sábado, 23 de febrero de 2013

Es invierno aún

Es invierno aún.
Frío y nieve.
Lluvia y viento.
Amanecer tardío.
Atardecer interminable.
Con libros y papeles.
Compañeros fieles
 del frío invierno.
Me acompaña la hierba
tapada por la nieve.
 
Escritos de aficionado.
Reflexiones al fín.
Arrastrando cada sílaba.
Componiendo cada verso.
Con un cielo de chatarra
que escribo de azul.
Con un mar de plomo
que escribo de verde.
Pero el agua está fría
y eso, no lo puedo pintar.
 
El sol está cobarde.
Preso del tiempo.
Anhelo de primavera.
De flores y vida nueva.
Resplandor ficticio.
Huella del frío.
Porque es invierno aún.
 
Los días se repiten
y el invierno agoniza.
Las olas se amansan.
La nieve se derrite.
Este frío invierno
es cuestión de tiempo.
 
El brillo de la memoria.
La agilidad de la pluma.
Las ganas del papel.
El influjo del frío.
 El aroma del café.
El calor de las brasas
que anticipan primavera.
 
Grita el invierno
con voz de trueno.
Cada relámpago
es espejismo de sol.
 El sendero lleva a la primavera.
Pero es invierno aún.
 
 
 

martes, 19 de febrero de 2013

El recodo

Hay un recodo en el camino. En la inmensidad del bosque. Subiendo al acantilado. El camino es empinado y exigente. Difícil y tortuoso. Complicado de andar y avanzar. Pero vale la pena cuando llegas al recodo. Es el momento de pensar y descansar. Hacer tiempo hasta la puesta de sol. Aquí se viene a estas  cosas. Hay una roca a la sombra de las encinas. Para sentarse. Una fuente de agua fresca para saciar la sed y poder seguir camino.
Es un momento atemporal de un estado infinito. Cabe lo real, lo ficticio y lo imaginable. El recodo de las utopías y las verdades asumibles. Quise hablarle a la naturaleza y abrí la boca y de mi garganta salió un silencio muy elocuente. Lo decía todo. Esa atracción invisible e inexplicable de mantener una conversación entre mi persona y la naturaleza que me acoge. Somos grandes amigos. Medité largamente y comprendí la libertad. La del árbol, la hierba, la flor silvestre, las piedras, las hojas secas del suelo, las nubes y la lluvia. La luz, la oscuridad y el silencio. Del aire y el viento. Y el ruído de la vida que el bosque guarda y esconde.
Pero antes hay que andar este camino complejo. De subidas empinadas y bajadas deslizantes. Aún teniendo los ojos abiertos dejé de mirar. Para poder pensar. Luego los cerré para verte. Sabía qué decirte pero no sabía cómo decirte. El viento me daba palmadas de ánimo en la espalda. Sentí frío y calor a la vez. Me ví desnudo y no me importó porque tenía letras y palabras. Formaba parte de esta naturaleza que anda su camino. De día y de noche. Ví que el infinito llegó y se fusionó con el horizonte como dos amantes. El sol se pone en este punto y se hunde en el mar para dormir. Cada día, como todos.
