero no piso todos los adoquines. He vivido muchos días, pero no todos sus minutos y ahora no valen sollozos de plañidera y tampoco me preocupa que los perros ladren a mi paso porque me hacen compañía. A veces escucho música y otras oigo el viento y me confundo. Siempre hay un eco de algo que hace que escriba lo aparente de toda mi vida con notas al margen mientras mi mirada se concentra en todo lo que me rodea y la imaginación hace el resto porque sigo teniendo deseos. Un día perdí las llaves y un amigo mío me dijo que mirara en el fondo del mar. Y fue ese día que el viento dio un portazo y rompió la cerradura y a partir de ese momento la puerta está siempre abierta para que el viento entre, levante cortinas y visillos y se pasee por la casa hasta que quiera salir por las ventanas.

Se ha hecho de noche y siguen filmando la entrevista un poco ajenos. Casilda se da cuenta y aprovecha para añadir que el tiempo es invisible de noche por lo que las farolas y la luna son imprescindibles para seguir el rastro de las cosas. A veces necesito que otros ojos estén pendientes de los míos porque sólo perdura lo que tiene un porvenir dentro de las efímeras aventuras de los momentos en los que cuesta mucho defender los recuerdos frente a la desmemoria.  

Pasados unos años después de todo lo que ya he contado, Casilda fue perdiendo memoria y capacidades que a veces se anulaban del todo por lo que no podía seguir con la vida autónoma e independiente que acostumbraba a llevar y unos sobrinos por parte de Doña Ana María Tauste, su madre, vinieron a concluir, después de haberlo hablado largamente, que no podía, de ninguna de las maneras, seguir viviendo sola en una casa tan grande con huerto y árboles frutales a las afueras de Rocarobledo. Decidieron pues de llevarla a una residencia para ancianos situada a unas horas de trayecto en coche. Fue un viaje hermoso previsto con todo detalle para que Casilda tuviera la percepción de que existían lugares mejores que su casa.

Pararon a medio camino para almorzar lo que quisiera de lo que le apetecía en una bonita casa de comidas en lo alto de la sierra y antes de que empezara el bosque en medio de un popurrí de vegetación verde y florecida donde se evocaban recuerdos que mataban el tiempo y donde el desorden de las emociones no la dejaran pensar en el fin último de este viaje casi pintoresco. El centro estaba situado al final de una alameda donde procuraron una despedida breve por recomendación del personal con todo tipo de promesas de visitas frecuentes siempre que el tiempo lo dispusiera así y con abrazos sucesivos, reconocimientos a su trabajo como escritora y propaganda de que estaría bien cuidada y acompañada con buenas y nuevas amigas con quien conversar las tardes largas rodeadas de buena vegetación y un personal involucrado en el bienestar de todos los internos con todo tipo de comodidades y cuidados personalizados para redescubrir esos rincones que la vida tiene y que ya se han olvidado.

Mira tú cómo es la vida, dijo cansada de la tensión del día con los sobrinos que la habían acompañado. Realmente era una especie de volcán dormido que podría despertar en cualquier momento. Un lugar para empezar a vivir una vida nueva y desconocida hasta la fecha y donde para ser feliz una tiene que poner esfuerzo, dedicación e imaginación a partes iguales engañando al tiempo con todos los recursos disponibles. Despertaron los recuerdos dormidos de su infancia para recuperar la libertad perdida y dejó que los minutos y las horas pasaran deprisa para no prolongar innecesariamente estos días aparentes de los que había vivido en su casa de Rocarobledo cuyo recuerdo sobrevenía a menudo para alternar los días de lluvia generosa, sol intenso, frío de mantita y abrigo junto con una provocada naturalidad.

A sus ochenta y siete años Casilda Ruiz Tauste ya es mayor para según que menesteres, aunque no se ha dado cuenta porque se conserva bien. La han tenido que llevar a urgencias del hospital de referencia porque dice que se ha caído y que le duele un brazo y una pierna que no le dejan llevar una vida normal como caminar o coger ciertas cosas.  Se de buena tinta que el médico que la ha atendido la ha explorado con esmero y ha solicitado unas radiografía en las que no se aprecia lesión alguna. Ella insiste en la veracidad de su información a pesar de que los médicos no aprecien nada. Le indican un poco de reposo durante unos días hasta que todo pase. Casilda insiste en que deberían de ingresarla unos días o. por lo menos, firmarle la baja laboral durante el tiempo de recuperación. El médico ha captado la llamada de atención. Se sienta a su lado y la coge de la mano para explicarle que no es posible firmar una baja porque ésta sólo la puede obtener quien está en edad de trabajar y tiene un trabajo lo que no es su caso porque ella tiene ochenta y siete años y lleva mucho tiempo jubilada. Ella no lo entiende. Necesita la baja para poder justificar que no podrá realizar las actividades habituales durante un tiempo.

En el universo de su memoria y su razón no entiende la situación en la que vive. Su conciencia no encuentra respuesta. En su vida diaria ya no encuentra la armonía que busca y esto le genera inquietud, ansiedad y desasosiego. Le espeta al médico que si es mayor y no está en edad de trabajar es porque debe descansar y hacer lo que quiera y pueda mientras su cuerpo aguante. Efectivamente le contesta asertivamente su médico. Pues no es así. No puedo hacer lo que quiera porque no tengo tiempo debido a la rigidez de los horarios en la residencia donde vive. Hay un equipo de trabajadores sociales, personal de apoyo y un grupo de voluntariado para entretener que la mantienen ocupada y agobiada todo el día y cada día. Tengo que asistir a talleres de recuperación cognitiva y de la conducta con entrenamientos en estrategias terapéuticas no farmacológicas para adquirir nuevas habilidades sociales acordes a mi vejez además de unas pruebas de seguimiento especializado y una valoración de resultados en los que no se me consulta. Rodeada de ancianos que no colaboran y otros que son hipercinéticos y con tendencia a la distracción sin contar con los sumisos que hacen lo que les dicen porque no tienen cosas mejores que hacer o simplemente su mente ya no piensa y trabaja la inercia.

