domingo, 2 de febrero de 2014

La casa

Anda escorado del lado izquierdo por una cojera. La guerra le había roto un tobillo. Además le había provocado un cansancio anatómico de brazos caídos con joroba desproporcionada.
Cuando llegó de hacer la guerra -en los bandos para no herir sensibilidades- se construyó una casa pequeña colindante con la de sus padres. En un solar compartido con un huerto y un corral de animales con una caseta. La casa tiene los muros gruesos de esos que insonorizan el ruido para darle espacio al silencio.  De esos que no dejan pasar el frío del invierno ni el calor del verano. De esos que no escuchas cuando el vecino tose o cierra la puerta. Está situada en un alto del pueblo y se accede por un camino de tierra. Más o menos en condiciones. En verano es un desierto de polvo. En invierno, cuando llueve, pisas un barro espeso que te dificulta la llegada. A cinco minutos a pie de las casas que conforman el núcleo antiguo del pueblo.
Desde este alto se puede ver un mar con genio. Que calmado casi nunca está. Casi dos años le duró construir la casa. Pero ha quedado bien y bonita. Los vecinos se acercan para verla. Es una copia casi exacta de otra que había visto en otro sitio donde había estado haciendo la guerra. Un día le enseñó un dibujo al alcalde. En uno de esos papeles arrugados de envolver. Al alcalde le gustó y le dio permiso para construirla. Así, de palabra. Sin más papeles ni planos. Como se hacían las cosas antes. Con honradez. La casa forma parte del entorno natural. Un anexo de unión entre el pueblo y el bosque. El mar está al otro lado. La separa del mar un terraplén de matorrales y chumberas peinadas tierra adentro. Es el viento que peina así.
Mientras duraron las obras vivió con sus padres. Se ganaba la vida arreglando bicicletas. Aprendió el oficio en el ejército en los ratos libres que no había guerra. Un pequeño taller céntrico. Para moverse por el pueblo es el mejor medio. Es alto, robusto y ágil. Habla tranquilo sin gritar. Tiene una sordera de los cañonazos de la guerra. Algunas noche se despierta pensando estas cosas. La conciencia tiene menoría. Hay cosas que no se olvidad. Yo personalmente creo que necesita un poquito ruido de ternura. Le ha ido bien construir la casa. Lo ha hecho solo. Alguna vez ha necesitado ayuda y se la han ofrecido.
Después de un día duro de trabajo se acerca al terraplén y mira al horizonte. Espera que el sol se ponga. Lo mira detenidamente. Y luego cuando la oscuridad empieza a rodearle se recoge en la casa de sus padres. Más pronto que tarde tendrá la suya. El alcalde se acerca, a veces, para ver cómo avanzan los trabajos. Toman una copa de licor de hierbas. O dos. Que tampoco es cuestión de contarlas. Templan los nervios, espantan las enfermedades y matan los microbios. Y si te pasas se te suelta la lengua y ya no puedes parar. Lo hizo un día y antes de que el alcalde se fuera ya había conseguido una subvención para las vigas de madera y las tejas árabes. Junta la pared con el techo y deja una ventana en medio. O una puerta.
Otro día deshizo la tierra para construir un pozo de agua fresca. Con la tierra que sacó allanó el huerto. Dos años acumulan mucho trabajo. Trabajo hecho en silencio porque necesitas oírlo mientras lo haces. Los golpes en la piedra te hablan de la piedra. La interesante conversación de un cincel o una gubia con la madera. Para conocer su calidad y sus cualidades. El sonido ambiental lo pone el aire y el mar cuando el viento lo maltrata. Ahora la casa está terminada. La satisfacción del trabajo hecho y bien hecho. Ha venido el párroco a bendecirla porque es la tradición. Sigue con su trabajo en el taller de bicicletas y cuando termina hace vida social. Frecuenta lugares buscando moza para compartir la casa y su vida. Le resulta más difícil de lo previsto porque le faltan horas de sociedad. Por cierto, no me he olvidado de poner su nombre. Me ha dicho que no lo ponga porque quiere vivir en el anonimato. Salud.

miércoles, 29 de enero de 2014

El desamor

He cremat les paraules.
Les que no vols escoltar.
I els sentiments que no vols sentir.
El vent ha llevat el fum i l'olor.
No vui guardar recorts.
Perque ja no em fan compañía.
I mentres tú, dormint,
 
No puc evitar el meu patiment.
Saps que t'estimava.
Aquest hivern han plogut llàgrimes.
Sent l'olor de la terra homida.
L'angoixa de no veure papallones
n'hi de sentir cantar els gorrions.
 
