jueves, 12 de abril de 2012

Chebourg

El muelle norte del puerto de Queenstown era un hervidero de gente. Una multitud impresionante que se movía de un lado a otro con cierto orden dentro de un gran caos. Pasajeros que iban a embarcar junto a sus doncellas y criadas, señoritas de compañía y maleteros cargados con pesados equipajes. Gritos y palabras altas para no perderse entre tanta gente que se desplazaba hacia alguna de las pasarelas de embarque.
Una gran mayoría del infernal gentío que abarrotaba el muelle eran simples curiosos que ese once de Abril de mil nueve cientos  doce habían venido hasta aquí para admirar esta maravilla de la tecnología y la industria naval. El barco transatlántico más grande jamás construido hasta la fecha. El Titanic.
Era temprano y un cielo plomizo cubría todo. Desde el horizonte de levante amanecían unos tímidos rayos que cegaban a quienes miraban a lo alto del buque. Ese sol se fue imponiendo en el ambiente al tiempo que el cielo se despajaba perezosamente. Con este escenario y a modo de contraluz la silueta del Titanic se alzaba majestuoso.
Bartolomé Herrero se encontraba en la cubierta tres de estribor. Apoyados los codos en la barandilla y mirando lo que acontecía con el trasegar de las gentes que iban llenando el muelle. Hipnotizante. A su lado estaba Mercedes Martín. Ambos españoles. Habían embarcado el día anterior en el puerto francés de Chebourg al que habían llegado desde España en tren con un viaje de tres días. Sus expectativas de futuro con Alfonso XIII y su Presidente del Gobierno Don José Canalejas, por muy izquierdista que fuera, no eran prometedoras.
Sus nombres eran verdaderos y así constaba en las listas oficiales de la compañía White Star Line que gestionaba el Titanic. Su secreto era la mentira de su matrimonio. No eran marido y mujer sino jefe y secretaria. Bueno, lo habían sido hasta hace poco. Llevaban meses preparando una vida juntos lejos de sus lugares de origen. Bartolomé había vendido una próspera granja de ovejas y cochinos en un pueblo de Segovia y que había heredado de su padre. Había conseguido hacerla más grande y próspera.
Ganó mucho dinero pero perdió felicidad. Esta última la encontró al lado de su secretaria con la que había tomado la decisión de emprender una nueva vida. La esperanza de Bartolomé y Mercedes estaba puesta en Nueva York. Todos los preparativos se habían hecho con la máxima discreción. Su esposa no sabía nada y posiblemente nunca debió de saber la verdad de lo ocurrido tal cual pasaron las cosas. Se miraron en silencio cogidos de la mano. Una mirada cómplice de quién se siente en manos del destino.
El espectáculo que observaban desde la cubierta tres era indescriptible e impresionante. Los de primera clase, como ellos, subían por una pasarela montada hacia el lado de proa. Era ancha y permitía el paso con cierta holgura tanto para pasajeros como por los maleteros con sus equipajes llevados en pequeñas carretas. Los de segunda y tercera clase lo hacían por una especie de escotilla ancha situada más a la popa del barco siempre por la parte de estribor. Los de primera presentaban los billetes que eran cotejados por unas listas en manos de los oficiales de puerta. En las clases inferiores no había listas. Se entraba con el simple hecho de enseñar el billete expedido y sellado por la compañía White Star Line.
Las gentes de primera iban engalanados con sus mejores vestidos y trajes, pamelas y sombreros y con el servicio uniformado con cofias y manguitos blancos almidonados dando la mano a los niños. Desde lo alto del puente de mando el capitán John Edward Smith se sentía orgulloso y miraba compulsivamente su reloj de bolsillo. El reloj llevaba una foto en miniatura de su esposa en la parte interna de la tapa y estaba sujeto al pantalón por una cadena de oro. Desde la compañía le habían advertido de la importancia de la puntualidad.
Era un día especial en el muelle norte del puerto de Queenstown al sureste de la República de Irlanda. El capitán Edward Smith advirtió a su segundo de a bordo que ordenara rapidez y eficacia en las tareas de embarque y que los nuevecientos y pico de tripulantes estuvieran preparados para zarpar de forma inminente. Era mediodía y faltaba poco menos de hora y media para iniciar la travesía que los llevaría hasta la ciudad de Nueva York. Al otro lado del Atlántico.
