07 febrero 2026

          Llegamos pasados unos quince minutos del horario habitual. Esto es normal y correcto en la Isla. Voy enseguida, pueden ser horas. Lo tendré en unos días, pueden ser meses. Te llamo en unos días, puede ser nunca. Y así casi todo porque así hablamos y así somos en la Isla. Por eso se habla del carácter isleño. No se trata de hacerlo todo hoy y empezar a aburrirse a partir de mañana. 

          Dicho esto y a veinticuatro horas del fatídico patinazo en el aparcamiento de Son Espases ya tenía todos los consentimientos firmados para que me operaran la muñeca que estaba catalogada de catastrófica. Todas las pruebas habían salido bien como era de esperar. La muñeca izquierda era una ruina de lo que fue por culpa de la lluvia. En la Isla no existe el sirimiri. O no llueve o diluvia. Pues eso.

          De los últimos tuits que recuerdo hacían referencia a mi estado anímico y físico. Ambos tocados. La calma, a veces, transita entre tinieblas. Fui contestado en abierto y por DM. Ahora que no puedo ni conducir mis contertulios de los desayunos me esperarán en vano hasta que la niebla se disipe. Que los medicamentos me tienen la mente y el pensamiento casi abolido. Cuando escribo esto estoy alejado del mar. No lo veo. No lo huelo, ni lo oigo. Tampoco puedo llegar hasta él. Pero todavía tengo la capacidad de imaginarlo porque hay cosas que no se olvidan.

       Una ventana sin vistas. Una luz de neón en la cabecera. Un tiempo parado y silencioso. Ambiente turbador de paredes blancas. Esta es la descripción de una habitación de hospital. Experiencias que voy acumulando para la vida porque al final, ésta es la suma de todas ellas. Necesito mi habitación, mi cama y mi sueño. Mi rutina. Mis días y mis noches. Mi viento, mi bosque y mi mar. Esas palabras ya suenan lejanas ahora mismo. El otoño de mi vida se ha complicado y discurre por un trozo de camino tortuoso, empinado y resbaladizo. Un trozo de mi historia que se pinta con trazos desiguales y se escribe con letras difíciles de leer. 
        Un fermentado rancio de horas y minutos sin botín a repartir. Un tiempo subcontratado y eventual que no me pertenece pero que tengo que entretener. Cuando una memoria confusa se hace letra y palabra pasa a la historia imperfecta de cada uno. Letras sometidas a unas circunstancias hostiles que se escriben entre más tormentas que calma. Ya dije que las trincheras no se ven igual desde fuera. Quiero volver a ellas cuanto antes.