viernes, 28 de septiembre de 2018

Versos de alivio

Recita eternidades el poeta
mientras fuera llueve
sobre un mar en calma.

Fuimos y somos
horizontes desvanecidos.
Viviendo en lo alto
del acantilado
ajenos a las gaviotas.

Somos telaraña
de luces y sombras,
de colores y aromas.

Un día hablaré de la luna
y de un cielo vacío.
Y de un cielo tatuado de estrellas.

Recuerdos de lo que nunca hice.
He olvidado lo que soñé.

Amanece.
El bosque parece un escaparate vivo.
Sólo cuando amanece.
Porque en todos los campos
se libran batallas.

Y siempre perdemos la última. 

lunes, 24 de septiembre de 2018

Contradicciones

A media tarde
cuando el sol se retira
las cimas son ocres
oxidadas por el tiempo. 

No puedes separar
las olas del mar,
la oscuridad de la noche,
las cimas de las montañas,
o los ojos de la mirada.

La misma mano 
que estrecha una amistad
puede abofetearte la cara.
La lengua que habla
verdades en domingo
puede mentir en otoño.

Unos árboles que dan frutos
y otros que dan sombra.
Que acompañan
durante el camino
o molestan porque se han caído. 

Pensamientos enfurecidos
de ideas domesticadas.
La sonrisa y la tristeza.
La libertad del preso
que piensa lo que quiere.


El pez tiene la opción
de morder el anzuelo, o no.
No decidí nacer, ni dónde.
Pero defiendo la vida nacida.
Poder silbar cuando ando
o cantar mientras me ducho.

La vida es eso. O eso creo.
Salud. 

viernes, 21 de septiembre de 2018

Minutos fugaces

Ya he explicado en otros momentos que un día nací y me criaron entre telas rudas y el delantal de mi madre. La educación, en casa, eran los buenos modales, las formas adecuadas y algunas oraciones. Que de lo último no me pude escaquear en mi temprana edad. No fui criado entre algodones porque en casa éramos muchos y pobres. Eso de los algodones era para los ricos. 
Por muy fugaces que sean los minutos, uno sigue al otro ininterrumpidamente. Por eso crecí rápido. Diríamos que encadené minutos fugaces que dan para mucho. Pero me dio tiempo a ver cambiar los paisajes y los remolinos. Nunca evité las tormentas. Lo que más me importaba era que entre el relámpago y el trueno pasara el máximo de tiempo posible. Contaba. Poco a poco. Cuanto más tiempo hubiera pasado más lejos estaba la tormenta. Me aliviaba. Porque la luz va muy rápido pero el sonido no. O algo así. Que ya sabéis que soy de letras. 
Dicho esto que tenía entretenido en la cabeza y no sé muy bien porqué. Añado. Hoy me he levantado aliviado por el descanso de la noche. No siempre puedo decir lo mismo. He descubierto que la fatiga, a veces, es más llevadera para un jubilado. Lo siento por los demás. Los otros. Al fin y al cabo los días tienen veinticuatro horas para todos. Pues que cada uno se organice. Las rutinas aburridas pasan rápido. A pesar de todo las cosas nunca se hacen sin miramientos. 
Cuando quiero aventuras imito al aire, al viento, al bosque y al mar. Sé de lo que hablo. Y sé de dónde vienes cuando tus labios saben a salitre. A estas alturas de la vida he descubierto que en la oscuridad de las habitaciones no siempre se guarda silencio. 
Las personas cogidas de la mano se sienten más seguras. Y si se miran aparecen estos sentimientos sólo comparables a la inmensidad del mar. Alejados tanto del temor como alejado puedo pueda estar el horizonte. Tampoco me interesa esta soledad de sentirse arropado sólo por la incierta naturaleza. O las paredes de un claustro gótico. Que la vida se vive con audacia y con talento. Resulta que soy un vividor agradecido. 
Todos tenemos un hada madrina en nuestra vida que nos protege. También todos tenemos un traidor en nuestra vida que nos hace la puñeta. Está escrito que en número reducido de menos de doce personas sólo existe el traidor. No olvidéis la historia o la leyenda que dice que el traidor, una vez, fue un grán caballo de madera. 
Dice un científico en predicciones que los futuros avanzan que este invierno nevará. Bastante, además. Nos quedará el otoño para prepararnos y hacer acopio de madera de esa de encender la chimenea. Y tener esos libros que un experto ha dicho que tienes que leer antes de morirte. Siempre hago caso a los expertos. No vaya a morirme y en el juicio final me pongan un negativo por no haber leído no se qué. 
Siempre podré decir que los he leído aunque no sea verdad. Y que he vivido experiencias que no son ciertas. No sería el primero. Ahora me acuerdo que el otro día soñé que quería hacer un master. Cuando desperté tenía el título encima de la mesita de noche. Un grán logro. Salud. 

