miércoles, 1 de mayo de 2013

Como siempre

"Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros. Del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, y vino a perder el juicio por todo aquello que leía en los libros". Esto escribía el poeta y escritor. El sociólogo y humanista. El artesano de las letras. El conocedor del ser humano. De sus ilusiones y sus desdichas.
Esto lo escribiría entre las cuatro paredes de su habitación. En su mesa sin pulir. Sentado en su silla sin comodidad. Con la tenue luz de unas velas. Con hambre acumulada en su estómago. La cama sin hacer. Algo de lumbre en la chimenea. Un poco de vino. Y una gran imaginación. Deslizando su pluma sobre el blanco papel. Con elegancia en sus trazados y en lo que la tinta deja escrito. Escritos divertidos, poéticos, intensos, breves, densos y esas cosas que tienen los escritos de Don Miguel. La estética siempre por delante. Escritura de rumiar para entenderla y digerirla mejor.
Y escribía otro poeta en otra ocasión que no cae la hoja del árbol en otoño porque se rinda. Lo hace porque ha terminado su ciclo vital. Cae para posarse junto a la taza de café. Tanto tiempo oliendo su aroma que termina por enamorarse y al final busca su contacto. Podría ser. La naturaleza anda por unos derroteros difíciles de entender. Le pidieron al escritor que escribiera algo. No se lo pensó dos veces. Abrió el cajón de su mesa y empezó a buscar letras con las que formar palabras. Luego las ordenó en el papel para que fueran leídas. El libro, al final, está hecho de letras. Sin letras no hay libro. Lo peor, como siempre, la indiferencia del lector. Hay que generar inquietud, reflexión, pensamiento crítico. Esto que ya hizo el escritor antes de coger la pluma y escribir.
Han invitado al escritor a una presentación. A un acto de promoción. Sala acogedora y, de grande,  lo que cada uno quiera pensar. Porque siempre se queda pequeña. Gente nerviosa con el libro en la mano. Silencio. Hojeando al azar y ojeando algún párrafo que impulse su lectura o provoque una pregunta. El escritor dijo pocas palabras. Era más del escuchar y conversar. Tenemos que empezar a entender el lenguaje de los silencios. Si no entendemos nuestros silencios nunca entenderemos nuestras palabras. Agradó. Colas para una firma, una dedicatoria y una foto con el móvil. Todo en unas horas de un día. Cualquiera. Luego de todo el barullo se sentó en una butaca de comodidad -como de costumbre- y conversó.
Un vaso de agua para aclarar la voz. Que la palabra de uno tiene tanta importancia como la letra escrita. Cuantas veces habría contestado que él había nacido escritor y poeta. Que escribía por necesidad. Que ya no es como antes. Tiene sus años y lo próximo llegará cuando toque. No sabe de qué tratará. Algo saldrá si pienso bien y reflexiono lo adecuado. Se hizo tarde y apareció el desasosiego. Los años acumulan saber, pereza y cansancio. Haremos noche aquí y mañana, con la tranquilidad de la luz, llegaremos a casa. Un pueblecito con encanto que le inspira. Todas las mañanas le despierta el silencio y el contacto de su perro cuando lame su mano. La costumbre es una rutina que no se puede perder. A su edad es vulnerable y se emociona cuando escribe. Incluso cuando piensa. Y piensa mientras camina. Solo o acompañado. Cuando sale acompañado aprovecha para conversar y expresar opinión. Siempre con otro ochentón que camine apoyado en un bastón. El mismo camino que ellos recorren el perro lo hace tres o cuatro veces. Es inquieto porque es joven. Y le habla al perro. Éste le escucha y le sigue la corriente.
La cultura nos pertenece a todos. El que no quiera compartirla que no escriba. Que no pinte. Que no haga cine. Que no escriba partituras. Y todas esas cosas que forman parte de la intelectualidad. Mayo. Primavera acomodada. Desmadre de la naturaleza. Todo acompaña y nada sobra. Literatura poderosa y elegante. Flores y algún día de lluvia para dar de beber al campo y al bosque y limpiar el aire. La imaginación del que escribe se mezcla con la imaginación del que lee. Algunos días se camina junto al mar. La brisa te da en los ojos y hace que lloren. Ese día las lágrimas saben a sal. Sé que en estos momentos no puedes verme. Tengo la pluma entre los dedos de la mano derecha y juego con ella. Estoy pensando. Ten paciencia. Me mueve la conciencia de saber que lo hago lo mejor posible. Aunque el resultado, a veces, no es el esperado.
Terminaré como empecé. "La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo". Cosas de Don Miguel y cosas mías. Salud.