24 marzo 2026

             Cuánto relaja extraviar la mirada para fijarse en nada mientras la vida pasa sin apenas vivirla. Estas cosas no deberían ser contadas, o sí. No sabría muy bien qué decir pero he aprendido a extraer las posibilidades de cada cosa que me ocurre y exponerlas mientras estoy vivo y viviendo, aunque tenga los ojos extraviados sin fijarme en nada.  Pero hay algo que considero importante y es consagrar la vida a cosas que valgan la pena por su relevancia y así perdurar en la historia.

                 La oportunidad de darle sentido a la vida o hacer posible estos oscuros sueños que todo poeta tiene escondidos para las grandes ocasiones o momentos estelares. El desahogo sentimental es natural en el ser humano junto a los efectos especiales que tienen la capacidad de deslumbrar los sentimientos de otros cuando nos leen. Crear una atmósfera discreta entre versos y relatos ensayados.

                   De niño anticipé, como muchos otros, que quería vivir en el campo, a las afueras de algún pueblo pintoresco, para deleitarme con la libertad que esto supone. Tener un perro con el que hacernos compañía y que me siga a todas partes y caminar largas distancias con él mientras me incita a que juegue con idas y venidas y provocaciones que solo ellos saben hacer. También tendría un espacio medio cubierto al otro lado de un jardín donde habría gallinas y algunas palomas. Tierra donde cuidar un pequeño huerto y ser lo mas autosuficiente posible. Unos árboles frutales, un limonero, dos naranjos y un laurel además de un membrillo. Esta era la ilusión que anticipé cuando era niño pero me enganché con la lectura desde la edad escolar y un buen día quise empezar a escribir todas las experiencias sin excepción y lo hice y me gustó. En algún momento pensé que debería vivir en una gran ciudad y compartir lugares adecuados a mi afición y hacer amigos escritores con quienes compartir tertulias y hacerme con un lugar importante.

                        Si sueñas mucho y los sueños son muy reales pueden echar a perder la realidad o no vivirla de la forma mas apropiada. Hablamos de la vida porque creemos saber lo que es la vida. La conocemos bien y hemos llegado a ser expertos en ella. Tenemos criterio porque la misma vida nos tiene pillados y amordazados y no sabríamos hacer otra cosa a pesar de que ahora la vida es mas complicada que cuando éramos jóvenes porque ocurren demasiadas cosas al mismo tiempo y no nos da el tiempo para procesarlas en el tiempo justo. Parece que todo pasa como si no ocurriera nada porque no podemos asimilarlo.

                        En las tertulias de la mañana somos consciente de lo rápido que va todo y hablamos de las cosas del ayer o de lo que anticipábamos de niños y eso nos hace mas fuertes mientras vivimos la edad adulta o madura. Es decir, los que cobramos una pensión para no tener un horario de trabajo incómodo. Esta pensión ajustada y que incluso nos da para contribuir a la hacienda pública. Mientras estamos sentados junto a una mesa en el bar de Pepe y tomamos un cortado con el café descafeinado y la leche desnatada y endulzado con sacarina perdemos el oremus con cada cosa, frase u ocurrencia que diga el que tiene el turno de palabra. Ya ni decir de cuando alguno saca una anécdota del colegio. Asignaturas, profesores o amigos de toda la vida, fechorías inocentes. Somos amigos, vecinos y familiares porque en el pueblo esto funciona así.

                           Una emoción contenida que en mi caso se acentúa porque después de pasar por la gran ciudad he vuelto a vivir a las afueras del pueblo y llevo la vida que anticipé de niño, con el perro, el pequeño huerto, algunas gallinas, árboles frutales y todo lo que ya he descrito antes cuando he empezado este relato. Después de mucho pensar he llegado a la conclusión que somos un cúmulo de circunstancia y vivencias pasadas que han hecho mella en nosotros y nos han modelado. Será eso. 

                           Vamos a todas partes con una elegancia descuidada o con una figura desaliñada de gente de pueblo pero con la sabiduría de la edad que todo junto llama la atención. Con ese rubor en las mejillas producto de tanto afeitarnos o efecto secundario de las pastillas que tomamos  para la circulación o el corazón que mas bien parece que hayamos bebido algún destilado con el café de la mañana para matar el gusto e incluso a algunos nos da un aire travieso.