Horabaixa vora el mar.
Les muntanyes ocres al darrera.
El sol a punt de tocar l'aigua.
I l'enyorança que no em deixa alenar.
Ja ni el mar em dona condol.
 
Demà començarem de bell nou.
Ara mateix he bufat l'espelma.
Vull el silenci i la foscor de la nit.
Viuré com un viatjer solitari.
Caminant pel desert de la vida.
 


viernes, 24 de enero de 2014

El viento

Esos días de invierno el aire corta la cara aprovechándose del frío. El viento lucha con la morera del jardín y puede con ella porque no tiene hojas. En verano no podrá con la morera ni con los otros árboles de hoja espesa. Las noches de tormenta se pasan en la cama. Es distinto todo. Los truenos no se oyen igual y el frío pasa desapercibido debajo de las sábanas. A la mañana el cielo está nervioso. Descolorido y llorón. Algún trueno quejica. Pero al bosque esto no le importa porque en invierno duerme. Cuando llegue la primavera el cielo volverá a ser el de siempre. Y sólo habrá uno. Ahora hay varios y el más alto que casi nunca se ve es el de color azul. Y se comportará como siempre lo hace después de haber pasado el invierno.
Un poco más lejos hay una casa con un viejo tejado que el viento ha tirado. No tiene miramientos el viento. No vive nadie en esta casa de tejado viejo y derruido. Sólo se aprecian signos de abandono como únicos moradores. De día vive el aire y el silencio. Cuando el sol se pone la oscuridad se acerca a pasar la noche. Duerme en ella. Aquí nadie molesta a nadie. No hay persianas ni cristaleras en las ventanas. Tampoco hay puerta en la entrada. Por eso entra la niebla y el frío. El viento y la luz de la luna. Y el ruido del mar cuando se rompe contra las rocas. Hay unas gallinas, un gallo y otros animales que habitan los alrededores de la casa. Pero no entran. Duermen sobre las ramas de la morera. Hasta el alba. El gallo se despierta y nos despierta. Esta noche ha llovido mucho y la tierra se ha ablandado. El sol es tímido y quiere secarla. Pero es un sol de invierno y no puede. El viento también lo intenta pero la lluvia insiste. Así no se puede.
Hoy he entrado en la casa para oír y oler el pasado. Nadie quiere acompañarme. Estremecen las pisadas y el ruido de la madera vieja. Son crujidos de dolor. El eco no sale de la casa. No quiere que se sepa lo que allí paso. Yo paro un momento la lectura y pienso en la historia de la casa del tejado por los suelos. De esos ratos que ya estás encamado esperando que el sueño venga. Y no viene. Y sigo leyendo que hay un anciano muy mayor que vive muy cerca. En una casa con un faro justo sobre el acantilado. El mar de frente. Dice que vive en los confines de la tierra. Está orgulloso. Sabe que después de él nadie seguirá allí. Después del faro ya no hay tierra. Todo el mar a sus pies. Hasta dónde le alcanza la vista. Cuenta que el viento llega hasta el faro y se da la vuelta. Vuelve tierra adentro con más fuerza. Coge humedad y salobre y regresa sobre sus pasos.
El faro donde vive el anciano muy mayor y que se encuentra en los confines de la tierra está colindante con una ermita. Dicen los lugareños que los santos de la ermita están petrificados por el frío que el viento trae. Cada domingo el cura dice misa y la ermita se llena de gente que reza y canta. Cuando llega el sermón el cura libera su imaginación ante el silencio de los feligreses. En estas aguas fue dónde Noé soltó la paloma. Oh! Y que al rato volvió al arca con una rama de olivo en el pico. Ahora no hay olivos, pero antes, si. Desembarcaron todos los animales y se quedaron las gallinas, unas vacas, ovejas y poco más. Son las que cuida en anciano del faro y que se pasean por la casa derruida. Sin tejado. Todo cuadra. Es una señal inequívoca que manda Dios. Los parroquianos no parpadean. Viven en lugar sagrado.
No todos los pueblos costeros están en los confines de la tierra. Ni en toldos ellos hay un anciano que cuida un faro y algunos animales. Y mucho menos tienen un trozo de mar donde Noé dejó ir a los animales después de llover tanto. Por todo esto se levantó la ermita que llaman de Noé y que tiene los santos petrificados de frío. Es fácil de reconocer porque el viento aprovecha el faro para dar la vuelta. Acaba de llegar el sueño. Salud.  