Casilda demuestra, una vez más, ser muy inteligente y culta. No se muestra complaciente con este tipo de terapias que intentan una atención sostenida para favorecer las relaciones interpersonales, aunque al final la cohesión del grupo cae por culpa de alguno de sus miembros. Ella ha pedido repetidamente que su terapia ocupacional e instrumental sea la lectura y la escritura. Los terapeutas, asistentes sociales y voluntariado no le dejan porque esto no está contemplado en los programas que se aplican en el centro desde que éste abrió sus puertas. Así es como Casilda pierde el interés, se desmotiva y empieza a desarrollar una sintomatología compatible con la ansiedad que roza la rebeldía a base de excusas para recuperar la libertad como persona dentro de la institución. Se muestra agobiada porque no tiene tiempo para leer los libros que sus familiares le llevan cuando van a visitarla ni tampoco puede escribir en unas cuartillas que tiene guardadas en la mesita de noche junto con unos lápices y una pluma estilográfica. Quiere mantener conversaciones con sus amigas y apenas tiene un rato en las comidas que no da para casi nada. Tiene las visitas restringidas para que pueda desarrollar los talleres pertinentes. A mi edad tengo que hacer lo que ellos quieren y no tengo tiempo para hacer lo que a mí me gusta. Casilda Ruiz transmite una cálida humanidad al equipo médico que le atiende que derrocha ternura.

Al rato el médico responsable de la guardia la atiende para hacerse cómplice de sus demandas. Es consciente que la agobiante severidad de los programas asfixia su libertad y la convierten en esclava del sistema y de todos los seudocientíficos y terapeutas que se mantienen alejados de la moral entendida como el respeto a nuestros mayores. Le dice el médico a Casilda de una forma casi clandestina que redactará un informe en el que se detalle que debe reposar de todas las actividades antes mencionadas y que durante este reposo podrá leer y escribir para fomentar el desarrollo del intelecto y evitar su deterioro cognitivo. Que la citarán a consultas externas periódicas para evaluar su recuperación y ya dirán cuándo podrá volver a las actividades rutinarias. Casilda acercó sus frágiles manos y cogió la mano del médico para apretarla cariñosamente al tiempo que le daba un sonoro beso.

De la primera parte de esta narración fui testigo del programa de televisión que fue todo un éxito de audiencia. De esta segunda parte he escrito lo que me han contado fuentes solventes. He escrito de buena tinta que todo sucedió así.

domingo, 30 de octubre de 2022

El amigo.

 

  Hoy es un buen día para decir que tengo un amigo que tiene un amigo. Mi amigo es Antonio Jiménez y se gana la vida con el sudor de su frente mientras trabaja de vigilante de seguridad privada en un centro de internamiento para tratamiento y recuperación de pacientes mentales. En el centro hay un antropólogo en prácticas que afirma que son gente incomprendida y que la sociedad los ha apartado para que no molesten. No seré yo quien le haga la contraria porque igual tiene razón. El amigo de mi amigo es uno de ellos y lo llaman Crispín Torres Martín.

Cuando mi amigo Antonio empezó a trabajar en este centro para gente con problemas mentales le explicaron la necesidad y la importancia de empatizar con todos los internos para garantizar una convivencia pacífica lo más parecida a la de un hogar convencional. Así lo hizo y así les fue a todos. Pura rutina con internos medio dormidos por efectos de la medicación y con los que a veces es casi imposible mantener una conversación fluida y coherente porque muchos parece que no son de este mundo y otros que están a lo que están mientras están en babia. Mi amigo Antonio Jiménez se hizo amigo de Crispín Torres al que le hace la edad de sesenta y pico de años. Durante más de dos años han convivido horas incontables hablando de temas muy diversos. Crispín es culto. Lee prensa y libros de temáticas diferentes y en lo que más se entretiene es escuchando la radio. Le dejan navegar, de forma restringida, por internet. La mayor parte del tiempo lo ocupa en pasear por el recinto con la mirada perdida que le provoca la medicación y el aburrimiento. Unos caminos incómodos por los que avanza con temor porque se siente desubicado y no quiere perderse ningún detalle importante que pueda comprometer su estancia en el centro. Tiene un andar tranquilo y sosegado con las manos cogidas detrás o en los bolsillos de los pantalones.

Algunos años después de que se conocieran, a mi amigo el vigilante empezó a rondarle por la cabeza la incógnita del porqué estaría ingresado Crispín y esta idea fue cobrando fuerza hasta el punto de la obsesión. Le resultaba del todo incomprensible que una persona seria, responsable, tranquila, educada, meticulosa en todo y que incluso se le intuye muy inteligente esté recluida en este tipo de centro. Un día la curiosidad le pudo y le preguntó los motivos por los que estaba allí. Crispín Torres Martín, antes de contestar, miro de reojo a todas partes para asegurarse cierta intimidad mientras lo agarraba del brazo para llegar hasta un lugar más apartado. Yo era piloto de ovnis, dijo casi susurrando, y un día de hace mucho tiempo mi aparato se estrelló cerca de aquí. Quedé herido y perdí la conciencia. Al día siguiente me desperté atado a una cama de este centro y desde entonces me vigilan día y noche que, aunque no se dejan ver siento su presencia.  Lo que no saben es que nunca les diré quién soy en realidad ni los detalles del ovni que pilotaba para no poner en riesgo la seguridad de mi planeta del que además soy analista de la evolución de grandes masas de población y su futuro desarrollo en mi planeta y en el de otros si se diera el caso. Nunca más volvieron a hablar de este tema que para mi amigo el vigilante había dado un giro inesperado y curioso sobre el comportamiento del ser humano en situaciones extravagantes mientras avanza hacia una aventura desconocida.

