jueves, 3 de junio de 2021

Tiempo oculto

Se pregunta el poeta dónde se oculta el tiempo pasado.

Se transformará, seguramente en tiempo nuevo sin estrenar.

En eso tenía la mente ocupada cuando leo que Pizarnik escribe,

"morir es cerrar la memoria".

Pongo música de la mía y entran brujas 

que me cogen por la cintura 

y tengo que bailar con ellas.

No es la primera vez

que nos miramos a los ojos

y nos decimos palabras amables

hasta que amanece en el cielo

y la inocencia de la infancia vuelve a mi 

se apodera de mi voluntad.


Me refugié en las letras, en la música y en la radio.

Experimenté la felicidad y comprendí el amanecer

como un volver a la infancia.

Ya no maldije más los días aparentes y descuidados.

Dejó de molestarme el silencio y los días de viento y lluvia.

La poesía me aclara la mente y relaja mis minutos tensos.

El insomnio se convirtió en lucidez personal y pasional

y miles de hormigas me acariciaron el rostro

y los peores sentimientos infernales.

Descubrí gorriones volar de rama en rama inquietos

mientras las gaviotas 

sólo planean sobre el mar para calmarlo.


El aire sólo se mueve cuando está inquieto

y dibuja sombras con el sol en lo alto.

Me duele la noche

cuando no tengo sueño ni cansancio.

Los días de sol y moscas no siempre son los más felices.

Hay huecos en mi interior

y senderos torcidos y empinados

que algún día tendré que caminar.

La cima suele ser la calma y la piedra en la que me siento

siempre es mi compañera.

En el descenso los minutos son más rápidos.

Bordea un torrente miedoso y cristalino

que lleva el agua lenta hasta el mar.

Los árboles caídos siguen abrazados a la tierra

y a una densa niebla

como los días bajos y vacíos. 


La felicidad está en los ojos y la tristeza en las lágrimas.

Pero escribiré alegrías en la noche

hasta que el alba me avise

y el gallo insista como hace siempre.

Las olas me hablan igual que los pájaros

pero con distinto idioma.

O el viento que sólo sabe silbar.

Un árbol puede ocultarse en el bosque

igual que la noche se oculta en la oscuridad

y una ola se oculta en el mar.

El aire se oculta entre el viento.

La sabiduría y la mediocridad

se oculta en la mente y los gestos

de todas las personas.


miércoles, 2 de junio de 2021

A. Pozzi

Nacida en 1912 en Milán y de familia acomodada, aristocrática y culta. Estudió Filología, idiomas, música y artes plásticas. Le gustaba la equitación, la fotografía y viajar. Escribió poesía y otras cosas en forma de un diario porque no le dejaron hacer otra cosa. Las mujeres, por aquellas fechas, sólo debían estudiar un poco de todo y lo justo para parecer inteligentes. No debían escribir ni publicar, sólo hacer una vida social vacía de contenidos pero rica en gestos de acomodo. 

Un reconocido abogado que no arriesga porque es su padre. Una madre condesa que busca en su hija una sombra y un marido profesor de universidad cuyo ego sobresale ante todo y tampoco no la deja ser. Como ha dicho Miquel en su reflexión, si hubiera sido sirena la hubieran escondido en el bosque para protegerla. Así se fraguó todo un despropósito y se precipitó de mala manera. Sus mejores momentos los pasó, seguramente, en  Pasturo (Lombardía).

Con todo en contra, un divorcio, malas lenguas dicen que un aborto, un marido hecho de testosterona, unos padres que la coartaron en todo lo que quería ser y hacer, una sociedad patriarcal en la que las mujeres sólo podían aspirar a ser amas de casa y realizar labores sociales de bajo nivel, dejó de querer hacer cosas y dejó de disfrutar de todo lo que le gustaba hacer. Empezó a alternar altibajos en forma de nostalgias patológicas, tristezas de querer morirse, melancolías mal entendidas y depresiones con ideas auto líticas. 

Seguramente, el único que le entendiera, Vittorio Sereni no dio los pasos adecuados o también fue apartado por el inmenso poder del abogado Roberto Pozzi en connivencia con la condesa Lina Cavagna Sangiuliani di Gualdana. 

Viene a decir, Miguel Antón que la tristeza de Antonia Pozzi es un túnel hecho de primaveras sin color y de inviernos sin luz, de paisajes y recuerdos en blanco y negro que desembocan en un manantial seco y oscuro. 

"Dejad que yo me pierda, 

sombra en la sombra". 


Pareciera que la poeta italiana entrase en una completa negrura. Igual que hizo Borges, donde escribe;

"En este punto se deshace mi sueño, 

como agua en el agua".  

La misma agua en la que se hundió Virginia Wolf con los bolsillos llenos de piedras. o el agua del mar en el que se adentró para siempre Alfonsina Storni, después de anunciar su final en un famoso poema de despedida; 

"Voy a dormir, nodriza mía, 

acuéstame... 

si él llama le dices que no insista, 

que he salido..."  

