lunes, 3 de diciembre de 2012

Mercado

Es domingo. Con las primeras luces del día pero todavía sin amanecer empieza un impresionante bullicio en la Plaza Mayor de la villa y en otras calles aledañas. Es día de mercado. El mercado de las letras. Tenderetes, carromatos -que también son vivienda-, mesas con toldos de telas. Gente en los soportales con escribanías portátiles de madera. Papeles, tinta, plumas, plumines y lacra. Gentío y ajetreo para preparar el mercado más importante del mundo de las letras. Preparando mercancías para la compra y venta. Poetas, artesanos de la escritura, bachilleres, escribanos y mercaderes de todo tipo. Lugareños y foráneos empiezan a llenar la plaza y calles próximas.
Gente analfabeta en busca de lectores que les digan lo que está escrito en sus cartas porque ellos no saben. Apostados en los soportales. Sentados en los bancos de piedra y madera. Leen y releen estas cartas que tanto significan. El dueño las memoriza y piensa. Luego más tarde volverán para decirle a un escribano que plasme por escrito la contestación. Otros ya saben lo que quieren y vienen en busca del bachiller de confianza para que les ayude a redactar la carta. A veces un poeta que les venda unos versos ya escritos para enamorar a su dama. Necesitan que alguien conteste estas cartas. Con escritura bella. Es un mercado peculiar. Vienen escritores y poetas de otros pueblos. Escribanos de renombre. Mercaderes de palabras. Es el mercado de las letras.
Hay gran actividad en los tenderetes. Compran y venden letras. Intercambian palabras. Buscan significados. Palabras con sentido y otras de relleno que son más baratas. Los mercaderes están especializados. Vocales, consonantes, signos ortográficos, pausas, preposiciones, artículos y adverbios. Todo se compra y se vende en este mercado. O se intercambia. Un cura instruido busca unas palabras en latín para confeccionar unas oraciones para la patrona del pueblo. Es complicado pero las encontrará. Es cuestión de paciencia. Un alcalde en busca de un discurso. También hay librerías en las que se pueden comprar manuscritos de obras de caza, de religión y de versos de amor.
Durante toda la semana ha ido llegando gente instruida en espera del domingo. También en las tabernas hay escribanos y poetas que escriben cartas para enamorar a bellas damas. Se pagan bien y además el cliente paga el vino inspirador. Las palabras que se escriban tienen que tener un significado claro. No caben ambigüedades ni malos entendidos cuando concursas por una dama. Algunos se juegan estrenar una obra de teatro, que no es cosa menor. Pagarán lo que sea para terminar sus obras. Hay escasez de algunas letras. Estas se pagan caro.
Hay una oferta alternativa en las entradas a los mesones. Poetas principiantes que recitan sus versos y que reciben monedas por ello. Alguno tendrá suerte y venderá sus poesías a algún adinerado que regalará a su mujer para contentarla. Algunos poemas se aprecian mejor que una joya. Otros escritores jubilados se entretienen y entretienen a los niños recitando cuentos de aventuras. Incluso hay juegos malabares y hombres que escupen fuego. Todas las letras y palabras que se compren o vendan tienen la misma finalidad. Entrar en un contexto que quedará atrapado en una hoja de papel. Encerradas en un libro para ser más o menos leídas. Lectores compulsivos que compran suficiente para tener qué leer hasta el próximo mercado del mes que viene. Palabras extrañas, alegres, tristes, sencillas, rimbombantes, realistas, fictícias, bonitas, ocurrentes, desesperadas...De todo un poco. Pero no todas serán vendidas o intercambiadas. Es duro el oficio de letra y palabra. Siempre a merced del capricho del escritor y de su pluma.
Un día al mes es suficiente. Tiene gran acogida el mercado de las letras. Le temen a la lluvia cuando moja el género y lo diluye. Y al viento que se las lleva. Hay obras que terminan en un museo. Otras representadas sobre un escenario. Las que más, dichas en el altar de una iglesia. También sobre la mesa de algún lector que sabe apreciarlas. Hoy es el último día y voy buscando la palabra "Salud" para poder terminar esta entrada. Me la ha regalado un mercader enfermo porque ya no la necesita. Sin duda alguna pues...termino el relato. Salud.

1 comentario:

  1. Apartado, siempre cerca de un arbol, en los limites de la semana, un amanuense de letras propias, prometía versos en hojas de otoño.

    Su acolito no dejaba de recitar:

    "Días para vivir,
    horas para dormir,
    letras por escribir"

    Él miraba por encima de sus anteojos al cliente,
    y siempre le preguntaba,
    antes de enarbolar su pluma...

    ¿Deseas letras de otoño, de invierno, de primavera o de verano?

    Sin esperar la respuesta, recogiendo la mirada,
    la plasmaba en la hoja adecuada.

    Solo acudia cuatro domingos al año,
    y la gente le esperaba.

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