Un día cualquiera Crispín Torres Martín estaba sentado junto a la puerta de entrada del centro para observar lo que pasaba fuera, como hacía muchas veces, cuando un coche dio un quiebro en la misma entrada y perdió el control estampándose contra el pilón que sujeta la barrera de apertura automática que se rompió al instante. El ruido fue grande y desde el mismo momento acudieron asistencias para atender al conductor conmocionado que a duras penas podía explicar lo sucedido. Cuando llegó la policía empezó a recabar información entre los presentes para realizar el correspondiente atestado. Hicieron un croquis con más o menos acierto conforme a los testimonios de los transeúntes y también incluyeron unas mediciones de algunas marcas sobre el pavimento y fotografías del coche accidentado desde distintos ángulos. Todo en su conjunto no se entendía y parecía inverosímil. Crispín escuchaba y observaba a cierta distancia hasta que decidió acercarse para dar su versión de lo ocurrido a la policía, pero el director creyó que no era oportuno y así lo manifestó reiteradamente porque llevaba internado muchos años y sólo aportaría más confusión. Deje que se exprese dijo el policía de mayor rango de forma enérgica.

Empezó a relatar lo ocurrido sin suposiciones, ni conjeturas, ni sospechas y con total seguridad. El coche ha llegado a la entrada a una velocidad razonable de once kilómetros hora y al iniciar la curva se ha escuchado un chasquido seguido de un golpe seco debido a la rotura del eje transversal justo en el punto de unión con el pivote que sujeta y une la amortiguación con la rueda delantera izquierda lo que ha provocado que el conductor perdiera el control del vehículo. Cuando ha intentado girar el volante para esquivar el pilón de la barrera la rueda delantera izquierda ya estaba suelta y ha arrastrado el coche de forma lateral hasta que ha chocado. Esta es la marca de los neumáticos, señalaba con toda precisión y fíjese que no hay marcas de frenado porque al conductor no le ha dado tiempo. Ha sido un accidente del todo fortuito. Contestaré a todas sus preguntas gustosamente y si tienen un programa informático adecuado lo podrán comprobar fácilmente introduciendo los datos y provocar una simulación.

No era normal ni frecuente encontrar un testigo tan preciso. Los policías no daban crédito mientras se agachaban para enfocar con las linternas debajo del coche dando por cierta y rigurosa la versión de Crispín Torres. El director seguía insistiendo en que el interno estaba en tratamiento y no había mejoría en su estado mental desde el día que ingresó hace ya mucho tiempo. Dice que es de otro planeta, que tripula ovnis y que está esperando que vengan a buscarlo en cualquier momento. No vamos a cuestionar un testimonio tan veraz porque esté ingresado en un manicomio, espetó el policía y añadió, con sorna, que no entendía que necesitara estar ingresado y en tratamiento mientras esperaba que vinieran a buscarlo y que visto lo sucedido bien podría esperar fuera con total libertad. Conozco a otros que tienen mayor necesidad de plaza y que podrían ocupar perfectamente su lugar aquí dentro. De todas formas, estará a disposición del juzgado por si se requiere ampliar su testimonio.

Dice mi amigo Antonio Jiménez, el vigilante de la seguridad privada que pese a todo lo ocurrido, Crispín sigue internado y tomando pastillas. Que sigue deambulando tranquilo por el centro con las manos cogidas detrás o en los bolsillos de los pantalones jugando al despiste con las cámaras de seguridad y el resto de personal que allí trabaja. Me asegura que tiene muchas dudas sobre la verdadera identidad y la de su pasado y que esto le desconcierta. Todos tenemos nuestras raíces en alguna parte, manifiesta Crispín a menudo desde sus miedos más íntimos. Yo conozco las mías y algún día volveré a ellas por muy incómoda que sea esta verdad.  

Esta historia extravagante sobre la condición humana es real. Me la ha contado mi amigo Antonio Jiménez con todo lujo de detalles. No se trata de una fábula o una leyenda ni siquiera un pedazo de irrealidad relevante en una estructura social básica y en construcción que se vive a diario en esos centros para tratamiento de enfermedades mentales.

domingo, 23 de octubre de 2022

El cuadro. (microrrelato)

Las olas amanecen con su tozudez de costumbre desde las profundidades donde nadie ha alcanzado a ver. Mientras van llegando a la orilla de forma ordenada se hacen tan grandes y altas como unos monstruos mitológicos que llegan a, solo un paso, de las rocas de la orilla que preceden al acantilado, y desde su altura se tiran con toda la fuerza que la naturaleza les ha dotado provocando un bramido mientras se rompen en millones de gotas y espuma. El sol rebota en ellas y aparece el arcoíris que por unos momentos brilla sobre la inmensidad del mar.

Así es el cuadro al óleo que destaca en el recibidor de casa.

sábado, 22 de octubre de 2022

La casa.

 

Me contó mi padre, que en paz descanse, un día de hace algunos años, mientras tomábamos café en un bar situado en la misma plaza mayor del pueblo. Me contó, decía, que había un chaval que se hizo mayor y que se llamaba Sinforoso Rodríguez. Tenía un caminar extraño por una cojera producida a causa de romperse el tobillo en una caída cuando hacía la mili y la guerra en una época pasada de la que no haré mención. Además, le había provocado una joroba desproporcionada.