Silvia Plath se durmió para siempre en su refugio de siempre repleto de gas y Anne Sexton hizo lo propio en un coche lleno de humo denso del tubo de escape. Alejandra Pizarnik, antes de tragarse más de cincuenta cápsulas de barbitúricos, dejó escritos tres versos en los que expresaba su último y desgarrado deseo; 

"No quiero ir 

nada más que hasta el fondo". 

Con la misma sustancia se envenenó y logró alcanzar el fondo de su vida una jovencísima Antonia Pozzi, de tan solo veintiséis años el 2 de diciembre de 1938 tras tomarse cierta cantidad de barbitúricos. Fue encontrada inconsciente en un lugar próximo a la abadía de Chiaravalle, un suburbio de Milán. Murió al día siguiente y fue enterrada en el pequeño y placentero cementerio de Pasturo. La familia se negó a admitir que fue un suicidio, atribuyendo su muerte a una supuesta neumonía. 

La voluntad de Antonia Pozzi fue destruida por su padre. A pesar de ello, sus poemas inéditos y escritos en libretas a modo de diario, fueron editados por su padre después de cambiar algunas palabras. 

"Déjenme, dejen que yo sea 

una cosa de nadie 

por estas viejas calles 

donde la noche se ahonda. 

Déjenme, dejen que me pierda, 

sombra en la sombra, 

dos cálices mis ojos que se elevan 

hacia la última luz. 

No me pregunten, qué es lo que quiero, 

qué es lo que soy, 

si para mi en la multitud está el vacío 

y el vacío es la arcana multitud de mis fantasmas. 

Y no busquen lo que busco 

si el más pálido cielo ilumina 

la puerta de esta iglesia y me hace entrar. 

No pregunten si rezo y a quién rezo y porqué rezo. 

Entro solamente para tener un respiro 

y un banco y el silencio 

donde las cosas hablen hermanadas. 

Porque soy una cosa, 

una cosa de nadie que vaga 

por las calles antiguas de su mundo, 

dos cálices mis ojos 

que se elevan hacia la última luz. 

Pienso esta noche en la leyenda del Pájaro de Fuego, 

en su aparición en la espesura, 

en su canto liberador. 

Y todos hablan del joven príncipe, 

y del sueño de sus enemigos, y de su salvación. 

Nadie piensa en el árbol oscuro 

donde apareció el pájaro la primera noche. 

Nadie piensa en la vida del árbol 

después de aquella noche, 

ya sin el fulgor de las alas mágicas. 

Sólo yo sé que el árbol vive 

de nostalgia y de espera, 

y que alrededor ve a la gente que pasa, 

pero que no hay vestimenta llamativa 

que para él valga 

lo que el esplendor del Pájaro desaparecido. 

El árbol no sabe ya para quién es su florecer, 

y por cada hoja que brota se retuerce 

en lo más íntimo de sus fibras. 

El árbol ya no sabe a quién ofrecer 

su sacrificio primaveral, 

y espera la noche, la noche negra sin estrellas, 

sin fuentes, la hora del oscuro silencio, 

cuando desde sus profundas raíces, 

en un fulgor extremo y cegador, 

le surgirá, le correrá por el tronco 

hasta la cima de sus frondas, 

su único bien: el recuerdo ardiente del Pájaro. 

Quien me saluda no sabe que he vivido otra vida, 

como quien narra una fábula o una parábola sagrada. 

Porque tu eres mi inocencia; 

tú como una ola blanca de tristeza 

cayendo sobre el rostro si te llamaba 

con labios impuros; 

tú como lágrimas dulces 

corriendo en lo profundo de los ojos 

si mirabas a lo alto y de ese modo te parecía más bella. 

Tú velo de mi juventud, mi vestido claro, 

verdad desvanecida o nudo reluciente 

de toda una vida que fue, quizá, soñada. 

Oh, por haberte soñado, mi vida querida, 

bendigo los días que quedan, 

las ramas muertas de todos los días 

que quedan que necesito para llorar por ti. 

Después del beso, 

salimos de la sombra del olmo 

para regresar sobra la calle; 

sonreíamos a la mañana como niños contentos. 

La unión de nuestras manos 

creaba una concha sólida 

que custodiaba la tranquilidad. 

Y yo lloraba como si fueras un santo 

que calma la absurda tormenta 

y camina sobre el lago. 

Yo era el alba en el cielo inmenso 

del verano sobre interminables 

extensiones de trigo. 

Y mi corazón, 

una alondra que conciliaba la serenidad 

con su canto. 

Si entiendo eso que quisiste decir, no verte más, 

creo que mi vida aquí se acabaría. 

Para mi la tierra es solamente este palmo que piso 

y el otro que pisas tú; 

el resto es aire en el cual navegan 

balsas dispersas para encontrarnos. 