domingo, 19 de enero de 2014

La ruta

Hoy he desayunado con Sampedro. Bueno, con un libro suyo y una historia. De esas de leer y pensar. Y darle vueltas para volver a pensar. Sampedro es así cuando escribe. Al final ha sido un desayuno ameno. Agradable. Tranquilo. Una historia que engancha y emociona desde el primer capítulo. Cuando lees: "Todo empezó cando yo nací". Y ya no lo dejas hasta que terminas. Sé que sabéis a qué me refiero.
Después he ido a caminar como cada día porque me lo ha dicho el médico. Yo estas cosas me las tomo muy en serio. Si me hubiera dicho de correr no le habría hecho caso. Pero caminar me gusta y me da tiempo para pensar. Que de eso se trata, además. Un paisano mío no le hace caso y va acumulando enfermedades. Ya está cansado de todo esto y de tomar pastillas. Que de cada vez son más. Llevaba una muleta en el lado derecho para curarse de una cojera. Ahora le han puesto un cabestrillo en este mismo brazo por una artrosis en el hombro. Resulta que ahora tiene que llevar la muleta en el lado izquierdo. Es casi gracioso. La pierna buena y la muleta contra la pierna mala. Así no se puede andar, dice. Tiene razón. Ha aborrecido las enfermedades, la cojera, la artrosis y las pastillas. Ha dicho a su familia que le lleven a urgencias a morirse. Todo por no hacerle caso al médico.
Decía, antes de que interrumpiera mi paisano. Me fui a caminar por el bosque. Para no repetirme demasiado en los lugares aunque los pasos son los mismos. Los pensamientos también van cambiando según el lugar, la hora y el día que hace. Casi cualquier cosa me influye. He seguido la ruta de las hojas caídas en otoño. Es la única ruta posible porque no hay camino. Y si lo hay las mismas hojas secas se encargan de taparlo. No es que me guste en exceso pero tampoco me desagrada. Las hojas secas crepitan y las mojadas, que las hay, me mojan los zapatos y los pies. Como para coger una pulmonía. El otro día llovió fuerte y no bastó ni el paraguas. Ni el chubasquero ni las botas. Las nubes se explayaron y se ensañaron conmigo. Tampoco había motivo, la verdad.
Casi a punto de llegar a casa y cruzo sin mirar. Una imprudencia que no hay que hacer. El susto monumental. Casi me atropella un coche fúnebre. De los de llevar los muertos de un sitio a otro. Un mercedes. Me ha entrado la risa de pensar los titulares. Creo haber visto a Kafka conduciendo. Que ya podría ser. Peatón despistado e imprudente atropellado por coche fúnebre. Se ha tenido que posponer el entierro. El susto de lo que no llegó a ser todavía lo llevo en el cuerpo. Bueno. Yo aquí largando con la pluma y tengo un montón de recados que hacer. Uno de ellos es ir a la plaza a comprar. Me encanta porque las señoras no se cortan. ¡Venga guapo llévate unas frutas que están buenas y son maduras! ¡Mira qué andares lleva desde que me compra la verdura! ¡Tengo pollo campero para caldo que espanta la gripe! Yo dando vueltas y mirando el género. Y rojo como un tomate. Eso son señoras. Con delantal y ganas. Atrevidas y educadas. Las miro y se me va la imaginación tanto como para pecar de pensamiento. A veces he comprado para verlas de cerca y hablar con ellas. Con los morros pintados del color de mis mejillas.
Esas compras las hago cuando llego de caminar. Con cara saludable y color subido. Esas caminatas por esas rutas inexistentes por culpa de las hojas caídas. Ahora en casa toca ponerse cómodo. Batín y calcetines gruesos. Descalzo. Butaca de mirar al jardín y pensar en Sampedro y el desayuno. El aire pasa rápido. Va y vuelve y mueve las ramas. Te dejas conquistar por el sosiego. Mañana seguiré otra ruta. Salud.

martes, 14 de enero de 2014

Poesia de Enero

En todo caso la palabra,
la mirada y los gestos.
Y la lluvia fina que acompaña.
Que moja los versos escritos en el aire.
 