                           Debo anotar que seleccionamos mucho lo que puede o no entrar en nuestro mundo porque la salud mental es muy importante. Las posibilidades nunca se agotan y el silencio de todos dura lo que tarda en hablar el que tiene la palabra y así sucesivamente porque todos tenemos nuestro turno para decir lo que pensamos o hacemos o tenemos previsto. Y mientras pasan los días y los años, los amaneceres y las puestas de sol pasa también nuestro tiempo con una rapidez vertiginosa que va desde la infancia a esta madurez que tanto disfrutamos y durante la cual aparecen momentos ansiosos por no haber hecho las cosas importantes que de niños habíamos anticipado. Pero los sueños nunca se acaban y cada día o cada noche aparece uno nuevo o repetido que queremos alcanzar.



23 marzo 2026

               Empieza a atardecer coincidiendo con el final de una sobremesa larga en Valldemossa, además también empieza a refrescar como siempre lo hace antes que en otros sitios. Cogemos un sendero tortuoso de tierra con algunas piedras que se concentran en mitad del camino y a la sombra de encinas centenarias, olivos y pinos por si alguien tiene curiosidad. El camino debió de ser muy bueno en tiempos del Archiduque Luis Salvador de Austria por el que transitaba andando o a caballo según le apetecía. Ahora son restos descuidados por el Consell de Mallorca. Sólo se preocupan de su mantenimiento los excursionistas comprometidos y los amantes de la naturaleza y esas cosas. Casi una hora de camino para llegar a uno de los miradores preferidos por el Archiduque. Cuando estás allí entiendes porqué se enamoró de la magia de Mallorca y del mar mediterráneo. Hizo construir una pared seca al borde del acantilado con unos pilares laterales a modo de una ventana al horizonte por donde se pone el sol.

             Estos sitios se mantienen en silencio porque la naturaleza es así y sólo disfrutan del lugar los que saben interpretar todo esto que escribo y digo. El movimiento de las ramas, el aire manso y el fuerte viento, el ruido de las olas que llega a duras penas, el revolotear de pájaros y mariposas, los olores de monte seco y de acantilado y el aroma y color de la puesta de sol. A estas horas las emociones impregnan el alma, que por mucho que se habla de ella y todavía no la tenemos ubicada. El sol se pone rojo antes de entrar en el mar y se refleja desde el horizonte. No hace falta ningún esfuerzo para emocionarse. Desborda belleza todo ello en su conjunto. 

             Recuerdo mi niñez cuando subíamos con los abuelos maternos. Los abuelos paternos vivían al lado de un convento de clausura en Palma y desde el quinto piso podíamos ver la armonía de un jardín de clausura que resulta ser distinto a los demás. Sus moradoras y el silencio como requisito. Como en el acantilado del mirador del Archiduque. El recogimiento como una necesidad en ambos sitios. Ahora en el mirador confundo los recuerdos.

            Me siento en una piedra. No hay otra cosa. Es la misma de siempre y de cuando era pequeño. Aparece una mágica turbación de la mente. La reflexión. La naturaleza habla con sus sonidos tan característicos. El aire perfumado de bosque y de mar. Y de puesta de sol consumada. La belleza se convierte en fascinación. La sabiduría también se nutre de momentos como este. No te puedes morir sin haber visto una puesta de sol de cualquiera de estos miradores del Archiduque Luis Salvador.

       Las siguientes generaciones también tienen derecho a contemplar esto. Pues a ver cómo gestionamos el mundo para que perdure y sea habitable. Esos colores de después de la puesta de sol. Como la sonrisa al contemplar los rosales en flor. La mística de la intimidad. Historias y leyendas de estos lugares, porque son mágicos. El sol cuando se pone te mira igual que tú a él. Te das cuenta. Quedan los colores de los enamoramientos. De cuando el silencio se calla para que hablen las manos. Las miradas sólo ven siluetas de penumbra y a contra luz.

             Luego toca bajar. El camino de vuelta es más rápido. Pero no es más corto. Siempre es así. Es el camino de la luz de la luna porque no hay otra cosa. Vuelves a caminar por la sombra de las encinas porque la luna también provoca este efecto. Tengo que conservar esta ventana que da al mar y a su horizonte. Otros vendrán a lo mismo.