Bartolomé Herrero se sentía orgulloso de haber disfrutado ya del lujo que se respiraba en todas las dependencias y en todas las cosas del buque. Había sentido el atractivo que proporciona el disfrute de todo tipo de lujos que nunca antes había tenido ni en su casa ni en su tierra natal. Sentía cierto nerviosismo por la doble aventura que empezaba. Viajar en el barco más grande del mundo para cruzar el Atlántico y la no menos arriesgada aventura de tener que empezar una nueva vida  junto a Mercedes Martín.
A la una y treinta minutos de la tarde y a la orden del ruidoso pitido de las sirenas empezaron a levar anclas. El griterío ensordecedor de la gente que abarrotaba las cubiertas de estribor agitando pañuelos envolvió todo despidiéndose de los que se quedaban en tierra. Los de tierra hacían lo propio aunque muchos de ellos eran simples curiosos que se habían acercado a contemplar el espectáculo. El Titanic se fue alejando lentamente y majestuosamente del muelle gracias al ingente trabajo de la marinería de la cubierta y de los fogoneros que mantenían las calderas en su punto de presión. Fue una maniobra arriesgada que el capitán Edward Smith asumió con responsabilidad.
El día catorce y en plena noche un desafortunado roce con un iceberg abrió una brecha en el lado de estribor por debajo de la línea de flotación que alcanzó cinco compartimientos. Los justos como para que el daño fuera irreversible. Uno menos y no hubiera pasado nada. El capitán  y los responsables de la compañía White Star Line se afanaron en aplicar el protocolo de emergencia con diligencia sabedores de que la avería sufrida por el Titanic conduciría irremediablemente a su hundimiento.
La cuestión, ahora, era salvar el mayor número posible de pasajeros a sabiendas de que sólo había botes salvavidas para el pasaje de primera clase. Bartolomé y Mercedes se dirigieron hacia la cubierta que les indicaron los oficiales. Sus chalecos estaban puestos y sujetos correctamente. El capricho del destino o una mala plantificación de los protocolos de emergencia en este tipo de casos sólo dejaban subir a los botes a mujeres y niños de forma prioritaria y luego a los hombres. Esa absurda política de salvamento hizo que Mercedes Martín pudiera encontrar sitio casi al instante por su condición de mujer.
Gritos, empujones, malas palabras y peores modales. La típica vileza de la condición humana cuando se ve en peligro. Visto lo que había, Bartolomé Herrero cogió la mano de Mercedes con fuerza como si no quisiera dejarla. Era un adiós más que un hasta luego. Sus ojos estaban humedecidos y su semblante abatido. Se despidió más con la vista que con las palabras ya que el griterío no daba para mas. Uno de los oficiales le hizo señas para que retrocediera por seguridad y el bote salvavidas fue arriado al mar casi con delicadeza. En este preciso instante se dio cuenta de que por mucho que lo intentara nunca podría acceder a ningún tipo de bote y que si se tiraba al agua moriría de frío.
Las barcazas se alejaban rápido para evitar ser engullidas cuando el Titanic se hundiera. No había salvación posible. Permaneció un rato y se rindió ante la evidencia. Se quitó allí mismo el chaleco y entró dentro del barco. Cruzó el salón central y bajó por las escaleras principales enmoquetadas  asido a una de las barandillas centrales. Sorteó gente con evidentes signos de nerviosismo. En la parte de proa del comedor principal estaba la orquesta al completo que seguía amenizando el hundimiento como si no les importara o como si no fuera con ellos.
Entró en la biblioteca inspirada en el estilo Louis XV y se sirvió un brandy. Cogió un libro al hazar de los más de treinta mil títulos que allí estaban reposando en los estantes. La Odisea de Homero. Abrió el libro por cualquier página mientras sorbía de la copa. La muerte le encontraría leyendo.
El nombre de Mercedes Martín salió en la lista oficial de los pasajeros supervivientes. El suyo, Bartolomé Herrero, no estaba ni en la de desaparecidos. Salud