De hecho, a veces surgen hilos de algodón 

en el cielo limpio 

o plumas de pequeñas nubes a la distancia, 

y quien mire desde allá, 

verá una nube sola que se aleja en un pequeño instante. 

Cuando te regalé mis recuerdos de niña, 

lo agradeciste; 

mencionaste que era como 

si quisiera comenzar de nuevo la vida 

para dártela entera. 

Ahora ya nadie extrae de las sombras 

a la pequeña y ligera persona que fue 

un alba breve, la muñequita. 

Ahora nadie se inclina a la orilla 

de mi cuna perdida. 

Alma, y tú has entrado en el camino de la muerte. 

Aseguraste que ibas a permanecer 

para eso que no fuimos, 

para aquello que fuimos y no seremos más.  

Que en ti podría fluir el agua sepultada, 

retornar los muertos y 

habitar los que no han nacido. 

Que la poesía, tan querida por nosotros 

pero nunca dispersa por el corazón, 

la ibas a cantar con gritos de niño. 

La única espiga entre dos cultivos difusos, 

eres tú, el retoño de nuestra inocencia 

bajo el sol. 

Pero te quedaste allá abajo, 

con los muertos, con los que no han nacido, 

con el agua sepultada. 

El alba ya se apagó 

con la luz de la últimas estrellas; 

ahora no necesita tierra, 

sino solamente el ataúd de tu corazón enterrado". 

Emitido en el programa #DondeFlorecenLosAlmendros el día 3 de junio de 2021. Un programa de @radioletrarium 

martes, 18 de mayo de 2021

Expresiones y figuras

 A veces nos expresamos con poca claridad y poca exactitud. Sinceramente. Esto, a menudo, puede provocar equívocos o inducir a errores. No vivir, no siempre es fácil. Explicar mi vida puede llegar a ser complicado porque al final todo se convierte en literatura. Son esas manías de decir lo de uno sin que lo parezca. Y si al final es literatura resulta que todo es mentira o una realidad paralela para agradar. Que no es lo mismo que querer quedar bien. Las aventuras de mi vida no se ciñen a la verdad más absoluta. Si es literatura hay ficción con un fondo verídico.

Si un relato es lastimero se retoca. La gente no está pendiente de la radio para escuchar penas y desdichas, que cada uno tiene las suyas y apechuga como puede. Utilizo palabras que se acercan a la verdad y otras palabras que se alejan de la verdad tanto como pueda. Cuidar la sencillez agradable sin llegar a la mentira. Quiero ser justo conmigo mismo, con aquello que se puede contar y lo que no. No he sido de tener miedos pero si algunas fobias por lo que no es conveniente parecer torpe por aquello de ser preciso.

La vida nos regala el olor a la lluvia y a todo aquello que la lluvia moja. Ese aroma que entra por la ventana y que viene de bosques silenciosos donde sólo el aire se mueve con soltura entre troncos, ramas y hojas. Deleitarse cruzando la niebla y observar que se desplaza para dejarnos pasar y ver lo siguiente del sendero hasta llegar a la cima. Pensamientos de la infancia, la adolescencia y la juventud que se cuelan en la vida adulta como un bálsamo rejuvenecedor que sólo habita en las alturas. El pasado siempre es más estable que el presente porque ya es inamovible. Los futuros serán inciertos siempre. 

Hemos llenado nuestras mentes y nuestras casas de recuerdos y ahora de historias pasadas y leyendas para afianzarnos en el presente. La vida, así, se vive mejor y sin sobresaltos. En las casas viejas no hay fantasmas. Hay recuerdos agradables y blancos como la nieve y recuerdos oscuros y no queridos que no se pueden borrar. Quizá el tiempo los olvide. La vida nuestra y de otros que aparentemente fue y que ahora nos hemos vuelto intérpretes para que se conozca.

El hecho de recordar el pasado que nos marcó es una buena forma de volver a revivir momentos felices como antídoto a las crueldades de ahora mismo que nos molestan. todo lo que he contado parece ser que es así según todos los entendidos consultados. Pues que bien. 

En el mundo que nos ha tocado vivir y con los tiempos que corren algunas personas son desgraciadamente sensibles. Lo que tendría que ser bueno les hace vulnerables. Atar en corto la sensibilidad y ponerle puertas a las emociones no puede ser bueno. Relacionarnos con otras personas hace que nuestra vida, a veces, se complique y que la piel nos duela. Pero no podemos evitarlo,

Me he sentado en un banco de una calle muy concurrida a la sombra de unos árboles de ciudad. Observo las figuras de la gente con prisa y la otra. Con semblante vago. Como las figuras de los sueños. Será cosa del frío comenta mi amigo. O del calor, le respondo. Seguramente nosotros somos más raros que los demás porque estamos satisfechos y no tenemos prisa porque la hemos perdido. Sus caras vulnerables dicen que no son libres porque dependen de demasiadas cosas. Están atados a la tecnología. Caminan sin mirar y sin hablar entre ellos. Auriculares puestos con música aislante o despachando asuntos de oficina. Nosotros estamos atados a las costumbres y a la rutina que nos proporciona libertad de movimientos y de reloj. 