Un día dibujó de una casa en uno de esos papeles arrugados de envolver cosas para enseñársela al alcalde. A éste le gustó y le dio permiso para que la construyera. Así sin más preámbulos que es cómo se hacían las cosas antes. La casa estaba situada en un bonito paraje del entorno natural del pueblo donde había nacido Sinforoso y también mi padre al que conocían por el diminutivo de Tono. Todo esto ocurrió cuando llegó de hacer la mili y la guerra. Empezó la obra que antes he mencionado, colindante con la de sus padres y con la que compartían un pequeño huerto con un corral con gallinas además de una casita de aperos medio destartalada. La casa tenía los muros gruesos de antes. Esos que insonorizaban el ruido para darle espacio al silencio. Que no dejaban pasar el frío del invierno ni el calor del verano y tampoco el paso del tiempo porque los muros eran muy gruesos.  

Estaba situada en lo alto del pueblo a la que se accedía por un camino de tierra y piedras en precarias condiciones. En verano era un desierto de polvo, pero en invierno, cuando llovía, tenían que pisar un barro espeso que les dificultaba la llegada.  Situada a unos escasos cinco minutos, a pie, del centro del pueblo donde se encontraba el ayuntamiento y la iglesia parroquial además de un convento de clausura de las Hermanas Clarisas. Desde este alto se podían ver grandes extensiones de campo y viñedos. Algunos días los sembrados estaban alisados y de color verde y otros, los cereales componían grandes olas movidos por el viento.

Casi dos años le duraron las obras a Sinforoso Rodríguez hasta que terminó la casa. Le quedó muy confortable y bonita de ver por fuera con un porche en la entrada principal con macetas de plantas aromáticas y flores diversas coloreadas. Unas ventanas en la parte posterior con unos portones pintados de color tierra y unos visillos trasparentes que el viento hacía movía a su antojo y que los mantenía más tiempo fuera que dentro de la casa. Un punto de unión entre el pueblo y el bosque que estaba justo detrás y a continuación del camino de tierra y piedras. En un lateral había un terraplén de matorrales y chumberas donde estaban las gallinas.                                                                                                                                         

Se ganaba la vida arreglando bicicletas en un pequeño taller céntrico entre la librería y la farmacia y justo enfrente de la tienda de alimentos. El negocio era próspero porque las bicicletas eran el medio de transporte más común por aquellas fechas. Un oficio que aprendió en el ejército en sus ratos libres cuando las escopetas callaban. Sinforoso era alto y robusto y hablaba de una forma tranquila porque también paseaba una sordera que agarró del ruido de los cañonazos. Algunas noches se despertaba pensando en aquellas cosas. La conciencia tiene memoria y hay cosas que no son fáciles de olvidar. Mi padre, Tono, le conocía bien y siempre que podía le proporcionaba un poco de ternura silenciosa. Después de los días de trabajo duro que podían durar hasta las tantas de la tarde se acercaba al terraplén y miraba el horizonte aprovechando que el día estaba despejado y el sol terminaba de ponerse. Cuando la oscuridad empezaba a rodearlo se recogía en su casa para un merecido descanso.

El alcalde acudía a menudo por aquella cuesta de tierra y piedras para ver como avanzaban los trabajos de construcción de la casa y ya de paso, Sinforoso, le obsequiaba con algún licor destilado de esos que perfilaban la nariz, templaban los nervios y mataban los microbios además de que les soltaba la lengua y se ponían a largar todas las intimidades que no se podían contar. Después de un tiempo removió la tierra para construir un pozo de agua fresca y que luego guardaba en un lugar fresco de la casa. Con la tierra que sacó aprovechó para allanar el huerto y agrandarlo un poco para así poder sembrar más cosas. Mucho trabajo realizado en silencio por su sordera y porque era necesario oír la calidad y las cualidades que hablaban la piedra y la madera de ellas mismas. El sonido ambiental lo ponía, a veces, el viento cuando maltrataba lo que encontraba a su paso.

El día que terminó la casa pudo saborear la satisfacción del trabajo bien hecho que siempre aparece en casos como éste. Como es tradición el párroco vino a bendecirla aprovechando que era fiesta mayor porque celebraban la festividad del santo patrón coincidiendo con la cosecha y la vendimia. Siguió con su trabajo en el taller de bicicletas y cuando terminaba la jornada laboral empezó a hacer vida social porque andaba en busca de una moza que quisiera compartir su vida y la casa que tanto trabajo le había costado. Le resultó difícil porque le faltaba costumbre y horas. Nunca desfalleció de ese empeño.

Un día muy lejano de todo esto que he contado, al alba, su alma le dejó y se fue donde sea que se vayan las almas en estas ocasiones dejando el cuerpo de Sinforoso inerte en la cama. Este día llovió con fuerza sobre el pueblo y sobre su casa, el huerto y el corral de gallinas. El campo quedó anegado un día de otoño avanzado. Se repitió el fango espeso de siempre que creó problemas al coche fúnebre que se llevaba el cuerpo de Sinforoso Rodríguez a un merecido descanso eterno y tranquilo. El párroco, en el entierro, recordó cosas de cuando era pequeño y jugaba por las calles estrechas del pueblo con el resto de los chavales entre los que se encontraba mi padre. Dijo el párroco que el alma de Sinforoso siempre habitó dentro de un cuerpo alegre y sin maldad.