martes, 18 de septiembre de 2018

Sosiego de amanecer

Dice el poeta que las sorpresas no dejan huella. La cara que pones cuando la sorpresa, si. Porque cambias el semblante. Esto sólo puede haber ocurrido donde los árboles están espesos. Por eso casi no entra el sol. Donde el viento tiene dificultad para moverse y en vez de silbar, susurra cuando pasa. En definitiva, donde duermen los gorriones. 
Es importante para mi poderme recluir en el silencio cuando necesito soledad. La del poeta que ve y  escribe. Sin ruidos. Sin odio ni ira. Sin pecados capitales que te permiten volver a la infancia. Esa en la que todavía no has experimentado una caries ni el acné. Ni los desvelos de amor que no sea el maternal. Este tiempo aséptico de casi todo. Feliz por naturaleza. La infancia del mundo repleto de felicidad aunque luego descubras huecos y agujeros.
Demasiado tiempo protegido en la tranquilidad del útero materno. Ya sabemos que la vida es otra cosa que no habíamos imaginado. Incluso hay días con más sufrimientos que alegrías.  Es cuando uno se pide tiempo. Se da tiempo. Que dicen que lo cura todo. Ese tiempo en el que la peor alteración tendría que ser el ladrido de unos perros en la noche. Una tormenta cercana. El rasguño de una caída o la herida de unas púas de rosal. 
Con las ventanas abiertas para que entre el sol, el viento y la luz de la luna. Que los mortales entran por la puerta. Me da igual si algún día me he asustado por las sombras de las ramas de los árboles cuando el viento las mueve. 
Y cuando el poeta navega en la tempestad se pone de pie en la proa para desafiar la lluvia. No sé si el tiempo lo cura todo mientras pasa. Lo que si sé es que se lleva momentos y partes de mi biografía. Pero sigo siendo un mundo dentro del mundo y que no me falte nadie. Se me escapa este control. He decidido que el esfuerzo y la disciplina vigilen mi transcurrir. Perseverar en domesticar situaciones para evitar lamentos.  
Que los amaneceres, atardeceres y anocheceres sean de sosiego. Lo más parecidos posible. Me gusta que los amaneceres sean después de la noche. Y que anochezca cuando termina el día. Pura rutina. No quiero sobresaltos. Ahora tengo un amigo que sabe latín y cuando lo escucho me relaja. Todo lo que dice parece solemne y bonito. No me gusta mal interpretar las palabras. Confunden. Y aparece la niebla y la noche. Habla las grandezas y calla los horrores. Gracias amigo.
El tiempo nos lleva al destino. Y mientras las flores más bonitas también se marchitan. Por eso me he convertido en un ser capaz de dudar y de gritarle al mar. Seguir un orden. Una de las cosas buenas que tiene llegar a la cima es que puedes respirar el aire más puro. En casa los visillos son trasparentes para que puedan entrar los aromas. También tengo unos amigos que los crean. Como lo que se respira en los patios andaluces llenos de macetas y flores. Gracias amigos. Porque acompañan los momentos complicados y hacen más grandes las emociones. 
Por eso me fio de lo que dicen mis amigos en las tertulias de las mañanas. Y me fio de lo que escriben los poetas. Sus currículums académicos son pobres y escasos, pero su sabiduría es inmensa. Tendríais que escucharlos. Yo creo que el mar tiene algo que ver con todo esto. Salud. 