El viento no para de agitar ramas y mover hojas. Las nubes empiezan a llorar sobre mi acompañadas de truenos que rompen el silencio y de relámpagos que rompen la oscuridad en mil pedazos. Yo en el recodo  sentado sobre la piedra sin bienes materiales. Sólo la mente interactuando con lo salido de la nada. Atrapado en el vértigo de la vida. Esa que te domina y que al final te deja. Quiero que el instinto y la razón se pongan de acuerdo para encontrar la armonía. No lo consigo. No es posible. Pero encuentro la paz interior. Es evidente que estoy en el camino correcto. En el recodo adecuado.
Me llevo un trozo de pan duro a la boca con unas hojas de romero que le den sabor. Lo ablandé con la saliva y la voluntad. El sabor es agridulce en la boca. Como el sabor de la vida y de la naturaleza. Casi a punto de vomitar. Seguí con mi locura y lo normal se convirtió en especial. Lo especial se hizo normal. Llegué a certezas absolutas de la vida a pesar de que la ventisca helaba mis huesos pero no mis pensamientos. Un poco de sol después de la lluvia. Justo delante de mi se abrió una flor. Tranquila y sin miedos y me contagió. Su belleza me lo puso fácil.
Mis piernas entrecruzadas con los pies descalzos sobre mis muslos. Cogí los dedos con las manos para calentarlos. La espalda erguida y la mente audaz atreviéndose con pensamientos prohibídos pero deseados. Tuve la sensación, por un momento, que la naturaleza me hablaba. Escuché atento. Pero necesitaba tiempo para comprender. Falta de costumbre. Experiencia sublime este momento en pleno bosque. Soledad que acompaña sin intermediarios y sin interferencias. Un pájaro vino a posarse junto a la flor silvestre y a mirarla. Esbocé una sonrisa porque me dí cuente del valor de las cosas simples. Ese valor que le negamos a la naturaleza porque no la vemos. Hay que ir al recodo del camino para darse cuenta. Lo escribo para que lo veais con los ojos cerrados.
El día gastaba minutos hasta llegar al atardecer. El silencio llegó sin hacer ruído y se quedó a mi lado. No experimenté abatimiento sino todo lo contrario. El atardecer se adentró en el bosque, bajó por la ladera y llegó hasta el mar justo en el momento en que el sol lo tocaba. Ahora mi pensamiento se posó en ti y volví a sonreir. Encendí un fuego para calentarme. El humo pintó tu silueta y me levanté de la piedra para bailar contigo. Después de un rato te fuiste y del fuego sólo quedó el calor. Estaba envenenado de tanta belleza natural. Toqué la corteza de un pino. Era rugosa. Pero era su corteza natural y aún siendo rugosa lo hacía bello.
Mantuve una relación noble y sincera con mi entorno. Los segundos, minutos y horas pasaron sin darme cuenta. Es el recodo del camino. El momento grato que la vida te reserva si la cuidas. Es el recodo del "Camí de l'Archiduc". Justo en un punto llamado Es mirador. La mejor puesta de sol posible saliendo desde Valldemossa. Aquí y ahora vivo en libertad aunque el sol desaparezca. Me despedí de la piedra, las hojas, los árboles y sus ramas. Del aire y del viento. De la tormenta. Del pájaro y de la flor. De la lluvia y del frío. De los relámpagos y sus truenos. Cuando la ciudad me agobie y no me deje respirar. Cuando me sienta encarcelado por los acontecimientos, volveré al recodo. Salud.
 