Desahogándome de mi.
De los sentimientos importados.
Y de los exiliados.
Para que no me duelan.
 
Viento quieto de terciopelo.
Un caminar nocturno a tientas.
La calle mojada de lágrimas.
Conversar despacio para evitar la sombra.
Dejando que el tiempo se aleje.
Perseguir la luna sin que se entere.
 
Siempre la palabra y la mirada.
Sudor frio que se agota como la noche.
Cuando el espejo calla.
Y el libro habla por las páginas.
 
Asombros nuevos cada día.
Senderos de hojas caídas.
Intercambiando ideas con palabras y miradas.
Sobre la arena que el agua no cubre.
Sigue hablando, sigue.
Me emociona escucharte.
 
Esto siento en Enero y con viento del Este.
Con las nubes bajas y el frio en el cuerpo.
Mientras el tiempo se aleja.
Después de grabar su huella.
En todo caso la palabra.


domingo, 12 de enero de 2014

Con permiso

Con vuestro permiso. Voy a tomarme unas libertades. Es cada ocho horas y ahora toca. Vivo en un país delicado de estas cosas y necesita tratamiento. Ahora mismo está amaneciendo en sepia y con una densa niebla. Realmente no estoy muy seguro de que amanezca. Si no es así es que he madrugado mucho.  Pero lo han dicho por la radio y yo me fio. Ni siquiera hay paisaje porque está borrado. Las nubes han pintado un fondo color chatarra metalizada. El cielo ha colaborado. Es como una señora sin curvas y con exceso de maquillaje. O con mucha falta de cosmética. En este preciso momento no me atrevo a aventurar lo qué es. No es envidia de sol y moscas. Es lo que hay y nada más. La camarera que me sirve el desayuno tiene una mirada gótica. Yo le doy las gracias con mi voz barroca. Me doy cuenta de que hacen juego y ella también. Por todo lo escrito -que sólo es el comienzo- puedes hacerte una idea de que hoy intentaré parecerme lo más que pueda a mi. Sin llegar al peligro del plagio.
Antes de salir de casa he realizado unos estiramientos como de costumbre. Que dice un científico que es cosa buena para la circulación y las articulaciones. Unas muecas delante del espejo para colocar la cara de siempre. Seria. Y unos bofetones de broma para lucir colorete que demuestra salud. El espejo me ha dado permiso para salir de casa. Más que un espejo de cristal parece una fotografía envejecida de mi mismo. No se trata de hacer el ridículo que para eso están los frikis. Estrafalarios de la vida porque carecen del sentido del buen gusto. Gente sobre la que ningún opinador con pedigrí se ha pronunciado todavía.
Salgo de casa abrigado convenientemente para hacerle frente a la ciclogénesis de hoy. Es una mezcla de frío, niebla, humedad, viento quieto y humo tóxico de los coches. No sabría decir a qué huele la calle hoy. Tampoco estoy seguro de estar en la calle en estos momentos porque sólo adivino siluetas que quieren vivir dignamente el momento aunque el tiempo no acompaña en absoluto. Alguien ha plagiado mi cara porque alguien que no conozco de nada me ha saludado efusivamente. Ha estado un rato callado y al poco, el anónimo, me ha pedido disculpas porque se ha confundido. Y se ha confundido porque me ha dicho que soy alguien calcado a alguien que él conoce. O más o menos esto es lo que he querido entender. Y yo, mientras, haciendo recados pendientes. Si los hago todos tendrá su mérito.
Esta es la crónica de un día sin decorados. De gente sin maquillaje. De siluetas andantes y otras quietas. De confusiones de niebla. De humedad que empaña los cristales de las gafas y los del coche. De escaparates vacíos y echados a perder porque no se ve nada. Ojo que no me atropellen porque tengo todas las de perder y ellos las de ganar con sólo decir que no me han visto. Resulta obvio decir que no me gusta nada lo que no veo. No me gusta no ver. Esto es un vivir a tientas y no soy persona de tener los sentidos muy desarrollados.
Hoy con esta niebla leería o escribiría. Pero no se hacen olimpiadas de leer y escribir. Ni de pensar. Si lo hago no será por medallas sino por convicción. Que es lo bueno. La niebla es espesa y el frio entra por el escote del abrigo y hoy no llevo bufanda. Hoy mi carácter va con el día. Esta noche me acostaré sin una historia que contar. Porque hoy no la he visto. Un día no vivido o vivido entre tinieblas. Llego a casa. Pijama y batín. Música de canto gregoriano que pega con el día. Releer algún clásico. Termino con Umbral y algunas de sus ilustres groserías. Personajes que van de putas y fornican. Que son maricones porque ya tienen doce años y todavía no fuman. Señoras de tetas grandes y culo a juego. Que fuman, tosen y follan y mueren de tuberculosis. Señoras católicas que se benefician de lo que es obispo tiene debajo de la barriga. Después de misa y de un "ego te absolvo a peccatis tuis".  Y muchas cosas más. Que bien describe las guarrerías para estos días de niebla y frio. De esta no me salva nadie de ir al infierno. Salud.