Un servidor, ahora, estoy jubilado y me he vuelto un insumiso social por naturaleza y lo que me callo por la boca lo escribe mi pluma. El pueblo donde vivo es el mismo que vivió mi padre Tono y Sinforoso, pero es otra cosa y el párroco también es otro. Ha dicho, hace poco, en la homilía dominical que, “estamos en la tierra de paso con las maletas preparadas para partir en cualquier momento” como si esto fuera un albergue de estudiantes o el tercer turno de una colonia de verano. No estaban los ánimos para este tipo de citas porque uno de nosotros, la noche pasada, devolvió su alma a quien se la prestara el día que nació. Los jubilados somos vulnerables y sensibles con los amigos que nos dejan y nos da por llorar fácilmente. Tenemos apego a la vida y esas palabras nos han tocado la moral lo que se ha notado en el autocar que, como cada domingo, nos lleva de excursión después de la misa mayor. El ambiente era tristón y con aires de impotencia por ello nos hemos puesto de acuerdo en saltarnos todo aquello que el médico nos tiene prohibido durante la comida bufé y por lo que seguramente, el lunes, nos castigará de forma innecesaria.  

Se ve que con los años hemos perdido capacidades y virtudes, pero hemos ganado en otras cosas que ahora no vienen al caso. Escuchamos menos y hablamos más porque tenemos demasiadas cosas que contar y poco tiempo para hacerlo. Nos han amansado demasiado y ya no sabemos levantar la voz. Martín, desde su asiento en el autocar ha dicho medianamente alto y con una voz de falsete que el párroco también tiene una plaza interina en la tierra. Éste se ha girado y ha mirado todos los asientos de cada fila de todo el autocar para ver si daba con el que ha hablado. A cierta edad los días desgastan mucho y se llenan de recuerdos que construyen razonamientos absurdos por lo que un poco de sordera es buena para dejar de escuchar ciertas cosas.

Andamos entre sombras y penumbras por culpa de los ecos que llegan de tiempos pasados en los que vivían Sinforoso y mi padre Tono.  Algunos piensan que lo mejor está por venir en otro sitio más grande donde cabremos todos y donde seremos tan felices como las perdices después de este peregrinar por senderos que no conducen a ninguna parte. Que este otro lugar que nos espera será el definitivo y no hará falta que tengamos las maletas preparadas. Otros pensamos que lo único que nos queda es reposar en la tierra que nos vio nacer y al lado de nuestros antepasados y a eso aspiramos.  Somos expertos en librar batallas por eso nadie quiere salir en prensa en la sección de los obituarios para que no piensen que somos desertores.

Por cierto, soy el hijo de Tono y no podría jurar que esta historia ha ocurrido en este pueblo porque la memoria me falla. Pero tampoco podría descartarlo.

 

viernes, 21 de octubre de 2022

Bergantinos de San Juan

 

          Cada vez que me encuentro intelectualmente escaso me deprimo. La lucidez no dura todos los minutos de la vida y por eso tengo que ir acostumbrándome. Uno sólo es brillante a ratos. Y así sin más, como quien no quiere la cosa, vamos finiquitando otro día de otro mes estival de este año. A mí me conocen como el poeta de Bergantinos de San Juan. Nací aquí porque andaba buscando las huellas de lo justo y resulta que lo encontré en este pueblo costero con encanto, bañado por el cantábrico y del cual me hice dependiente. Ahora voy con pantalón corto y camiseta, pero en invierno suelo abrigarme con un jersey grueso de cuello alto de color azul marino y un chaquetón los días de mucho frio. Me gusta caminar sosegado por las calles estrechas del pueblo y por las anchuras del muelle. Es la nueva ágora de las tertulias de madrugada anticipándonos al día y que mantenemos algunos amigos con afinidades literarias y gustos por la mar, las aventuras y los naufragios. No hace mucho tiempo que conté cómo fue que Francisco Alonso al que todos conocen por Fran el del kiosco le contó a Rafael Martín que es ciego y vende cupones que Cristiano Ronaldo no es negro por muchos regates y filigranas que haga y por muchos goles que meta. Rafael, el cuponero, es ciego desde hace muchos años y le gusta el fútbol a rabiar. Antes de perder la visión era un incondicional de Pelé y ahora piensa, con su atrevimiento inocente, que todos los jugadores buenos son negros.

          Rafael el cuponero es un amante del futbol, como ya he dicho, pero también es un consumado hombre de mar. Toda su infancia y juventud dedicando tantas horas a la pesca, a pasear por la playa, el muelle y todo aquello que tuviera relación con la mar y su color azul como los días buenos. Es un hombre de constitución delicada, viste de manera cómoda y con una estatura medianamente alta, cabello corto y barba de unos días, de rostro sonrosado y ojos claros y azules como la mar cuando casi llega al horizonte. Gesto complacido y semblante de reflexionar todo lo que escucha y se imagina. Se muestra inteligente y con una expresión neutra. Reservado al principio, pero muy hablador cuando ya te conoce. Rafael no es dado a las bromas, pero tampoco es un malhumorado. Gusta de estar siempre en compañía, aunque sea de la mar. Es educado, respetuoso, agradecido y concentrado en sí mismo. Un ser totalmente inofensivo.

          Creo que ya he dicho que Fran es el dueño de la única papelería que hay en el pueblo con encanto situado junto al mar. Librería, útiles de escritura, revistas varias de esas de leer y cotillear. Los niños también frecuentan el kiosco en busca de chuches, canicas, cromos, juegos, cómics y cosas así. Sólo cabe Fran y poco más. La verdad es que tiene más género fuera que dentro resguardado por una marquesina o toldo plegable que protege el género y ahora, además, ha puesto una de esas neveras con bebidas frescas, gusanos de pesca y sardinas para carnaza. Los días que llueve poco o mucho, como hoy, pone un plástico por encima. Que casi todo es de papel y si se moja se echa a perder.