Las horas del día son suficientes y nos conmueven las cosas porque las disfrutamos que el futuro es incierto y angosto. Los transeúntes que pasan por delante de nosotros no tienen tiempo para ellos y siempre tienen la sensación de haber dejado sus minutos a otros. A cierta edad descubrir cosas tiene su aliciente de tal manera que la vida se refleja en nosotros y nosotros en ella. Salud. 

lunes, 3 de mayo de 2021

Poesía de Mayo

Puedes verte volar si te miras en el cristal

del mar en calma.

Aroma de lluvia y de tierra.

Las alegrías

casi siempre matan las penas.

Delicado equilibrio el de las lágrimas

que resbalan las mejillas

y se secan antes de caerse.

Después de la niñez y en plena juventud

llegaron las primeras tormentas

en un vaso de agua.

Cuando miro el camino que tengo que andar

el silencio me observa con detenimiento.

Siempre me entiendo con la gente

que tiene la soltura

de quien habla lo justo y calla lo adecuado.

Las estrellas también se miran

en el mar en calma antes del anochecer.

Yo las miro fijamente mientras pienso

la forma de alcanzar la luna.

Algunas noches noto

cómo se abren algunas heridas.

Luego me duermo y se cierran solas.

Como las tormentas que llegan y pasan.

Pero dejan charcos que tardan en secarse.

Cuando llego al final del camino

busco una piedra silenciosa para sentarme.

Pienso lo que he visto y vivido

mientras caminaba el sendero.

El alma necesita estar segura.

Cuando subo a la cima de la montaña

veo más cielo que bosque

y también estoy más cansado.

Pero vale la pena porque los pensamientos

a la intemperie

siempre son más verdaderos.

El viento trae olas a la playa sin parar

y luego ellas solas vuelven al mar.

Hay muchos caminos que se adentran en el bosque

y no siempre entro por el que está alfombrado.

Hay un momento en que la belleza lo arrasa todo.

Se trata del bosque silencioso.

El único que hace ruido es el viento

cuando se mueve entre las ramas y las hojas.

Los charcos están para pisarlos con fuerza.

La vida está para vivirla a tope.

No nos queda otro remedio.

El descanso acompaña a la noche.

El alba y el gallo le pondrán fin. 

Tengo sueños clandestinos

con tus palabras, tus gestos y tu mirada.

El viento llega hasta la ventana y mira.

Abro la ventana y entra con fuerza

para recorrer todos los rincones de la casa.

Es libre porque desconoce las fronteras.

Luego regresa al mar y lo agita. A veces vuelve.

Estoy en eso de averiguar quién manda más.

Si el corazón y el alma, la mente y la conciencia

o el atrevimiento y la necesidad.

Pensando todos los momentos de mi vida.

Los días no se hacen esperar.

El amanecer llega aunque esté dormido.

Cuando el caos me supera

camino despacio por las aceras.

Las temperaturas nocturnas son adecuadas

por eso duermo con la ventana abierta.

 Puedo oler la noche y los sueños

que se pasean a la luz de las farolas.

La humedad moja la tierra y desprende un aroma.

Alguna chimenea humeante huele a ceniza.

El pueblo está en calma y los perros descansan.

El mar que baña el paraíso también susurra.

Ahora que tengo lucidez, conciencia y memoria 

tengo la impresión de que las cosas importantes

ya han pasado. Pero no es así. 

La poesía es como el mar que aún estando en calma

puede llegar a ser trágico si no sabes nadar. 


lunes, 19 de abril de 2021

Libros

Los libros son una fuente inagotable de conocimientos. Éstos que se encuentran atrapados en su interior y que al abrirlo se escapan hacia el corazón y la mente del lector. Miles de imágenes pasarán, como si de una película se tratara, por la imaginación y los recuerdos de cada uno.

Al leerlo evocaremos lugares, aromas, entornos, amistades, paisajes y amores de felicidad. Todo aquello que querremos conservar en nuestra memoria infinita. El contacto con un libro me deja un aroma a papel y tinta que me predispone. Un tipo de letra que me trae recuerdos. Cuando empiece a leerlo veré grises en una escala grande. También podré observar amarillos, verdes, azules, lilas, granates  hasta llegar al negro más profundo. 

Como los matices de las pinturas o los agudos y graves de la música que también puedo escuchar en plena naturaleza. El libro es la vida misma escrita por alguien y leída por uno mismo. Mis ojos leen mientras mi mirada se sitúa en contexto y mi espíritu se libera de mi  mismo para entrar a formar parte del contenido que el libro mantiene en su interior y que mi mente le dará forma. 