martes, 11 de septiembre de 2018

Aromas de quietud

Me levanto pronto. Siempre antes de que amanezca. Incluso antes del alba. Después de tantos años me sigue faltando tiempo para vivir todo el día la vida de cada día. A menudo me dejo influir por Cervantes, Bonald, Umbral, Neruda, Erri, Machado, Lorca, Saramago, Mendoza y tantos otros que no acabaríamos nunca. No me hagáis elegir. No podría hacerlo. Son un motivo. 

"Quiero por igual tus ojos 
y tu mirada. 
Tus labios y tus palabras.
El roce y la compañía.
Tu opinión y tu queja.
La rutina y el desasosiego.

Quiero el verano caluroso
porque el día es largo.
Quiero el invierno frío
porque huelo a chimenea
a hoja en blanco y a tinta.
Quiero el otoño húmedo
para abrigarme con el libro.
Quiero la primavera por todo.
Por el aire limpio 
impregnado de aromas de quietud".

Creo que no es bueno trascender mucho tiempo. La vida es hoy. Todo lo demás son recuerdos y bonitas e interesantes previsiones. No son buenas las ataduras que me privan de libertad. Tampoco son buenos los molestos infinitos. Tengo por seguro que la experiencia me llevará a la sabiduría hasta conseguir la madurez. Luego, al final, la nada. No hace falta más. Sólo importará lo que quede de nosotros en los demás.   

"Caricias temblorosas de la brisa 
sentado en el umbral de la casa.
Qué sabrá el aire del bien que hace.
La calma de una llovizna.
El sosiego de un silencio.
La compañía de la soledad
en un caminar sin rumbo.
Conozco el sabor de la rutina.

Sé cómo llegar a una colmena,
alimentarme de la miel,
sin que las abejas me piquen".

No se puede ser neutral ni indiferente. Y cuando los pétalos caen, sé cómo caminar sobre ellos sin romperlos. Sólo para oler sus aromas. Es la recompensa de la vida agradecida. Las cenizas del final ya las limpiará el viento de tramontana. Uno se acostumbra a la rutina y al esperpento. A los vendavales y a la calma. A la seriedad y a la extravagancia. Sé cómo huele la quietud. 
A veces ocurre que la verdad parece mentira y la mentira, verdad. Tengo la sensación que la vida es una espera en el tiempo. Pensamientos nocturnos que nadie puede ver. Los momentos de paz que siempre hay en todas las guerras. Y ya nada nos conmueve. Salud. 

                                                                                                          




































































































































































