          Estudió ciencias empresariales porque le gustaba a su padre. Luego amplió conocimientos con unos cursos en Literatura Hispánica y Filología porque es lo que le gusta a él y, además, con la economía se sentía un poco encorsetado. Dedica tiempo a desempaquetar, colocar cosas en su kiosco, hacer recados y dar conversación. Es hablador compulsivo de esos que enganchan porque su trabajo es vocacional y además sabe contar las historias de forma contundente. Son historias de aventuras del mar, por supuesto, y otras de la realidad. También sabe escuchar y entre una cosa y otra y un día tras otro va acumulando conocimientos, sabiduría y experiencia. Que los días pueden ser largos o cortos según se presente la clientela y el tiempo. La caja corre a cuenta de periódicos, revistas, alguna fotocopia y útiles de escritorio junto con algunas cosas de las artes de la pesca. Pero dónde le dedica más tiempo y pasión es a las novedades editoriales que lee y recomienda a la clientela porque la conoce. Sabe a quién venderle sus productos. Si un libro no lo tiene te lo consigue en cuestión de horas. Mantiene un especial interés por autores clásicos y poco conocidos que escriben sobre la mar que es el tema que más interesa entre la gente del pueblo con encanto al que me estoy refiriendo y que se llama Bergantinos de San Juan. Él difunde cultura desde el kiosco. Incluso en verano que los pequeños tienen vacaciones y disfrutan del tiempo libre, cuando llega la noche y el sol se ha puesto, cierra el kiosco y acude a la esplanada del muelle donde cuenta una historia de marinos aventureros durante unos diez minutos. Ahora mismo, además de los chicos también viene gente de más edad y muy mayor que disfrutan igual. Ése es el perfil de Fran.

          Para realizar este tipo de trabajos es preferible tener un carácter tranquilo, sosegado y paciente como el horizonte que observamos desde la farola de luz verde que hay justo en la bocana del muelle al final del paseo marítimo. Tiene tiempo para todo porque no lleva un reloj que le controle las horas y las cosas que hace. Todo le dura el tiempo justo y adecuado según el tema. No tiene ninguna prisa, como la naturaleza misma. Por supuesto no es rico de dineros, pero tiene lo suficiente para ser feliz y vivir desestresado. En algún momento tuvo que hacerse cargo del negocio porque él iba para otra cosa. Se lo dejó su padre que enfermó de esas cosas que te matan por dentro poco a poco y en silencio, aunque no se nota por fuera. Le cogió gusto al asunto y lo ha ampliado hacia la acera con uno de esos toldos llamativos que llevan el nombre de, “El kiosco de Fran”. Todavía se puede leer el nombre de “Bocarte” que es el que le puso su padre y que ahora está tapado con una lona fina. El kiosco de Francisco Alonso parece una tienda en construcción. Como una mar a medio crear con algunas especies de animales marinos. Un reino privado donde paramos todos en algún momento del día porque nos viene de paso. Muchas veces le hemos dicho que cambie el nombre por “Kiosco del mar” o “El Kiosco de Bergantinos” del cual él es el capitán. Pero no nos hace caso.

          Algunos habituales nos paramos cada día a conversar un poco de todo y de nuestras cosas de jubilados que vivimos cerca de la mar. Siempre tiene algún subrayado o nota al margen a mano para exponer y razonar y que nos llama poderosamente la atención. Si tienes alguna noticia importante se la comentas y la difunde. Francisco Alonso es eco, faro y referente en el pueblo. No habla de chismorreos, ni de política ni de religión. Que también son chismorreos. Si sale el tema te manda al bar de Pepe, educadamente, a tomar algo o a contar las olas que llegan en un minuto y zanja el asunto. Una vida sosegada entre la pesca, los paseos, las conversaciones, los ratos entre horas, los encuentros con los otros para protegernos con recuerdos de la infancia y esas cosas típicas que diariamente suceden en un pueblo pintoresco situado cerca del mar. Sólo las buenas palabras y los buenos modos son compatibles con el aire que se respira en su negocio, en el muelle, en el pueblo y en la mar.

          Uno de sus más fieles es un filósofo, escritor, profesor de universidad y abnegado marido de una portera de un edificio importante de la capital. Señor de semblante serio. Esta mañana le estaba diciendo a Fran que no tenía la seguridad de que fuera bueno tener que vivir siempre debajo del cielo. Tener que mirar siempre hacia arriba para verlo. No sé qué haremos el día que se encapote mucho y tengamos que agacharnos para caminar. Y Fran le sonríe a gusto. Hoy cuando ha empezado a llover las nubes se han aliviado y han subido un poco. Menos mal. A veces se le moja el alma y cuando se seca, se le encoge tanto que le cabe en un puño. Dice que escribe un artículo dónde el crepúsculo del amanecer y el de la vida mantienen un diálogo con los otoños de las cosas y con los de la vida de cada uno. Cosas de filósofos dice Fran, que escucha atento.

          Están convencidos los dos de que no todos los dioses habitan en el cielo. Algunos son terrenales, pero con poderes limitados. Otros viven en la mar y son eternos. Estos últimos se encargan de que el limonero que tengo en el jardín de casa florezca dos veces al año, pero este año ya ha florecido tres. Hacen que un espejo te imite a la perfección y en tiempo real. O que en la radio suene música sin que quepa una orquesta dentro de ella. Que en otoño las hojas de los árboles no caigan todas el mismo día y a la misma hora. Que el corazón pueda latir al ritmo del tiempo.  Que los pájaros hagan un buen nido para el invierno, que igual se presenta duro. Que las olas lleguen ordenadas para mecer las barcas amarradas a puerto y que las que optan por la playa puedan estirarse a gusto por la arena fina y blanca. Dicen todo esto con palabras seleccionadas y domesticadas previamente.