viernes, 15 de febrero de 2013

Escritor

Este señor casi mayor. Disfrutando con sus años. Con un vestir elegante. Que saluda con madurez intelectual. Que se comporta con experiencia creadora. Sabio en el hablar. Hábil en el arte de la comunicación consciente. Asertivo y convincente en la pose y en la mirada. Que utiliza un lenguaje poético para una conversación normal. Este señor  experimentado de la vida. Buen conocedor de las personas. Explorador de textos que otros han escrito. En busca del significado adecuado a cada palabra. Escritor artesanal a tiempo completo porque ha hecho de la escritura su profesión. Que camina de forma sosegada. Semblante distraído. Constantemente pensativo. Este señor entró en el ascensor del hotel. El que baja al comedor. Se fijó en mi y me habló.
Es usted escritor, dijo convencido. No, respondí. -Ah! ¿Y cómo es que se pasea usted con un libro, unas revistas literarias un bloc y una pluma? El que sólo lee no necesita escribir nada. -Me gusta tomar notas al margen. Hacer subrayados de palabras o frases. Anotar reflexiones. Y cosas así. -Pues eso. De esta experiencia surgen nuevos textos que otros leerán. Yo soy escritor y es lo que hago habitualmente. No entendería que usted no hiciera lo mismo. Por eso se lo he comentado. Nos estuvimos mirando y dudé antes de contestar. Bueno, digamos que escribo algún relato breve en forma de entradas de un blog literario. Me relaja expresarme por escrito. -Lo supe enseguida que lo vi, dijo de forma contundente. Modestias aparte, usted es escritor. Ha sido un placer, añadió. Me estrechó la mano. En la planta menos uno salimos del ascensor. Mas tarde lo vi sentado en la cafetería con algunos libros y unas hojas en blanco que iba rellenando sin dudar con una pluma estilográfica de las caras.
Me sentí bien. Incluso  inspirado. Lo típico, supuse, cuando ocurren estas cosas. Estuve desayunando y pensando al mismo tiempo. Detrás de unos grandes ventanales que daban al jardín y a la piscina. También se veía el mar. El sol no se quiso perder la ocasión y entraba por el ventanal iluminando el momento. Al terminar y antes de levantarme, escribí un tuit que decía: "Más allá de lo que escribo está lo que pienso". Añadí una fotografía de la salida del sol. Una ola en la orilla o una roca en medio del mar cuando se deja acariciar por la marea. O algo así. Todo fue contestado de inmediato por mis amigos invisibles del otro lado de la pantalla. Esta gente que sólo existe de forma virtual. Pero que existe. Salí a la terraza y pedí un café para acompañar la lectura. Con el café se incluía una brisa marina. Un susurro de olas de mar casi en calma. Un sol primaveral que ya apuntaba maneras de verano. Era un día de estos de descansar. De pensar recuerdos y cosas nuevas. Mi voluntad estaba de acuerdo conmigo y me seguía la corriente. Hoy no era día para malos rollos. Las bofetadas de la vida se llevan con dignidad porque no las puedes evitar. Pero tampoco se trata de repetir. Casi sin darme cuenta, y totalmente abstraído, mi pluma empezó a deslizarse por las hojas en blanco de mi libreta. Empezó a teñirlas de tinta en forma de letras. Palabras y frases. Con seguridad experimentada. En algunos momentos dejaba la pluma. El puño cerrado para apoyar la barbilla. Fijar la vista en el mar. Ese mar inquieto que no para de traer olas a la playa. De esparcirlas por la arena. Que tal cual vienen se van. Dejando sitio para la siguiente. Justo dónde se juntan la arena y el mar y dónde aparece la espuma. Arena y mar obligados a entenderse en este punto. Yo contemplando para plasmar por escrito lo que estáis leyendo. O leeréis en otra ocasión.
El día me tenía otra sorpresa. Momento importante para este servidor que se las da de bloguero. El señor mayor, extranjero y escritor. Se levantó y se acercó hasta mi mesa. Me pidió la dirección electrónica del blog con la intención de leerme. A cambió me regaló uno de los libros que llevaba. Era una de sus novelas traducida al castellano. Tomó asiento a mi lado. Abrió la tapa del libro y con su pluma de las caras escribió: "No importa lo que escribas. Lo que importa es que te sientas bien con lo que hayas escrito. Porque te perdurará y siempre habrá alguien que lo leerá". Puso fecha y firmó. Fue el momento del día. La única vez que te dedican algo sin pedirlo. Sin tener que hacer cola. Estos detalles que la vida te regala muy de tarde en tarde. Un pico febril que no necesitó de medicina alguna. De repente me veo con un amigo más del que sólo conozco la cara y su pose impecable. Su caminar sosegado. Su voz segura porque domina la vida con suficiencia. Que viste elegante y habla con madurez intelectual. De quien escribe por necesidad. Igual que necesita el aire para vivir.
Un comunicador de historias literarias como tantos otros amigos de Twitter. Amigos con los que mantengo amistad y relación literaria. De los que no conozco su cara ni su voz. No he visto su mirada ni he escuchado su silencio. Desconozco sus siluetas, sus matices y sus sombras. No he visto sus pisadas. Pero sé cómo escriben y sé que están. Y me gusta. Salud.

