martes, 2 de octubre de 2018

Recordando Formentor I

Recuerdo, hace unos días, que estaba sentado donde la tierra termina y tenía los pies metidos en el mar mediterráneo justo en el punto donde se baña Formentor. Se acercó uno de los escritores y poeta de los convocados para las Conversaciones y se puso a mirar la inmensidad al atardecer. Se sentó a mi lado. A la sombra de los pinos que allí son muchos. 
Me contó su historia de Mallorca. Hace millones de años, dijo. Cuando lo del diluvio universal. El agua lo cubrió todo. Toda la tierra. Y el archipiélago desapareció. Cuando terminó de llover salió el sol y las aguas se fueron retirando. Apareció la Serra de Tramuntana y otras tierras más bajas. 
No le gustó a Dios cómo quedaba la cosa y mandó que se retiraran más las aguas hasta que apareció la península de Formentor. Entonces le gustó a Dios cómo quedaba y crecieron los pinos y se formó un bello paisaje. Ahora, aquí, honramos las letras. Ahora, también es mi historia. Pero sé que hay otras distintas. 
A menudo la imaginación es como una brisa. Pero a menudo, también, la imaginación es como un vendaval. Pero uno se acomoda. Disfruta de esta brisa y disfruta del vendaval. O no. Pues según venga saldrá prosa o poesía. Drama o comedia. Pero que discurra. En la vida hay aciertos y desaciertos. Simplezas y complicaciones. Unas cosas y las contrarias. O las otras cosas. 
Me contaron un día que en los conventos de clausura no hay espejos. Me contaron muchas teorías pero una me hizo pensar más que las otras. Resulta que una vez una monja que llevaba muchos años enclaustrada se miró en uno de ellos y se vio sola. Se sintió sola. Pensó que estaba sola. Descubrió la soledad. Los hizo quitar todos y nunca más se pusieron. Insisto que tengo más teorías. 
Creo que mi mayor lucidez apareció después de cumplir los cincuenta y cinco. También podría no ser cierto del todo. A raíz de un amanecer de esos que no olvidas y después del cual inicias una búsqueda del camino. He querido decir el camino, no uno cualquiera. 
Cuando te cansas de reír cuando toca llorar o cuando te entra una angustia vital cuando lloras por no reírte. Cuando no consigues hacer lo que te apetece. Lo contrario de lo que toca. También de esto se habló en Formentor. Porque cuando estás conversando entre amigos haces estas confidencias. Y los escritores saben lo que esto significa. Otra cosa es la libertad. Lo que viene después de la obligación.
Como el necio que se acobarda y se arrodilla a los pies de la cama y le implora a la muerte justo en el último momento. Todo es simple. Si luego resulta complicado es que el ser humano sapiens está detrás. 
La de veces que me ha costado dibujar un paisaje con letras y cuantas veces sólo habré conseguido hermosos contornos de la naturaleza. Si te fijas con la corteza de los pinos que habitan en Formentor entenderás su existencia. No siempre fácil. Pero el lugar bien vale la pena. Mientras las raíces buscan la humedad las ramas buscan la luz. No es una competición. Se trata de complementarse. 
Todo va más allá de un hotel y un pinar junto al mar donde se llega por una carretera contorsionista de grán belleza. Formentor es un jardín de calma. El epicentro literario por unos días. Pasión sin límites donde el mediterráneo siempre es azul. 

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