Empieza a atardecer coincidiendo con el final de una sobremesa larga en Valldemossa, además también empieza a refrescar como siempre lo hace antes que en otros sitios. Cogemos un sendero tortuoso de tierra con algunas piedras que se concentran en mitad del camino y a la sombra de encinas centenarias, olivos y pinos por si alguien tiene curiosidad. El camino debió de ser muy bueno en tiempos del Archiduque Luis Salvador de Austria por el que transitaba andando o a caballo según le apetecía. Ahora son restos descuidados por el Consell de Mallorca. Sólo se preocupan de su mantenimiento los excursionistas comprometidos y los amantes de la naturaleza y esas cosas. Casi una hora de camino para llegar a uno de los miradores preferidos por el Archiduque. Cuando estás allí entiendes porqué se enamoró de la magia de Mallorca y del mar mediterráneo. Hizo construir una pared seca al borde del acantilado con unos pilares laterales a modo de una ventana al horizonte por donde se pone el sol.
23 marzo 2026
Estos sitios se mantienen en silencio porque la naturaleza es así y sólo disfrutan del lugar los que saben interpretar todo esto que escribo y digo. El movimiento de las ramas, el aire manso y el fuerte viento, el ruido de las olas que llega a duras penas, el revolotear de pájaros y mariposas, los olores de monte seco y de acantilado y el aroma y color de la puesta de sol. A estas horas las emociones impregnan el alma, que por mucho que se habla de ella y todavía no la tenemos ubicada. El sol se pone rojo antes de entrar en el mar y se refleja desde el horizonte. No hace falta ningún esfuerzo para emocionarse. Desborda belleza todo ello en su conjunto.
Recuerdo mi niñez cuando subíamos con los abuelos maternos. Los abuelos paternos vivían al lado de un convento de clausura en Palma y desde el quinto piso podíamos ver la armonía de un jardín de clausura que resulta ser distinto a los demás. Sus moradoras y el silencio como requisito. Como en el acantilado del mirador del Archiduque. El recogimiento como una necesidad en ambos sitios. Ahora en el mirador confundo los recuerdos.
Me siento en una piedra. No hay otra cosa. Es la misma de siempre y de cuando era pequeño. Aparece una mágica turbación de la mente. La reflexión. La naturaleza habla con sus sonidos tan característicos. El aire perfumado de bosque y de mar. Y de puesta de sol consumada. La belleza se convierte en fascinación. La sabiduría también se nutre de momentos como este. No te puedes morir sin haber visto una puesta de sol de cualquiera de estos miradores del Archiduque Luis Salvador.
Las siguientes generaciones también tienen derecho a contemplar esto. Pues a ver cómo gestionamos el mundo para que perdure y sea habitable. Esos colores de después de la puesta de sol. Como la sonrisa al contemplar los rosales en flor. La mística de la intimidad. Historias y leyendas de estos lugares, porque son mágicos. El sol cuando se pone te mira igual que tú a él. Te das cuenta. Quedan los colores de los enamoramientos. De cuando el silencio se calla para que hablen las manos. Las miradas sólo ven siluetas de penumbra y a contra luz.
Luego toca bajar. El camino de vuelta es más rápido. Pero no es más corto. Siempre es así. Es el camino de la luz de la luna porque no hay otra cosa. Vuelves a caminar por la sombra de las encinas porque la luna también provoca este efecto. Tengo que conservar esta ventana que da al mar y a su horizonte. Otros vendrán a lo mismo.