miércoles, 13 de febrero de 2013

La lonja

Hoy es de esos días tranquilos en los que amanece bien. El sol sale puntual como de costumbre después de que la aurora vaya haciendo camino. Sin nubes. Ni lluvia ni viento. Un sol casi perezoso que va borrando estrellas a medida que amanece. Que se sacude el agua del mar donde ha pasado la noche. El mar despierta empujado por la luz. Pero sigue en calma. Es muy pronto y las primeras barcas empiezan a llegar a puerto con el pescado de la noche. Las golondrinas, como de costumbre, salen a su encuentro a ver si pillan algo. Algunos bípedos mortales como yo observamos el paso de los minutos detrás de un gran ventanal del bar del puerto. Las pocas luces que siguen encendidas se van apagando.
A esta hora el puerto mantiene una actividad casi estresante. Gente esperando las barcas y el pescado para descargar y llevarlo a la lonja. Todos se afanan a lo suyo que el tiempo en crisis vale mucho y se ha puesto por la nubes. Apuro el café -que por cierto es de los buenos- mientras tomo nota de todo lo que veo para que nada se quede sin explicar. Esta realidad que pasa desapercibida porque muchos no se fijan en la rutina. Cosas de las prisas. Cosas que pasan a diario y que vivimos en la subconsciencia por falta de tiempo o de concentración. El amanecer es tranquilo pero hace fresco fuera. La gente va abrigada. Botas de agua y algo de lana en la cabeza. Guantes de goma para no gastar las manos. Una vez amarrados los barcos empiezan a descargar cajas de pescado que son transportadas en carritos hasta la lonja. Entre los compradores hay conversación animada mientras se observa el género. Hoy es de esos días que hay mucho pescado porque la noche ha sido buena. Cuando termina la subasta la lonja se queda desierta. Sólo unos mozos con mangueras de agua y unos cepillos limpian los restos de la actividad.
Mientras, fuera, el sol ya brilla con intensidad y va calentando el ambiente. Pero la gente sigue sin fijarse y se muestra ajena. Ahora cargan las furgonetas y se van a sus destinos. No veo intención de vivir sentimientos nuevos por parte de nadie. Han apagado las farolas del puerto. Incluso el bar ya se ilumina con la luz del día. En el bar sólo quedan algunos marineros jubilados que disfrutan de buenas conversaciones y de una pensión de seiscientos euros. No saben en qué gastar tanto dinero. Hablar y recordar no cuesta.
De espaldas al puerto y al mar están las montañas que lo cercan. Una gran sombra avanza desde la montaña y se adentra en el mar apagando la luz del sol. Los hombres que trabajan en los barcos y en las redes lo notan. Miran al cielo y siguen a lo suyo para dejar listo el barco. Pasará en un momento. A media tarde hay que volver a faenar. Nadie se inquieta y el viento tampoco aparece. La nube se deshilacha y el sol aprovecha algunas rendijas para asomarse. El puerto, a esta hora, es territorio tranquilo. Mitad poético y mitad romántico. La lonja ha cerrado puertas y los mozos ponen a punto los últimos aparejos. Las gaviotas también se mantienen ociosas mientras hacen la digestión.
Termino el café y guardo el blog. Salgo a caminar por el muelle tranquilo saludando a los pocos que quedan y que me devuelven el saludo con un movimiento de cabeza. El tiempo no pasa. O si. No lo sé. Yo no he venido a ver pasar el tiempo. Estoy aquí para ver a las personas y observar cómo trabajan. Observar el mar y los barcos enjaulados en el muelle. No escribo retórica vacía. Escribo vida tranquila. Actitudes poéticas de la gente de mar. Esas grandes historias de mar en tormenta que los mayores del lugar recuerdan con pasión. El mar puede llegar a ser tan dócil como malvado. Ese mar que te seduce hasta la locura y que luego te mata para quedarse con tu cuerpo en sus profundidades.
Las olas te llaman. La brisa te relaja el rostro. La inmensidad del mar te hipnotiza. El vaivén de la marea que te mece. Te metes dentro porque quieres alcanzar el horizonte. Persiguiendo sirenas...ese mar...irresistible. A media tarde el muelle vuelve a ser un hervidero de gente que se prepara para zarpar. Hay que faenar una noche mas. Es la vida de esas gentes. Pescando a la luz de las estrellas. O con lluvia y viento. Hasta la madrugada. Un día y otro día. Preocuparse sólo de regresar. Salud.