Por estas fechas de primavera los días empiezan a ser cálidos y apetece sentarse junto al mar. El sonido de las olas cuando llegan a la playa son el mejor fondo para concentrarse en la lectura. Eso hice. La atmósfera se hace acogedora, espiritual y azul. Con eso os tendría que ser suficiente para entenderme. No es sólo el libro ni su contenido. Es todo lo que envuelve el arte y la disciplina de concentrarse y leer pausadamente para comprender al autor y su obra. Y de repente, el libro empieza a regalarte una paz interior que te absorbe y te mantiene concentrado. Dijo el poeta una vez que no sólo de pan vive el hombre. Aquí tenéis la respuesta. 

Abrigué mi estado de ánimo para que estuviera cómodo. Me senté en una mesa de bar de los de antes. En la terraza y bajo un parasol. Sólo el aroma de un café humeante llegaba hasta mi. Cogí al azar uno de varios libros que suelo llevar conmigo. Me acomodé, abrí el libro y me transporté a su contenido. Lugares de mi Isla que conocía muy bien pero que por un momento me resultaron novedosos. Una concentración de creatividad y sensibilidad del autor me crearon escalofríos de quietud y calma con la historia. Abrir un libro y empezar a leerlo es como entrar en el aula de la vida para aprender.

Reconozco que a veces somos coautores del libro. La historia y la ubicación está escrita. Nosotros ponemos la cara de los personales, su perfume, su voz y sus gestos solemnes. Así se completa la trama y así nos gusta más porque nos sentimos copartícipes con el autor. Es una bonita forma de dar paso a la imaginación y a los recuerdos. Sin ellos nuestra colaboración sería infructuosa. Los niveles de fantasía cada cual con sus gustos. Igual que los niveles de romanticismo o crueldad. Mucha o poca ficción y mucho o poco realismo. 

Cuando ya lo has leído lo sacas a pasear en las tertulias o en las conversaciones con familiares, amigos y allegados. Las sonrisas y los tonos de voz, los rostros y las miradas, los sentimientos y las sensaciones me los ha prestado el recuerdo de mi gente cercana. Los detalles creativos minuciosamente descritos son propiedad del autor que nunca conocerá mis añadidos. 

Cuando cerremos la última página del libro se cerrará una etapa de nuestra vida. El libro será depositado con cariño en la estantería de nuestra biblioteca en el lugar que hayamos decidido. Según la huella que haya dejado en nosotros. En una Isla del mediterráneo donde estamos rodeados de mar es fácil crear un vínculo de unión entre el autor y el lector y esta historia de colaboración que durará siempre. Cada libro leído es una perspectiva de la vida que se forma en nosotros. Por muchos libros y por muchos años. Salud. 

jueves, 19 de diciembre de 2019

Otoño


El día está enfermo de cansancio. Sobre unos acantilados imposibles espero ansioso la puesta de sol. Antes he cruzado unas zonas de penumbras de encinas y olivares. De pinos, higueras y algarrobos.

Un camino estrecho y tortuoso que bordea el mar en toda su inmensidad.

Después de unos días hospitalizado me han dado el alta. He conseguido bajar hasta las rocas dónde las olas insistentes murmuran sus aventuras. El sol, mientras, va bajando dulcemente hasta posarse sobre el horizonte.

Algunos instantes después ya se ha puesto. Se ha escondido detrás del mar. Está en otra parte para descansar. Queda la resaca en forma de una tenue luz que va a menos.

Las nubes esperan sobre una línea mágica. Un lugar privilegiado para ver aparecer las primeras oscuridades de la noche.  Es justo en ese momento cuando se mueve una ligera brisa aventurera y atrevida.

Siento la necesidad de acercarme a otras personas y charlar. Abrazarles. O simplemente guardar silencio en la proximidad.

Cruzar hasta el otro lado. Cruzar la vida con sus horas y sus días. Con sus miedos y sus valentías. Cruzar el mar, en definitiva. Necesito saber lo que hay detrás.

Quizá el otro lado sea igual. Que la vida sea la misma, aunque se pueda caminar de otra manera. Vivirla de otra forma. Sosegada y tranquila. Con las ilusiones de la niñez. Las pasiones de la juventud y la sabiduría de la madurez.

Huir de no estar solo. Ni desnudo ni ausente. Esperaré tranquilo. Pero si el primer rayo de sol me ciega no podré ver el amanecer.

Busco por todas partes las horas vividas y las noches que me quedan. Quiero pensar que me están esperando entre las olas de un largo atardecer. Quizá encuentre la respuesta a toda mi vida al otro lado después de cruzar el otoño.

Vivir con delicadeza y conquistando el olvido. Necesito la memoria para vivir con experiencia. Envejecer de forma solemne. Igual que naces y vives. Antes de cruzar las horas y los días del otoño. Antes de cruzar la vida.

Esos días adecuados que hacemos lo previsto. Y lo contrario. Al final, la vida siempre transcurre ajena a las nubes y a la lluvia. Incluso al viento y a las tormentas. No siempre luce el sol.

