Cuánto relaja extraviar la mirada para fijarse en nada mientras la vida pasa sin apenas vivirla. Estas cosas no deberían ser contadas, o sí. No sabría muy bien qué decir pero he aprendido a extraer las posibilidades de cada cosa que me ocurre y exponerlas mientras estoy vivo y viviendo, aunque tenga los ojos extraviados sin fijarme en nada. Pero hay algo que considero importante y es consagrar la vida a cosas que valgan la pena por su relevancia y así perdurar en la historia.
La oportunidad de darle sentido a la vida o hacer posible estos oscuros sueños que todo poeta tiene escondidos para las grandes ocasiones o momentos estelares. El desahogo sentimental es natural en el ser humano junto a los efectos especiales que tienen la capacidad de deslumbrar los sentimientos de otros cuando nos leen. Crear una atmósfera discreta entre versos y relatos ensayados.
De niño anticipé, como muchos otros, que quería vivir en el campo, a las afueras de algún pueblo pintoresco, para deleitarme con la libertad que esto supone. Tener un perro con el que hacernos compañía y que me siga a todas partes y caminar largas distancias con él mientras me incita a que juegue con idas y venidas y provocaciones que solo ellos saben hacer. También tendría un espacio medio cubierto al otro lado de un jardín donde tendría gallinas y algunas palomas. Tierra donde cuidar un pequeño huerto y ser lo mas autosuficiente posible. Unos árboles frutales, un limonero, dos naranjos y un laurel además de un membrillo. Esta era la ilusión que anticipé cuando era niño pero me enganché con la lectura desde la edad escolar y un buen día quise empezar a escribir todas las experiencias sin excepción y lo hice y me gustó. En algún momento pensé que debería vivir en una gran ciudad y compartir lugares adecuados a mi afición y hacer amigos escritores con quienes compartir tertulias y hacerme con un lugar importante.
Si sueñas mucho y los sueños son muy reales pueden echar a perder la realidad o no vivirla de la forma mas adecuada. Hablamos de la vida porque creemos saber lo que es la vida. La conocemos bien y hemos llegado a ser expertos en ella. Tenemos criterio porque la misma vida nos tiene pillados y amordazados y no sabríamos hacer otra cosa a pesar de que ahora la vida es mas complicada que cuando éramos jóvenes porque ocurren demasiadas cosas al mismo tiempo y no nos da el tiempo para procesarlas en el tiempo justo. Parece que todo pasa como si no ocurriera nada porque no podemos asimilarlo.
En las tertulias de la mañana somos consciente de lo rápido que va todo y hablamos de las cosas del ayer o de lo que anticipábamos de niños y eso nos hace mas fuertes mientras vivimos la edad adulta o madura. Es decir, los que cobramos una pensión para no tener un horario de trabajo incómodo. Esta pensión ajustada y que incluso nos da para contribuir a la hacienda pública. Mientras estamos sentados junto a una mesa en el bar de Pepe y tomamos un cortado con el café descafeinado y la leche desnatada y endulzado con sacarina perdemos el oremus con cada cosa, frase u ocurrencia que diga el que tiene el turno de palabra. Ya ni decir de cuando alguno saca una anécdota del colegio. Asignaturas, profesores o amigos de toda la vida, fechorías inocentes. Somos amigos, vecinos y familiares porque en el pueblo esto funciona así.
Una emoción contenida que en mi caso se acentúa porque después de pasar por la gran ciudad he vuelto a vivir a las afueras del pueblo y llevo la vida que anticipé de niño, con el perro, el pequeño huerto, algunas gallinas, árboles frutales y todo lo que ya he descrito antes cuando he empezado este relato. Después de mucho pensar he llegado a la conclusión que somos un cúmulo de circunstancia y vivencias pasadas que han hecho mella en nosotros y nos han modelado. Será eso.