jueves, 7 de febrero de 2013

Destino

La voz que habla.
El silencio que calla.
La pared que te detiene.
El fondo del mar.
Andar un camino
ambicioso y complejo.
Breve pero intenso.
Largo y supérfluo.
A veces elegante.
Llegar derrotado.
Porque está escrito
en el libro de la vida.
Cuando naces.
Es el destino. 
 
El destino es una imagen.
Quizás sólo una palabra.
Acaso es un lugar.
Puede ser una persona.
Una silueta callada.
Es una consecuencia.
De mis actos.
De mi vida.
No conozco el destino.
Porque será lo último.
 
Es la muerte que espera.
Un empezar de nuevo.
Encontrarme a mi mismo.
Encuentro de muchos.
Lugar para todos.
Destino de memoria perdida.
Brillo de estrellas.
Oscuridad de sombra.
Andaré despacio el camino.
Pensando en el destino.
 
Un mundo consumido.
Con los ojos cerrados.
Sin espejo dónde mirarse.
Firmamento sin estrellas.
Agua quieta.
Piedra muda.
Lluvia que no cae.
Ausencia de aire.
Tormenta de deseos.
Cenizas de lo hecho.
Exilio es el destino.
 
Sin camino de regreso.
La eternidad a oscuras.
Recuerdos invisibles.
Lugar para vencedores.
Consuelo de derrotados.
De la vida.
Y si tu vienes conmigo
lo llamaré cielo.
Caminaremos juntos.
Uniremos nuestras sombras.
Cogidos de la palabra.
Empujados por el viento.
Hallaremos refugio en nuestro dstino. 