La vida en otoño es como un sueño delicado. Como las sábanas limpias. Como un horizonte despejado que casi se puede tocar. La naturalidad de las cosas que nos ocurren cuando el aire es sereno. Sólo se puede vivir el otoño con atrevimiento, aunque haya momentos de vértigo.

Con cobardías no se llega entero a la noche. Ansío los minutos venideros porque la realidad nos espera. Cuando nací tuve ilusión por la vida. Vivir incluye todo tipo de riesgos. Pero yo no lo sabía. Era una tarde de otoño y hacía frio.

Fue la primera vez que me sentí querido. No me acuerdo la hora que era. Acababa de nacer. Estaba empapado del sudor y las lágrimas del sufrimiento de mi madre.   

Hipocondríaco


¡Hola, me llamo Antonio y soy hipocondríaco!

Desde hace un tiempo asisto a sesiones grupales de mejoras de calidad de vida y apoyo psicosocial para personas con baja autoestima.

Yo, que estoy enfermo y no he podido curarme ni con ayuda profesional doy consejos a otros que tampoco se han curado ni con ayuda profesional. Y viceversa.

Ser hipocondríaco viene a significar que pienso que padezco de todo cuando en realidad no tengo de nada. El médico que me lleva sabe que no tengo de nada y cada vez que me visita me pide de todo. Los resultados siempre son normales.

Visito las urgencias con regularidad. El médico que sabe que no tengo de nada me solicita de todo con regularidad. Esto es ser hipocondríaco. A veces pienso que está peor el médico por hacer lo que hace que yo por pensar en lo que no tengo. De momento progreso adecuadamente. O sea, sigo igual de lo que no tengo.

Ahora que ya conocéis parte de mi vida sana pero que me mantiene constantemente enfermo os cuento mi última visita a urgencias. Todo lo que cuento es así. Cuatro horas y pico de espera porque me han asignado un nivel cinco. Aprovecho para relacionarme con otros sufridos aspirantes a ser visitados por un especialista.

¿Qué tal estamos, Antonio?

Creo que tengo una enfermedad nueva.

¡Tranquilo! Seguramente no será nada. Odio esta frase. Nunca es nada. Tenía un amigo que no tenía nada y hace una semana lo incineramos.

Ahora mismo, en camillas, llevo un camisón enseñando el culo. Sé que soy hipocondríaco y que no tengo nada. Pero al pedirme pruebas, pienso que tengo algo y me pongo más enfermo de lo que no estoy.

Un neceser. La Nintendo, la play, la Tablet plus, el móvil, la consola XP y una bolsa de cargadores.

¡Antonio, a ecos!

¡Antonio, le vamos a sacar sangre!

¡Antonio, a RX!

¡Antonio, necesitamos que orine!

¡Antonio, le llaman del TAC!

¡Antonio, túmbese para un electro!

Así no se puede vivir. Es imposible curarse de lo que uno no tiene con tanto ajetreo. Un día pides -por favor- si te puede ver un médico.

¡Antonio, un poco de paciencia! ¡Sólo lleva tres días! Le daremos unas pastillas para ser feliz. Y a las dos de la madrugada, una para dormir.

A esta hora estoy durmiendo. No se preocupe. Le despertaremos.

¡Antonio, ha tenido suerte!

¿Me visitará un médico?

¡No!

Le hemos encontrado una cama. Estará contento, ¿no?

Enseguida estaré preparado.

¡Tranquilo! Primero tienen que bajar al difunto y luego limpiar la cama y la habitación.

¡Oiga, que soy hipocondríaco, carallo!

Al día siguiente todavía estoy en camillas.

¡Antonio, el médico ha decidido darle el alta! Un ingreso innecesario siempre provoca un trauma psicológico de consecuencias impredecibles. Si el médico que nunca me ha visto ha decidido que me vaya es que estoy mucho mejor.

No Antonio, usted está igual de bien. La sanidad está peor con los recortes.

¡Vístase y que vengan a buscarlo!

jueves, 11 de abril de 2019

Neruda y R. Graves.

Y un día frío de primavera llegó NERUDA desde el mar. 
Se desplazó hasta Valldemossa y recorrió un largo paseo por sus calles estrechas y llenas de macetas con flores. Visitó los silenciosos jardines exteriores de la cartuja. Estuvo degustando una taza de chocolate y una coca de patata en un jardín de limoneros, naranjos, gorriones y frío. Y un mirlo, por cierto. 
En el mirador de la montaña de la baronesa de Dudevand le envolvió una nube y se emocionó. Después de un rato la niebla se fue despejando hasta poder ver el horizonte y el mar. Pero el bosque siguió misterioso con sus pinos, algarrobos, encinas y los tortuosos troncos de los olivos centenarios. 
Olía a bosque mediterráneo y a romero. 
Subió con gran esfuerzo hasta lo más alto del pueblo de Deià. Se paseó por el pintoresco cementerio con vistas al mar y se detuvo un rato delante de la tumba de Robert Graves. Le llamó la atención que debajo del nombre sólo estuviera escrito “poeta”. 
Luego de todo esto las nubes se retiraron a las cimas de la montaña y salió el sol. Es lo que tiene cuando uno se pasea con NERUDA por algunos pueblos costeros de Mallorca con el encanto de una primavera revuelta. 