          Fran se ha sentado en el taburete alto que tiene detrás del mostrador y escucha. Interviene poco para no desconcentrar. El filósofo filosofando activamente como si estuviera en clase. Y la gente pasa, coge algo y deja el dinero sobre las revistas para que Fran lo recoja cuando pueda. Así estamos de entretenidos sabiendo que el tiempo sigue su curso de forma inexorable al margen de la hora que indiquen las manecillas del reloj. Y ahora va y le dice Fran que le preocupa que el horizonte esté tan lejos. Si estuviera más cerca nos invitaría a tomar un café y un orujo de Potes sobre él una tarde de verano. Esto es cosa de los dioses eternos del mar le contesta el profesor universitario de filosofía. Y añade, aquí vivimos un poco al margen del resto del mundo, pero la ciencia avanza con pasos de gigante y cualquier día de estos que se lo propongan podremos ver nuestras sombras en relieve y en color.

          Estaría bien. Como los sueños que son autónomos y tienen vida propia, aunque mucha gente no lo sabe. Los sueños existen al margen de nosotros que lo único que hacemos es meternos en ellos cada noche para soñarlos. Y Fran cambia de postura en su taburete alto de forma inconsciente porque está atento. Los sueños no deben de repetirse muchas veces porque podrían aburrir por eso es importante procurarse sueños nuevos a menudo antes de que se hagan realidad. Está escrito. Y siguen hablando entre libros, revistas, útiles de escritorio, chuches y gusanos de pesca. Se hace tarde. Otro día hablarán de los colores y de las notas musicales. De la mar y sus olas. De barcas y de pesca. De las mareas y de las sirenas que habitaron los océanos y de restos de naufragios que llegan a la costa. Las olas son la metáfora de los torbellinos cotidianos que nos procuran una existencia sublime.

          Esta mañana nos hemos reunido muchos para desayunar. Es algo que tenemos por costumbre hacer todos los días. Antes de que amanezca que nosotros somos de madrugar para no perder horas. El resto del pueblo todavía duerme. Pepe, el del bar, ha puesto una emisora con música de verano que casi no se escucha. El sol sale cuando toca y la gente se levanta cuando quiere que suele ser cuando termina el sueño. Los gorriones están apostados en las ramas de los árboles aún sin saber el nombre de éstos y bajan a por comida. Alborotan tanto como pueden. Los gorriones en verano son así. Escuchamos y hablamos para poder mantener una conversación adecuada. Hoy está mi amigo Raúl Diaz que es pescador. Tiene una barca y vive de la pesca. Cuando llega a puerto la gente se acerca a ver lo que trae y entre los del pueblo y algún otro visitante lo vende todo en un abrir y cerrar de ojos. Ese puerto que es como una mano abierta que te deja salir mar adentro y te recoge cuando llegas de faenar. Me comenta que cada día es más complicado hacer una pesca en condiciones. El mar está sobre explotado y en la lonja se paga poco además de que todos los productos que necesita para salir a faenar no dejan de subir de precio.

          Lo mismo dicen los ganaderos, los que tienen un huerto o lo que sea. Sin ir más lejos el párroco del pueblo me insinuó algo parecido. Cada día entran menos feligreses a la iglesia y dejan menos dinero en el cepillo. Y esto que se está fresquito dentro de ella. Parece que todos se hayan puesto de acuerdo en lo de quejarse. También el peluquero se queja de que la gente tiene poco interés en lucir un bonito corte de pelo. Se apañan con esas maquinillas que han comprado en el supermercado o por internet. Sinceramente creo que nos estamos acostumbrando a la crisis y no creo que esto sea bueno. Nos conformamos demasiado recibiendo empujones de todos los lados sin protestar. Somos así.

          Raúl Diaz me prometió que un día me llevaría a pescar y hoy ha cumplido su palabra. Hemos quedado bien de mañana junto a su barca. En realidad, es noche cerrada. He recogido a Rafael el cuponero para que nos acompañe. Le hacía mucha ilusión y nosotros encantados. Hemos salido de puerto con el motor, luego Raúl ha soltado trapo y ha puesto proa al horizonte. Estamos nosotros tres y el aire que nos acompaña durante la travesía. Las gaviotas también nos han acompañado hasta que han regresado. Silencio de brisa marina. El alba nos ha pillado navegando mar adentro. Mientras, tomamos el café que Raúl ha preparado mientras clarea un alba lenta que nos atrae poderosamente y luego un sol grande y radiante de día festivo. La barca no se detiene y corta las tímidas olas que salen rápidas por las amuras. Esa quietud de buena mañana seda el ánimo y se lo contamos a Rafael para que lo viva intensamente. Ya veo, dice. Y sonríe. Llevamos buenos aparejos y buena carnaza. Le hemos puesto ganas al día y a la pesca. Llegamos y plegamos la vela mientras el cuponero está sentado en la popa y atento a todo lo que hablamos y hacemos. La barca, ahora, se mece tranquila mientras Raúl me va indicando lo que hay que hacer. Me explica cómo esconder el anzuelo en la carnaza de sardina y que no se suelte.