miércoles, 8 de enero de 2014

A vueltas

Dice Rafael que en el fondo es un romántico. Dice bien. Todos pensamos igual. Es un adicto a la rutina. Ambas cosas vienen a ser connaturales a una persona que no ve. La familia. Los amigos. Los cupones. Sus limitaciones. Sus cosas. Tiene la ventaja de que no necesita cerrar los ojos para pensar e imaginar. Tampoco necesita la oscuridad de la noche ni la compañía del mar. Sólo necesita el silencio de la noche que ésta le presta cada noche. Y el susurro de las olas. A los demás nos resulta más difícil. Un algo complicado. Porque tenemos que cerrar los ojos y hacer un esfuerzo extra.
Pero ahora resulta que el silencio de la noche no basta. Ni la oscuridad teñida de negro. Que es cómo se viste la oscuridad más absoluta. Eso dice Eugeni. Se lo cuenta al filósofo, escritor y profesor de universidad casado con Doña Maruja. Hemos inaugurado año y hemos dado por terminadas las fiestas de navidad. Han resultado un poco estresantes para la mente , los estómagos y la cartera. Pues nos queda un año para reponernos. Cuando vuelva ya no nos acordaremos. Vale pues.
Ahora el campo ya no es el mismo. Queda invierno todavía pero la hierba crece fuerte y rápido y algunos almendros ya tienen flor. Muy hermosas ellas. Pero es un suicidio. Cualquier día hará un viento de los demonios o una lluvia pertinaz y serán arrebatadas del árbol. Ellas no lo saben y si lo saben les pueden las ganas de engalanar el almendro. Como si quisieran llamar la atención y llamar a la primavera. Que de todas formas llegará a su debido momento. Salvo que este año no tengamos por culpa de la crisis. Vete a saber. Pero sigue siendo invierno y lo que  queda todavía. El mar también es distinto aunque sea invierno. Frío y calculador. Con su temperamento. A veces hostil y otras amistoso y calmado. Aunque siempre se deja acompañar. Le gusta cambiar el color de sus aguas. Y de las olas. Según haya sol o nubes. Las noches de luna y estrellas o noches apagadas. Lo que no ha cambiado es su perfume. Ese olor a mar. Por mucho que pase el tiempo. Incluso a veces con prisas.
Los sembrados son grandes. Casi tanto como el mar. Verdes. Altos. Se mueven con el viento como si de olas se tratara. Relaja igual si lo miras mientras dejas que pase el tiempo. Y dónde termina el sembrado empieza el bosque. Con el suelo lleno de hojas secas y algunas ramas. El mismo viento que las tiró las cambia de lugar cuando sopla con fuerza. A veces la niebla las tapa y no las deja ver. Y los días de sol éste se cuela por entre las ramas desnudas y cambia el color de invierno por otro también de invierno. Pero el perfume también es el mismo. El sol seca las hojas del suelo que la noche vuelve a humedecer. Ni el mar, ni el sembrado ni el bosque entienden de fiestas. Qué suerte ellas.
A todo esto ya hemos desayunado un café con leche y una ensaimada. Una buena tertulia para alimentar la mente y pulir las ideas. Desintoxicarnos de fiestas, de ruidos, de villancicos y de comidas abundantes. Y la prensa viene como siempre. Las noticias no tienen vacaciones. Siempre las mismas y siempre diferentes según quien las escriba. A vueltas a la normalidad. Los que vinieron se van. Los que se fueron regresan. Los poetas ven gestos en la naturaleza y los escriben. Día. Noche. Sol. Sombra. Mar. Bosque. Sembrado. Acantilado. Olas. Hojas. Cada cosa con su aroma. No es la rutina. Es la normalidad. O no. Qué más me da. Esos gestos que me gustan y me hacen sentir cómodo. Libros que la Navidad ha traído. Hay que leerlos sin prisa. Con lápiz de anotar.
El viento de estos días ha ido acumulando letras en el horizonte. Donde descansan las nubes. Donde sólo se puede llegar en barca pintada de versos. Donde empiezan las mareas y habita el silencio. Donde no hay sombras ni tinieblas, ni penumbras. Donde la madrugada nunca se queda dormida. Donde no hay lluvia. Pero si muchos sentimientos. Donde el atardecer se junta con el anochecer. Porque debe ser lo mismo. El aire vuelve a pasar por entre las ramas de los árboles creando música ambiente. Para leer y escribir.  Para pensar y hacer acopio de consuelos para cuando los necesite. A vueltas a la normalidad. Decía. Salud.  