Con destino a @MaryPosa7 

sábado, 15 de diciembre de 2018

Talento y Navidad

Una vez escuche decir que seguramente el talento consiste, en general, en descubrir la belleza. 
Del vuelo de los pájaros. De las risas de un niño. Del amanecer primaveral. De caminar el sendero de un bosque donde las ramas dejan pasar el aire y un poco de sol. Escuchar el murmullo del agua de un arroyo. Del silencio de la puesta de sol. De un rato de reflexión. De cuando el agua del mar invade la playa. Y esas cosas. 
Así empezó Eugeni la tertulia del otro día. Luego se hizo el silencio durante un rato mientras intercambiábamos miradas cómplices. A la sucesión de momentos espléndidos vienen desequilibrios junto al vacío que producen vértigo emocional. La oscuridad, por muy sedosa que sea, impone serenidad para sobrellevarla. Todo depende de dónde viene el viento. De la hora del día y de con quién te acompañas en cada momento.  
Así son los diálogos de la mañana. Del amanecer. Las conversaciones de los jubilados. Las tertulias del primer café. Se nos va la imaginación. Si Platón estuviera con nosotros hubiera escrito otros diálogos. O no. Mejor así. Diversificar para comparar. 
Parece mentira pero ya estamos en Navidad. Pasará enseguida entre días de sol, lluvia y comidas. Y nos meteremos en cuaresma para purgar los pecados y poder escaparse el puente de Pascua libres de pecado. Cambiaremos los villancicos por las saetas antes de que llegue la Eurovisión y quedemos los últimos. Ya veis que a cierta edad el tiempo va muy rápido. Demasiado. Los días serán más largos y tendremos mejor tiempo. 
Nos comenta Lorenzo que pasó unos días en una casa de un pueblecito costero en Irlanda. Una casa anfibia. Construida en tierra firme y rodeada de agua de lluvia todos los días. Allí llaman buen tiempo a lo que aquí llamamos un tiempo horrible. Comenta que cuando llega el cartero, que siempre viene de lejos, le dan merienda. Pan con alguna cosa y un vaso de vino para entrar en calor. Allí el tiempo no pasa tan rápido. Nos ha gustado escuchar eso. Nuestros carteros no son así. Los de allí tienen más tiempo. 
He dejado transcurrir unos instantes largos desde el último párrafo. He mirado por la ventana mientras pensaba. Hoy las nubes se desplazan rápido hacia el Este. Es importante ordenar las ideas de la mente. El silencio lo ocupa todo o no existe. Y la oscuridad de la noche me hace descubrir cosas de mi. 
Hace unos días de los míos que he leído un libro de M. Barbery en el que se da por hecho que el mundo es más antiguo que el hombre. Deduzco, pues, que el hombre no vino de otro sitio y que por tanto es autóctono de la tierra. Así de simple lo entiendo y no pienso complicarlo. En la tertulia se ha dado por cierto y no se volverá hablar del tema.
Por estas fechas toca escuchar el canto de la Sibila. Algo tan hermoso que sólo puede compararse al canto de algunos pájaros. En el bosque, parece que el viento también canta cuando pasa entre las ramas y entre  las hojas. En el mar, es la vela la que silba melodías de Navidad. Esta es una parte de mi percepción del mundo y de estas fechas.
Siempre alegra ver un remolino desplazarse en el agua mansa de un estanque al aire libre. Se trata de romper rutinas y mantener costumbres al mismo tiempo. 
Desde hace algún tiempo el párroco de mi pueblo dice la misa en latín una vez a la semana. Se ha corrido la voz y la iglesia se ha quedado pequeña. La nostalgia sobrevuela y la gente tiene la sensación de que todo lo que se pronuncia es majestuoso. Muchos no entienden lo que dice, pero dicho en latín tiene que ser más importante que las misas del resto de la semana. La sección femenina del club de la tercera edad ha montado un coro con canciones de misa en latín. Un nuevo renacimiento de lo clásico. De lo que no pasa de moda. 
Al final de la tertulia Eugeni nos ha felicitado la Navidad y nos ha deseado un feliz año nuevo. Ha pagado los cafés y los cortados con leche natural y sacarina. Y ha dicho; Antes del año uno ¿Qué celebraba la gente? Jesús no había nacido y por tanto no había Navidad. Ni Papa Noel, ni Reyes Magos, ni turrón, ni amigo invisible, ni paga extra... hay que joderse!  Pues menos mal que nos ha tocado vivir ahora. Pobre gente la de antes. Eugeni es un retórico meticuloso que habrá fastidiado la mañana a más de uno con sus teorías. 
La naturaleza nos une a personas, animales y cosas con el lugar. Y por estas fechas más que nunca. Me acordé de una lógica frase del Lazarillo de Tormes en la que dice, "En este tiempo dio el reloj la una después de mediodía". Aplastante. Hoy día sigue en vigor. Yo no quiero ser menos y aprovecho esta entrada titulada "Talento y Navidad" para desearos FELICIDAD Y SALUD. 

