viernes, 9 de marzo de 2018

Pretendiente

Me contaron que pasó una vez.
Serían las cuatro y media de la madrugada. Más o menos. Don Fulgencio se levantó de su cama porque había terminado el sueño y estaba descansado. De todas formas parece ser que era su horario habitual. 
Al otro lado de la calle, justo en frente, vivía Alfredo. En una pequeña y modesta casa. Alfredo, por esas fechas, era pretendiente conocido por todo el pueblo de Celia. La hija menor de tres de Don Fulgencio. 
Alfredo no había dormido esta noche por varias razones. Su cabeza estaba ocupada por muchas  cosas y su corazón por una. Vigilaba la casa de Don Fulgencio con interés para saber el momento en que se levantaría. Sabía que era pronto. No era la primera vez que pasaba la noche en vela vigilando. La cosa es importante y urge y mejor pillarlo a medio despertar y terminar con ese sin vivir. Esas horas tan tempranas en las que ningún mortal está preparado para pensar de forma adecuada. 
Me cuentan que Alfredo vio luz en casa de Don Fulgencio. Se miró al espejo y se arregló un poco o mucho para esas situaciones de quedar bien y causar buena impresión. Salió de casa. Cruzó la calle y golpeó la puerta de su vecino. En poco tiempo se abrió la puerta y, casi en la penumbra, aparece la figura siluetada de Don Fulgencio en pijama. Un saludo amable y afectuoso entre dos vecinos que mantienen buenas relaciones.
Don Fulgencio sigue hasta la cocina donde ya empieza a oler a café e invita a Alejandro a que le siga. Qué te trae por aquí a estas horas, pregunta. Acaso no puedes dormir. Habla como si todo fuera normal cuando nada era normal. La edad. Alejandro y su manojo de nervios que lleva en el estómago intentan responder dentro de la normalidad. 
Verá Don Fulgencio, es que quería hablar con usted así en privado. He visto luz y he pensado que sería tontería demorar por más tiempo este tipo de cosas. He venido a pedirle que me deje casar con su hija Celia. Don Fulgencio, sin inmutarse, terminó de preparar su taza de café y otra para Alejandro. Mira, he pensado que deberíamos terminar de despertarnos mientras sorbemos el café. Luego salimos a la terraza y, mientras vemos salir el sol, hablamos del asunto. Si te parece bien. Bueno. Si. Claro. Faltaría más. Balbuceó Alejandro.
Los minutos siguientes pasaron desapercibidos mientras repasaban así por encima temas de política, fútbol y el tiempo que se había vuelto loco. Temas de relleno, en fin. Salieron a la terraza un poco antes de las seis y contemplaron el alba más larga de la historia. La que no parecía tener fin. Luego empezaron a insinuarse los primeros destellos de un sol amarillento sobre el fondo azulado del horizonte.
Y dime Alejandro qué era esa cosa tan importante de la que querías hablar. Bueno, como le decía, quisiera que nos permitiese a Celia y a mi hacernos novios durante un tiempo para luego casarnos. Y respiró profundamente porque había hablado en un estado de apnea profunda. Don Fulgencio lo miró. Le puso una mano sobre el hombro y le vino a decir que ya era hora. He llegado a pensar, a veces, que nunca me lo pedirías.
Me parece bien. Se lo comunicaré a Celia en cuanto se despierte y espero que tu hagas lo propio en cuanto la veas. Quiero suponer que ella está de acuerdo con esto. Si, claro. Y para otra ocasión busca una hora más adecuada que parecemos dos embabiados viendo salir el sol. Pero reconozco que hoy salió distinto. Salud. 

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