martes, 4 de septiembre de 2018

La orina

Hoy, por fin, tengo que decir que tengo un amigo de hace más de cuarenta años. Perfecto pues.
Dicho esto tengo que añadir algo más. Andamos por las mismas fechas del nacer y somos compañeros de las cosas buenas que tiene nuestro oficio y de las cosas malas. La amistad es envidiable. Hace poco que los dos nos hemos jubilado anticipadamente porque las cosas ya no son lo que eran. Nuestros superiores han perdido el interés en nosotros y nosotros en el trabajo. Así las cosas de la sanidad pública cuando la consellera hace dejadez.
Tengo que decir, también, que mi amigo me ha contado una cosa de su historia que guardaba en secreto. Ahora ya no lo es y le da lo mismo si la cuento. Es lo que voy a hacer.
Tenía un abuelo que hace unos años le dejó. Yo, al fin y al cabo, no lo conocía de nada. Era mayor, republicano y con heridas de la guerra civil sin curar. Algo muy gordo le contaría a su nieto, mi amigo, para que éste hiciera lo que hizo.
Ahora es cuando os preguntáis qué hizo. Bien pues. Me ha gustado que me preguntarais y os cuento. Su abuelo estaba impedido en una silla. Pero pensaba. Su mente estaba lúcida pero tocada. Callaba los horrores vividos en la guerra y sus indecibles miserias. Hasta el día que le encomendó una faena a su nieto. Se lo pidió con cautela para no asustar.
Demasiado tiempo mirando el cielo para poder soñar adecuadamente. Sobre el destino. El odio, a veces, reaviva los recuerdos. Pensó en extravagancias y rituales de esos de clavar agujas a un muñeco de trapo. Todo para sanar las heridas y borrar ciertos pasajes de su biografía. Pero todo eso no funciona cuando hablamos de un cadáver o una momia, para ser más exactos.
Le pidió al nieto, mi amigo, que recogiera orina de su sonda y la guardara en un frasco de esos  que utilizan los laboratorios para analizar. Presentarse en la basílica donde reposa el genocida que, en vida, iba de uniforme y bajo palio. Y le vertiera la orina sobre el granito que lo mantiene preso en la eternidad junto a una flor marchita.
Hubo réplicas y contrarréplicas. Pros y contras. Idoneidad de ese  tipo de despedidas y esas cosas de las que habitualmente hablan un abuelo con su nieto. Mi amigo aceptó el reto. Tiene agallas. En su juventud,  y estando el generalísimo en plena forma, se hizo pasar por sordo y escaquearse la mili. Todo un desafío pensando en las consecuencias que hubiera padecido como desertor. Pero lo hizo y salió bien.
Llegando a la basílica aparcó el coche. Cogió unas flores de esas que crecen libres en las cunetas y las medio envolvió con papel de celofán y de aluminio. Silencio en la basílica y casi nada de gente. Subió unos peldaños. Apoyó un pie sobre la losa de granito y con la mano depositó, delicadamente, las flores junto al nombre esculpido. Esperó que se vaciara el frasco con la orina del abuelo mientras susurraba plegarias y pestes al muerto.
Se puso de pie a modo de despedida y miró hacia arriba para saludar a su abuelo donde estuviera y que viera que había cumplido fielmente con la promesa. Si os dais prisa y vais a ese lugar es posible que encontréis unas flores de cuneta marchitas y una marca amarillenta de lo que fue orina y que ya se habrá secado. Cada uno se despide de ese mundo y de algunas personas de la forma que cree más oportuna aunque sea  informal.
Mi amigo siempre me dijo que su abuelo era buena gente. Pero que había sufrido demasiado. Ahora estará compartiendo ratos libres con el otro. O no. Vete a saber. Si esto fuera una película saldría algo así como "esta historia está basada en hechos reales". Para vosotros, los vivos que leéis, salud. 

lunes, 3 de septiembre de 2018

Sin ataduras

Palabra provocadora, agitadora de conciencias.
Escritura que aporta porque dice y porque calla.
El pensamiento sabio que escribe con lucidez.
Pensamiento mediocre de mente atormentada
que no cree que el ocio sea cultura.
La intelectualidad no siempre es lo que pensamos. 

Amanece con el alba, siempre antes que el sol. 
Respiramos hondo y aclaramos ideas
mientras se aleja la oscuridad.
La desazón del nuevo día y las primeras lluvias
de terminar el verano.  

Tengo un amigo intelectualmente modesto.
Depredador de libros, aunque no entiende todo. 
Acaricia las páginas y chapotea entre las letras. 
Ha refrescado. Se nota en el ambiente. Lo dice. 
Tiene un punto ingenioso con el que alarga el día. 

Vino de otro pais y se trajo el idioma y recuerdos.
Escribe al amanecer con una pluma sensible.
Cuando sueña deshabita el cuerpo de día.
Porque hay cosas que se hacen sin ataduras.
Como el poeta que leo ahora. Que escribe con el alma. 

La lucidez no dura todos los momentos del día.
Uno sólo es brillante a ratos. Como la felicidad.
La escritura tiene que tener detalles.
La vida de cada uno tiene sus tiempos y ritmos.
La literatura clásica como alivio antes de la noche.
Los colores de los paisajes y los olores de andar por casa.