20 diciembre 2014

Acabando año

He iniciado proyectos para hoy mismo. Mañana ya veré. Los voy cambiando. Y ya puestos, que lástima que amanezca. Con lo bonita que resultaba la noche. Pero ya puestos, que bonito es este amanecer. Estoy poniéndome caduco y me solidarizo con la importancia de los minutos vividos. Y de los minutos perdidos a lo largo de este año que vamos a finiquitar en unos días. Unos y otros -me refiero a los minutos- ya forman parte de mi biografía personal. Para la historia, aunque nadie la lea.
El poeta acaba de entrar. Este año ha cumplido los sesenta. Como otros. Mantiene su contrato fijo como tertuliano en los desayunos. Lo he contado otras veces.
El otoño de este año no ha parecido otoño. Mas bien ha parecido un verano tardío. Alargado o prorrogado en espera del invierno. Hay en mi jardín un membrillo con todas sus hojas como si fuera verano. Me preocupa. Un árbol que se precie tiene que pasar el invierno sin hojas. A merced del frío y del viento. El jardinero ilustrado me dice que si no bajan las temperaturas no caerán las hojas. Y es que el frío no llega a la Isla. Ni al mediterráneo.
Lo que no cambian son los días y las noches. Duran lo que toca. Como el tiempo. Pero ya estamos metidos en el solsticio de invierno y muchas cosas cambiarán. Los días se irán alargando. Amanecerá más pronto y el atardecer se hará esperar.
La oscuridad cambia sus formas. Empieza un poco más allá del horizonte y se acerca por el mar, sigilosamente, hasta la orilla. Luego sube por caminos tortuosos hasta la cima de la montaña cruzando el espeso bosque. Cuando llega a lo más alto ya es de noche. Las primeras luces del amanecer hacen un recorrido inverso.
Hay diferencias entre las tierras altas y el mar en estas cosas. Lo saben las piedras, los árboles y los pájaros. También lo saben los poetas que se adentran entre encinas y olivos centenarios para inspirarse en el silencio o en el viento. Otros prefieren reproducir lo que las olas dicen cuando llegan a la orilla. A la sombra de la alcoba de una barca marinera.
Este año hemos aumentado la familia tuitera y los seguidores del blog. Hemos escrito mucho con mayor o menor fortuna. Aquí despido este año dos mil catorce. Muy agradecido a los que me leéis a pesar de todo. El año que viene habrá más. Según el cielo y de cómo canten las chicharras. De mi mente creativa, de lo real que resulte ser la utopía. Del sonido de la flauta que el pastor toca por la noche mientras pastan las ovejas. Y de muchas cosas más que conforman la vida aunque no nos demos cuenta.
Si para Enero no estoy aquí podría ser que me hubiera tocado la lotería. Que dice un contertulio que es más fácil que te caiga un árbol encima. No sé si iba con segundas. Feliz año nuevo a todos. El último que apague la luz. Salud.

11 diciembre 2014

Diluvio

Llegamos pasados unos quince minutos del horario habitual. Como es habitual y correcto en la Isla. Llego enseguida pueden ser horas. Lo tendré en unos días pueden ser meses. Te llamo en unos días puede ser nunca. Y así casi todo. Por eso se habla del carácter isleño. Que no se trata de hacerlo todo hoy y empezar a aburrirse a partir de mañana.
Dicho esto y a veinticuatro horas del fatídico patinazo ya tenía todos los consentimientos firmados para que me operaran la muñeca que estaba catalogada de catastrófica. Todas las pruebas habían salido bien como era de esperar. La muñeca izquierda eran unas ruinas de lo que fue por culpa de la lluvia. En la Isla no existe el sirimiri. O no llueve o diluvia. Pues eso.
De los últimos tuits que recuerdo hacían referencia a mi estado anímico y físico. Ambos tocados. La calma, a veces, transita entre tinieblas. Fui contestado en abierto y por DM. Ahora que no puedo ni conducir mis contertulios de los desayunos me esperarán en vano hasta que la niebla se disipe. Que los medicamentos me tienen la mente y el pensamiento casi abolido. Cuando escribo esto estoy alejado del mar. No lo veo. No lo huelo, ni lo oigo. Tampoco puedo llegar hasta él. Pero todavía tengo la capacidad de imaginarlo porque hay cosas que no se olvidan.
Una ventana sin vistas. Una luz de neón en la cabecera. Un tiempo parado y silencioso. Ambiente turbador de paredes blancas. Experiencias que voy acumulando para la vida. Que al final es la suma de ellas. Necesito mi cama. Mi habitación. Mi rutina. Mi sueño. Mi día y mi noche. Mi viento, mi bosque y mi mar. Esas palabras ya suenan lejanas ahora mismo. Mi otoño se ha complicado y discurre por un trozo de camino tortuoso, empinado y resbaladizo. Un trozo de mi historia con trazos desiguales y difíciles de leer. Un fermentado rancio de horas y minutos sin botín a repartir. Un tiempo subcontratado y eventual que no me pertenece pero que tengo que entretener.
Cuando una memoria confusa se hace letra y palabra pasa a la historia imperfecta de cada uno. Letras sometidas a unas circunstancias hostiles que se escriben entre más tormentas que calmas. Ya dije que las trincheras no se ven igual desde fuera. Quiero volver a ellas. Salud.