viernes, 3 de enero de 2014

Estas fiestas

Todo empezó con una misa de gallo concelebrada por muchos ensotanados. El coro de niños de primaria con sus canciones religiosas. Las señoras cantando los estribillos sincronizadas con los niños. En el primer banco las autoridades y el señor alcalde. Un alcalde entrado en años y que padece del corazón y toma medicamentos que le hacen orinar. Tuvo que ausentarse tres veces y una de ellas durante el sermón. Esta ausencia fue mal interpretada por el grupo de la oposición. Hay quien le saca punta a todo. Luego cantó la Sibila que lo hizo muy bien. Como casi siempre. Y luego de haber cantado la iglesia se quedó medio vacía. Esto no le gustó nada al párroco que se puso de muy mala hostia. Con perdón. Días después anunciaría que el año que viene la Sibila cantaría al final. Con permiso del obispo en funciones que dio su aprobación. Una vez más se ha puesto de relieve que la iglesia y el estado están obligados a entenderse. Por lo menos en apariencia.
Cuando terminó la misa ya era de noche. Noche cerrada. Con tanta oscuridad acumulada que ya no cabía más. Por esto lo de cerrada. Sólo rota por la luz de las farolas y las luces navideñas que son pequeñas y chispeantes. La gente salió casi en silencio aprovechando la noche. Sólo los susurros de conveniencia. En las casas había luz y música de villancicos. Y cena de Noche Buena. Sopa rellena y pavo y otras cosas que hacen tradición porque se repiten cada año. Ruido de tacones en  la acera y de palabras en el aire que se iban esparciendo y alejando. Y callando. El señor párroco se fue a su casa. Vive con su hermana y su madre. Ambas mayores pero la madre mucho más. Él es un ser oscuro -lo digo por la sotana- y escaso. Pequeño en todo. Paseando delgadez extrema. Su mente inescrutable como los caminos del Señor.  La lengua era lo más largo que tenía pero era inofensiva. Sus sermones podían durar más de media hora pero no creaban ningún problema. Cosa que aprovechaban algunos hombres para salir a fumar fuera. Pero era un hablar por hablar y repetirse sin mas. Una vez hubo apuestas en el bar de Pepe sobre qué era lo más escaso o menguado del cuerpo físico del párroco. No puedo decir de qué se trata. Ya podéis imaginar de qué hablan los hombres cuando están solos. Sólo puedo anticipar que hubo unanimidad en reconocer que nadie la había visto nunca. 
Y como quien no quiere la cosa nos plantamos a las puertas del Año Nuevo. A golpe de campanadas y uvas. Un pispas y lo estrenamos. Nuevecito, eso si. Recién llegado. Sin experiencia. Ya ves con la que está cayendo con la crisis. Hace unos días que el alcalde había unificado concejalías para ahorrar. Iba acompañado por el flamante concejal de bromas, despropósitos, festejos, tonterías, hacienda y cultura. Una cartera multidisciplinar en toda regla. Tiró diez cohetes justos. Unos petardos y una traca de rueda con más humo que fuego y ruido. Nos dio la tos con tanto humo. Y mientras también lanzó su ocurrencia a título personal que para esto se estrenaba en el cargo. Podríamos mandar el año que hemos terminado a los negritos de África que igual no tienen. Como si del Domund se tratara. A las señoras les gustó y cosechó algunos aplausos pequeñitos. Casi clandestinos. Apenas se escucharon. Cualquier cosa para allanar el camino a la alcaldía.
