martes, 4 de septiembre de 2018

La orina

Hoy, por fin, tengo que decir que tengo un amigo de hace más de cuarenta años. Perfecto pues.
Dicho esto tengo que añadir algo más. Andamos por las mismas fechas del nacer y somos compañeros de las cosas buenas que tiene nuestro oficio y de las cosas malas. La amistad es envidiable. Hace poco que los dos nos hemos jubilado anticipadamente porque las cosas ya no son lo que eran. Nuestros superiores han perdido el interés en nosotros y nosotros en el trabajo. Así las cosas de la sanidad pública cuando la consellera hace dejadez.
Tengo que decir, también, que mi amigo me ha contado una cosa de su historia que guardaba en secreto. Ahora ya no lo es y le da lo mismo si la cuento. Es lo que voy a hacer.
Tenía un abuelo que hace unos años le dejó. Yo, al fin y al cabo, no lo conocía de nada. Era mayor, republicano y con heridas de la guerra civil sin curar. Algo muy gordo le contaría a su nieto, mi amigo, para que éste hiciera lo que hizo.
Ahora es cuando os preguntáis qué hizo. Bien pues. Me ha gustado que me preguntarais y os cuento. Su abuelo estaba impedido en una silla. Pero pensaba. Su mente estaba lúcida pero tocada. Callaba los horrores vividos en la guerra y sus indecibles miserias. Hasta el día que le encomendó una faena a su nieto. Se lo pidió con cautela para no asustar.
Demasiado tiempo mirando el cielo para poder soñar adecuadamente. Sobre el destino. El odio, a veces, reaviva los recuerdos. Pensó en extravagancias y rituales de esos de clavar agujas a un muñeco de trapo. Todo para sanar las heridas y borrar ciertos pasajes de su biografía. Pero todo eso no funciona cuando hablamos de un cadáver o una momia, para ser más exactos.
Le pidió al nieto, mi amigo, que recogiera orina de su sonda y la guardara en un frasco de esos  que utilizan los laboratorios para analizar. Presentarse en la basílica donde reposa el genocida que, en vida, iba de uniforme y bajo palio. Y le vertiera la orina sobre el granito que lo mantiene preso en la eternidad junto a una flor marchita.
Hubo réplicas y contrarréplicas. Pros y contras. Idoneidad de ese  tipo de despedidas y esas cosas de las que habitualmente hablan un abuelo con su nieto. Mi amigo aceptó el reto. Tiene agallas. En su juventud,  y estando el generalísimo en plena forma, se hizo pasar por sordo y escaquearse la mili. Todo un desafío pensando en las consecuencias que hubiera padecido como desertor. Pero lo hizo y salió bien.
Llegando a la basílica aparcó el coche. Cogió unas flores de esas que crecen libres en las cunetas y las medio envolvió con papel de celofán y de aluminio. Silencio en la basílica y casi nada de gente. Subió unos peldaños. Apoyó un pie sobre la losa de granito y con la mano depositó, delicadamente, las flores junto al nombre esculpido. Esperó que se vaciara el frasco con la orina del abuelo mientras susurraba plegarias y pestes al muerto.
Se puso de pie a modo de despedida y miró hacia arriba para saludar a su abuelo donde estuviera y que viera que había cumplido fielmente con la promesa. Si os dais prisa y vais a ese lugar es posible que encontréis unas flores de cuneta marchitas y una marca amarillenta de lo que fue orina y que ya se habrá secado. Cada uno se despide de ese mundo y de algunas personas de la forma que cree más oportuna aunque sea  informal.
Mi amigo siempre me dijo que su abuelo era buena gente. Pero que había sufrido demasiado. Ahora estará compartiendo ratos libres con el otro. O no. Vete a saber. Si esto fuera una película saldría algo así como "esta historia está basada en hechos reales". Para vosotros, los vivos que leéis, salud. 

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