miércoles, 6 de febrero de 2013

Convención

Entré en el hall del hotel por una de esas puertas giratorias que ahora ya no se empujan porque son eléctricas y se mueven solas. Resulta divertido andar por dentro de la puerta hasta llegar al otro lado. Un hall espacioso con muchas zonas decoradas de distintos motivos. Con butacas, algunas sillas y sofás. Mesitas, algo de decorar y prensa. Cada zona con un encanto distinto pero igual de acogedor. Mucha gente a esta hora de la mañana. Griterío con sordina para no molestar y parecer educado. Griterío al fin. Todos hemos venido a lo mismo. Intercambiar ideas, encontrarnos con amigos, defender postulados. Trabajos, ocurrencias y un pequeño afán de destacar. Ser o parecer alguien.
Ascensores saturados de gente que sube y baja de sus habitaciones. Cola en los mostradores para conseguir habitación o información. Trasiego de maletas de un lugar a otro y todas esas cosas que ocurren antes de empezar una convención. Los que ya están instalados descansan en butacas o sofás entre amigos y conocidos. Relajadamente. Hablando de temas diversos para entrar en materia o ya metidos en ella. Otros, en lugares separados, manipulan artilugios electrónicos de última generación. Otros hacen como que leen los titulares del día y miran de reojo o por encima del periódico. Hay que reconocer el ambiente antes de mover pieza. Información del evento. Llamadas de móvil para quedar o para decir que ya han llegado y están bien. Cosas, al fin y al cabo, que te permiten estar ocupado cuando quieres que estar desocupado pero no quieres que lo parezca.
En un apartado a la izquierda según se entra por la puerta giratoria que gira sola se encuentra la cafetería. Casi llena. De esas de camareros con delantal blanco hasta los pies. Camisa blanca y pajarita negra, lazo negro en el antebrazo izquierdo y visera. Mesas de hierro y mármol y sillería noble. Un lujo. Grandes lámparas de luz tenue que evita sombras y moqueta roja que esconde el ruido de las pisadas. Gran ambiente entre los asistentes que consumen cafés y bollería diversa. Chocolate con churros y otros combinados de colesterol y pecados de gula. Incluso algunos vacilan dieta con infusiones y tostadas. Todos han dejado claro que a una convención no se va con prisas.
Caras nuevas y caras conocidas. Los consagrados intentando mantener  nivel y los novatos buscando un hueco y una conversación para darse a conocer y, si es posible, impresionar. Algunos que ya están en retirada han venido para dejarse ver y conseguir alguna aparición mediática. Un final digno. Se ha venido a hablar de literatura basada en las humanidades. En la entrada hay un gran mural con el eslogan "La filosofía es una disciplina imprescindible para la iniciación del pensamiento creativo y positivo". Hoy se ha venido a hablar de eso. En el ambiente de muchos preocupa el hecho de que se utilice a la filosofía sólo para hacerse preguntas y que se delegue la respuesta en las ciencias. El sentir mayoritario es que, además de preguntas, hay que ser valientes a la hora de dar las respuestas adecuadas. La ciencia avanza con paso firme y sin parar. La filosofía y la literatura basada en las humanidades llevan un paso más lento y con el nuevo plan de estudios la van a finiquitar. Esto preocupa.
A la gente le gusta los corrillos que se forman. Se paran. Escuchan. Alguno se atreve a decir algo. Los pilares están bien fundamentados. La convención tiene historia. Todo se razona. Pero hay espacio para terreno resbaladizo. La ética y la moral son tentáculos que hace falta domesticar. Hay que tener dominio de la lengua para no decir incongruencias. El punto de vista de partida es especial. Se pueden confundir conceptos y entonces se evidencian disconformidades. Estas cosas dan vida a la convención. Ya no se lleva el "de dónde venimos y a dónde vamos". Ahora se llevan las conductas humanas en un mundo convulso y en crisis. El respeto por las personas y las civilizaciones. Hay margen para discutir y llegar a acuerdos. Doña Pilar es una señora madura que lleva muchos años en esto. Habla con madurez y con la sabiduría del sentido común. Los aistentes la buscan para conocer su opinión.
Doña Pilar toma una caña y unos cacahuetes. Nada de chucherías infantiles. Se concluye la jornada pasando a limpio lo hablado y escuchado. Hay que desechar los pensamientos inútiles, estériles y distorsionadores de la realidad humana a través de esa literatura basada en las humanidades y la filosofía. Salud.

viernes, 1 de febrero de 2013

La Isla

Alto es el acantilado
que baja hasta el mar.
Quiere tocar el agua
y entrar en su profundidad.
 
Arboles, montaña.
Ramas que se rozan.
Coquetean con el viento.
Raíces que se cogen
bajo tierra.
No pasa el ruído
y tampoco el frío.
Sólo el aire que susurra.
Me refugio en el bosque.
 Para  pensar y escribir.
 
La Isla es mi vida.
Naturaleza hecha arte.
Montaña y mar, sol y luna.
Estrellas en la noche.
Sueños en mi mente,
impregnados de tu aroma.
 
Con los ojos cerrados.
Eres silueta encantada
que te exhibes poética.
Que te vea la montaña
a través de la oscuridad.
Quiero llegarte.
Camino complicado que voy a andar.
 
Piedras quietas.
Torrentes escasos.
Arboles con historia.
Viento que sopla.
Y también las olas
conversando entre ellas
y entre las piedras del fondo
hasta llegar a la orilla.
Es el juego de la vida.
Mar y montaña juntos.
 
Barcos que navegan
sobre el dorado mar,
 hasta desaparecer.
Remando en días de calma.
Agitando velas en la tormenta.
 
Apego a la tierra.
Al resguardo de las rocas.
Cultivando palabras y
recogiendo poesías.
Bañadas de mar,
regadas de sol,
mojadas de lluvia,
húmedas de escarcha.
Esa Isla en el Mediterráneo.
 
Cuando cae la noche y la luz se apaga.
Desaparece el bosque y el mar.
Escucho el susurro  y presiento.
Me quedo a tu lado a la luz de tus ojos.
Te cambio un amor eterno,
 más allá de la carícia y del abrazo.