martes, 11 de diciembre de 2018

Dicha y sufrimiento

Hace poco se encontraron unas hojas escritas y firmadas por Sor Clara de Jesús. "La vida no tiene porqué ser una falsedad. Me he acostumbrado a mi cuerpo finito. Me asusta la eternidad de mi alma. Me gobierna la necesidad diaria. Me tranquiliza esa delicada luz otoñal". Seguían unos trazos nerviosos de un plumín desafilado. Estaba escrito por una mano nerviosa y un alma en pena. Era lo que conocía del mundo, seguramente.
Y seguía. "Los tiempos pasan. En el mejor de los casos, cambian. Las ilusiones se desvanecen y también las esperanzas. Las personas más allegadas se mueren. Son otras monjas. Mis compañeras.  Nos quedamos solas con el mar y las montañas. Ninguna de las dos cosas las puedo ver pero las recuerdo de mi infancia". 
Cuenta que el Padre Cosme, su confesor, le decía siempre: "Nada sabemos del día y la hora de nuestra muerte. Hemos de estar preparados para el último día. Pero no podemos descuidar vivir la vida de forma sabia mientras dure. Dios sólo te perdonará aquello de lo que te arrepientas. Que siempre habrá algún pecado o momento poco virtuoso". Las confesiones eran siempre las mismas. En una clausura poca cosa más podía perturbarla. Quizá sólo la imaginación. "Padre Cosme, he sentido los instintos carnales. Ya sé que Dios nos pone a prueba y hace que el diablo nos tiente". Y la voz de siempre del otro lado del confesionario. "Pues reza y trabaja. Somos hijos del esfuerzo".
Describe una huerta anexa al convento que dispone de un aljibe al aire libre. Disimuladamente, las hermanas se miran de reojo en los reflejos del agua mansa que allí reposa. Se aprecian en blanco y negro y algo distorsionadas. Se diría que se ven igual todos los días. Los años no pasan para ellas mismas. Pero si para las demás. Viven juntas pero están solas. La soledad se vive sobre todo en la habitación.
No tienen fotografías de sus seres queridos. El obispo y la madre abadesa no lo permiten para que no afloren los sentimientos de posesión o pertenencia. Está escrito en las normas que no posean nada suyo. Sólo poseen el amor de Dios y éste las posee a ellas porque las creó. Veneran una talla de madera y unos lienzos con motivos de ángeles y santos. De rodillas. En señal de sumisión. Pidiendo perdón por sus pecados. A todas horas y todos los días. No se cuestionan nada más.  
Habitaciones sin vistas y sin ruidos. Una pintura de un Dios joven y con el cabello largo y barba. Los hábitos son pesados y huelen a humedad. Ni sonrisas ni sosiego. Momentos perturbadores cuando se es joven porque no han conocido otra cosa o simplemente ya no recuerdan. "Debo de cumplir años. Pero he perdido la cuenta. Ya no sé cuantos tengo. Converso con ese Dios muerto y resucitado que me dará la vida eterna. Pero sigo teniendo sueños íntimos y clandestinos de habitación de convento de clausura". 
La libido no muere entre cuatro paredes. Eso es pecar. Y por eso hay que pedir perdón. Una existencia simple. Una vida ocultada al mundo de afuera. Agradecidas siempre. Aventuras y experiencias que no pueden compartir. No hace falta correr. El destino llega rápido. Con el tiempo ya no hay un afuera. Sólo el mundo interior. La madre abadesa indica el camino a seguir. Sólo hay uno. No hay cicatrices donde no ha habido heridas. 
El silencio se impone normal. Todas quieren ser santas pero no saben cómo dejar huella. Los años se van borrando menos en sus rostros de piel seca y rugosa pese a la humedad. Se saben de memoria la vida de los santos que leen en la capilla y en el refectorio. En una esquina del huerto hay un pequeño cementerio. Sin nombres ni fechas. Otro dato para no recordar. Los días son iguales al anterior. Cada una tiene que cuidar de su hábito y de su alma. A pesar de que ninguna de las dos cosas les pertenece. 
Corría el año del Señor de 1836. Era invierno y llegó Mendizábal. Expropió y amortizó. Y resultó que había otra vida. Otros conventos. Otras personas. Todo muy distinto. Aparecieron problemas que no supieron afrontar. Durante mucho tiempo se preguntaron si fue obra de Dios. Y si fue una dicha o un sufrimiento. Salud.