Poco más duró la fiesta. La gente se retiró haciendo un poco de ruido con juguetes y adornos comprados en una tienda que los chinos tienen montada en el pueblo. No faltó la tradición de tomarse un chocolate con ensaimada antes de acostarse. A los más pequeños se les subían a una silla para que recitaran la poesía navideña que habían aprendido en la escuela y escrita por la mismísima maestra. Nunca las entendimos porque se daban mucha prisa en recitar. Pero eran muy graciosos. Se hacían con unos euros que en días sucesivos iban a intercambiar por chuches en la papelería de Fran. Así se pasan las horas previas y los días posteriores al cambio de año en el pueblo.  El amanecer y la puesta de sol siguen igual porque no se dejan influir por los años. Igual que el mar y sus olas. Un beso de buenas intenciones que dura lo que un Sugus en la boca de un niño.  
A la mañana del día uno y antes del Concierto de Año Nuevo llegó la noticia triste. La jubilada más mayor de todas que se encargaba de la iglesia y de las misas se había atragantado con una uva. Prisas, risas y uvas a su edad no puede ser nada bueno. Dicen que dejó de respirar y se puso morada. Ni un estertor. Cuando llegó el médico y la examinó dijo que era éxitus. Nadie entendió nada y nunca supimos si esto era bueno o malo. Lo único cierto es que estaba muerta y ya con rigor. Para mi, y que no quede dicho, lo hizo adrede para joder. Mira que tiene días el año. Y noches. Y ocasiones. Y formas de morirse. Pues tuvo que hacerlo de esta manera (con una uva) y un día tan señalado. El párroco muy afectado propuso los funerales para pasado fiestas. La enterraron el primer día hábil que era el día dos. El sucesor en el cargo era un señor que declinó tanta responsabilidad. Estas cosas se llevan por rigurosa fecha de nacimiento. Fue otra mujer quien se hizo cargo de la iglesia, de las misas y de organizar las excursiones de los jubilados. Es una señora viuda con perrito que dispone de tiempo.
La remodelación de las concejalías y el fallecimiento de la señora más mayor salió publicado en "La hoja Municipal" que firma el alcalde. Algo parecido a "La hoja Dominical" que firma el obispo. Son dos estilos de entretener y distraer al pueblo. Así se funciona en democracia. Por lo demás el tiempo acompañó las fiestas. Ratos de sol. De nubes y lluvia. Alguna tormenta aislada y un poco de viento. Chimenea a media tarde y a esperar la noche. Ahora nos queda Reyes. El concejal correspondiente y del que ya he hablado antes lo está preparando. Ha ido a un pueblo cercano a buscar voluntarios. No quiere problemas con los niños. Aunque estos no se enteran. La verdad. Vendrán en coches engalanados para la ocasión. Con disfraces de profesional y bengalas de fuego y humo. Esperemos que todo vaya bien. Feliz Año Nuevo. Salud.

