... No me interesa relatar mis penas ni exhibir mis laureles: la vida, en su esencia, es conflicto y confrontación. Mi mayor virtud es la perseverancia, seguir viviendo, aunque falte el timón y la luz del faro se extinga. La aflicción me acompaña como una sombra, y en esa penumbra busco el sentido del dolor, confiando en que la naturaleza me guíe hacia una comprensión más honda del misterio de la existencia.
Abro puertas y ventanas a los dioses
del Mediterráneo y a sus musas en busca de consuelo. Vivo entre sueños y
vigilias, donde la esperanza sigue siendo necesaria y las vivencias se
convierten en enseñanzas morales y naturales. A veces la realidad es un velo
que oscurece el entendimiento; pero la reflexión profunda permite entrever la
verdad que se esconde tras la apariencia. Con la ayuda de los dioses que
habitan en las profundidades del mar, aspiro a salir de la tempestad y a
recobrar, por medio de la contemplación, la sabiduría perdida. La serenidad y
la quietud son virtudes, y solo la muerte podrá arrebatarme la paz conquistada
por el pensamiento. La herencia de la sabiduría y la honradez vale más que
cualquier trofeo del mundo.
Mi vida estaba hecha de dicha y de
miedo, de aromas del bosque y de orillas de mar, de pies en el arroyo, del
calor del hogar, del equilibrio, de los escritos, del amor, de la libertad y de
los sueños. Pero ahora habita en la pesadumbre, en la ausencia y en un silencio
interior que me impide escuchar el agua que corre por el arroyo o el canto de
los pájaros. Todo se confunde en este aire extraviado que apenas consigo
respirar. Mi vida ha perdido su antiguo interés, y siento que la edad y la
desgracia me vuelven más austero, casi tan inmóvil y resignado como las
estatuas de mármol que pueblan el paisaje. Aun así, no me abandono: sigo
habitando las ensoñaciones de mi existencia y me interrogo, sin descanso, por
aquello que vendrá después.
...
Fragmento del monólogo, AURORA. En Amazon.