          Ponte cómodo a este lado y me señala babor para que el sol no te ciegue. Tiro el anzuelo al agua hasta que dejo de verlo porque el cebo toca fondo donde sólo hay oscuridad y luego tenso el sedal. El brazo apoyado en la borda de babor y la mano firme y atenta a cualquier sacudida. Nada. Es pronto, digo. Acabamos de llegar. Paciencia, me han contestado. Algunos tanteos de peces pequeños que burlan el anzuelo una y otra vez y se comen la carnaza sin darme cuenta. Estamos a lo que estamos y el tiempo pasa sin ofrecer resistencia. Es un momento atemporal. Ahora sí. Algún pez de tamaño considerable ha tragado la carnaza y el anzuelo. El hilo se tensa mucho y la caña se dobla tanto que parece que vaya a romperse. Intenta desquitarse y provoca tirones y sacudidas descontroladas. Hay que recoger con calma, me indica Raúl Diaz. Que parezca que nada suelto y que viene solo. Si tira mucho sueltas un poco para que se relaje que ya se cansara. Si viene, recoges poco a poco, pero procura no perderlo. La maniobra dura un buen rato. En eso que veo a Rafael todo animado y con cara de satisfacción. Yo avalaba esta salida de pesca entre amigos porque soy un apasionado de la mar, de sus misterios y sus secretos. Sus pescadores y navegantes, sus aventureros y piratas y todo ese cartel que vive en la mar o está en los libros de aventuras.

          Tal día como hoy de hace diecisiete años Rafael Martín perdió la vista por completo y todavía nadie sabe la causa de porqué pasó. Algunos dicen que de una infección mal curada. Vete a saber. Me levanto y me acerco a Rafael para cederle la caña de pesca y que pueda sentir cómo se defiende el pez y cómo se recupera. El cuponero se emociona y huele la mar mientras le salen unas lágrimas que saben a salitre, que no son de esfuerzo, sino que son de alegría. Ya lo veo, dice todo inquieto y al rato me devuelve la caña con la mano temblorosa. La satisfacción termina con el deseo.

          A pocos metros de la superficie el sol hace brillar sus escamas. Anda nervioso, se resiste y no para de dar tirones. Llevo el corazón acelerado y respirando hondo. Un último esfuerzo y Raúl lo recoge con una red de pesca grande. Ya en la barca, sigue con unos potentes aleteos que casi lo devuelven a la mar. Le quito el anzuelo con dificultad. Es un pez grande pero menos de lo que parecía cuando lo estábamos recogiendo. Después de esa grata experiencia regresamos a puerto casi al mediodía cantando canciones marineras a todo volumen.

          Son las fiestas patronales de Bergantinos de San Juan y por la noche hay un grupo de música que ameniza la velada en una parte ancha del muelle. Han puesto sillas, bombillas de colores y papelinas que forman un manto en la zona de baile y que no dejan ver el cielo mientras el aire las mueve a su paso produciendo un sonido de mar en calma y de fiesta mayor. Al fondo hay un chiringuito donde venden comida típica de la tierra. Los mayores están sentados en primera línea y escuchan atentos canciones que no entienden y algunas habaneras que sí entienden y les producen nostalgia. Los jóvenes quieren menos luz y más intimidad. Se apartan hacia la playa cuando llegan las horas de la oscuridad al resguardo de algunas barcas mientras se besan y hablan de intimidades y secretos inconfesables. Es lo que tiene el verano en un pequeño pueblo con encanto de la costa cuando celebra las fiestan del patrón San Juan.

Me decía mi abuelo que la mar tiene como límites el muelle, las rocas de fuera, la playa y el acantilado. Por el lado contrario a nosotros, el horizonte. Todos saben que la vida es cambiante y se comporta según las circunstancias. Como si fuera la mar en calma un ratito antes del amanecer o unos minutos después de la puesta de sol y como si esta mar en calma llegara incansable a la orilla con largas olas mansas sin hacer ruido ni espuma. Estas olas de esa mar recorren la arena fina de la playa de nuestra infancia y de nuestros primeros enamoramientos y regresan al océano como si tal cosa. Sin remordimientos. La vida, a veces, se comporta como una mar embravecida que llega con fuerza a las rocas y al acantilado y se eleva tanto como puede para luego tirarse con fuerza y con todo el ruido posible para romperse en mil espumas. Sea de una forma o de otra la vida es así de extraña, de aventurera y de cariñosa. Siempre es cuestión de mirarla a la cara como hacen los valientes. Las consecuencias ya se verán en forma de cicatrices que todos llevamos. Cada ola de la mar es un momento de nuestra vida. Un día o una etapa. Una historia, un suceso o un acontecido con sus decorados y sus personajes con sus diálogos. Tiene un comienzo y un desenlace y debe de adaptarse como hace la mar cuando llega a la playa, al acantilado o al muelle.

          La mar embravecida nos genera una situación de impotencia y un punto de fragilidad emocional que los pescadores intentan disimular. Un miedo furtivo que llevamos escondido hasta que algún día acaba por florecer. Al final el conformismo nos lleva a la incapacidad de hacer cosas importantes porque paraliza voluntades. Sólo algunos detalles, nombres, lugares y aromas. Vivir junto al mar en calma no nos deja acariciar la rebeldía. La mar es la que es y se comporta a su manera. Sólo nos pide respeto. Que todos los días no son brillantes, pero hoy lo ha sido. La vida es una cosa seria que requiere oficio para vivirla y la mía en Bergantinos de San Juan tiene pequeñas y grandes contrariedades y sacrificios en cada uno de los momentos del día. Esperanzas defraudadas y ratos de suerte mientras disfrutas de todo lo que te rodea y de todos los que te rodean con agradecimiento. La vida y los sueños son las dos caras de la misma moneda por eso este relato ha sido escrito porque ha sido verdad o quizá no. De lo que estoy seguro es que será leyenda.