miércoles, 1 de enero de 2014

Dol mil catorce

Lo veo. Ya llega.
Un portazo y doce campanadas.
Yo mismo he abierto la puerta.
Con doce uvas en la mano.
 
Todo un año por delante.
Sin poder salir.
Estrenando tiempo.
Desde el primer momento.
El año ya acosa.
Desde el primer día.
 
Me levanto medio dormido.
Y torpeza de movimientos.
Que es pronto todavía.
Empezará con el concierto.
Como cada año.
 
Miro la luna y no está.
Sólo nubes de plumas y algodón.
Y fuegos de artificio.
El aire soplando las cortinas.
De las ventanas y del balcón.
 
Ruidos y suspiros.
Celebraciones anticipadas.
Sin saber cómo será el año.
Ojos abiertos. Turbados.
Llueve una lluvia fina.
De buenos propósitos.
De citas y reseñas.
De títulos de libros.
 
Tempestades que llegan.
Con ruidos de truenos.
Y silencios nocturnos.
Año atrevido que nos hace prisioneros.
Olor de Enero y pensamiento abstracto.
 
Zapatos del año pasado.
Cómodos y libres.
La pluma elige las palabras.
La mirada mar adentro.
Hasta que se pierde.
Que ya volverá.
 
Improvisa el día uno.
Unos cuantos versos.
Son los primeros del año.
Hoy tocan felicitaciones.
A partir de mañana, ya se verá.
 


martes, 24 de diciembre de 2013

Interpretando a Umbral

Finalizamos año y esta entrada se convierte en la última publicación hasta Enero. Umbral es mucho y grande y cada vez que lo lees lo interpretas o reinterpretas. Más o menos así.
Entiendo yo que Adalía era una rezadora de mucho oficio pero de pocas o nulas consecuencias. Porque los caminos del Señor son inescrutables a la vez que no tienen final. Son tortuosos y complicados como un laberinto. Que parece ser que Adalía vivía en un convento de clausura donde se comía mucha verdura y fruta, y algo de carne en contadas ocasiones y que cuando éstas se daban se bebía vino en vez de agua para ayudar a la digestión. Luego en la capilla, los rezos se acompañaban de sueños. Soñaban con Dios porque era lo único que tenían permitido.
Vino a decir Umbral. Más o menos. Aunque seguramente con otras palabras. Que Adalía fue confundida por la incultura de un pueblo y la mala leche de algún ensotanado de la Santa Inquisición. También la envidia de los gobernantes. La cuestión es que fue declarada bruja y decidieron quemarla en la hoguera porque era mujer y para deleite de todos. Incluso de los niños aunque no entendiesen nada. Pero eligieron un mal día sin saberlo. Eligieron el día que menstruaba y esto dificultó la combustión. Mil veces encendieron la hoguera y mil veces ésta se apagó. Al final murió quemada y su alma subió a los cielos mientras que su cuerpo se quedaba en la tierra. Los mismos que ordenaron su muerte ordenaron que la enterraran en el mismo convento donde practicaba los rezos y la clausura. Además de la brujería, supuestamente.
Dicen los lugareños  más ancianos que desde entonces -y han pasado siglos- huele a carne quemada en la Plaza Mayor del pueblo. Huele a Adalía y a injusticia. Huele a Santa que rezaba y quizá huele a bruja porque quienes la deseaban no la tuvieron. Esa es la condición humana que interpreto de Umbral. Su recuerdo está presente desde entonces. El olor la perpetúa y los ancianos cuentan su historia para que no se pierda por las neuronas del olvido. Esta historia está escrita y guardada en el convento donde rezaba con oficio pero sin consecuencias y que ahora es museo de la Santa. Interpreto el morbo que tiene la cosa esta para Umbral periodista y pecador. Después de tantos años. En una callejuela contigua hay una casa cerrada y medio en ruinas que dicen que fue un burdel. Que Adalía era la más hermosa de las que allí vendían su cuerpo. Pero no era furcia ni bruja, sino monja de clausura.
Me dice el anciano. Mientras sorbe una copa de orujo del bueno. En lo que llevo de mañana he escuchado tres historias distintas. La de la monja. La de la bruja. La de la furcia. Cualquiera de ellas podría ser. O ninguna, porque yo no huelo a carne quemada por mucho que se empeñe el anciano. No termina aquí la historia. Que es más completa. Dicen que por las mismas fechas había un Don Juan muy famoso por mujeriego y ladrón. Que fue condenado a morir en la horca porque era hombre. Tenía derecho a un último deseo porque así estaba escrito en el libro de las leyes. Su última voluntad fue que quería gozar con la más hermosa del burdel que era Adalía. Así le fue concedido por ley. Pero con la sola idea de que iba a ser ejecutado, el mujeriego más famoso la tuvo pendulona toda la noche a pesar de los esfuerzos de la joven que bien que lo intentó hasta el amanecer. Silencios, sollozos y otros ruidos del gozar se escucharon. Así se pusieron los guardias de sólo escuchar y de imaginar. Que con la imaginación te puedes perder. Nada ocurrió. Pasó la noche y llegó el amanecer. Tres días estuvo su cuerpo colgando de la horca para escarmiento del pueblo.
Así se interpreta a Umbral. Directo y sin tapujos. Sin censuras ni extrañezas. Que así escribe uno o se calla. La historia podría no ser cierta y ser otra o ninguna. Que los ancianos cuando beben orujo del bueno se ponen a contar sin miramientos y con imaginación. Son mayores y utilizan una voz fatigada y con síntomas de asfixia. Así, de esta manera, la historia de la santa, la bruja o la putona se hace más creíble. Las palabras tienen significado más o menos acertado y hay que usarlas. Que uno que escribe no debe abusar de eufemismos porque puede confundir. Umbral es un ángel convertido en demonio cabreado que se dedica a escribir y a presentar sus libros en televisión a pesar de la presentadora. Y sus historias se reinterpretan por ancianos que beben orujo del bueno en la Plaza Mayor. Salud.