sábado, 15 de diciembre de 2018

Talento y Navidad

Una vez escuche decir que seguramente el talento consiste, en general, en descubrir la belleza. 
Del vuelo de los pájaros. De las risas de un niño. Del amanecer primaveral. De caminar el sendero de un bosque donde las ramas dejan pasar el aire y un poco de sol. Escuchar el murmullo del agua de un arroyo. Del silencio de la puesta de sol. De un rato de reflexión. De cuando el agua del mar invade la playa. Y esas cosas. 
Así empezó Eugeni la tertulia del otro día. Luego se hizo el silencio durante un rato mientras intercambiábamos miradas cómplices. A la sucesión de momentos espléndidos vienen desequilibrios junto al vacío que producen vértigo emocional. La oscuridad, por muy sedosa que sea, impone serenidad para sobrellevarla. Todo depende de dónde viene el viento. De la hora del día y de con quién te acompañas en cada momento.  
Así son los diálogos de la mañana. Del amanecer. Las conversaciones de los jubilados. Las tertulias del primer café. Se nos va la imaginación. Si Platón estuviera con nosotros hubiera escrito otros diálogos. O no. Mejor así. Diversificar para comparar. 
Parece mentira pero ya estamos en Navidad. Pasará enseguida entre días de sol, lluvia y comidas. Y nos meteremos en cuaresma para purgar los pecados y poder escaparse el puente de Pascua libres de pecado. Cambiaremos los villancicos por las saetas antes de que llegue la Eurovisión y quedemos los últimos. Ya veis que a cierta edad el tiempo va muy rápido. Demasiado. Los días serán más largos y tendremos mejor tiempo. 
Nos comenta Lorenzo que pasó unos días en una casa de un pueblecito costero en Irlanda. Una casa anfibia. Construida en tierra firme y rodeada de agua de lluvia todos los días. Allí llaman buen tiempo a lo que aquí llamamos un tiempo horrible. Comenta que cuando llega el cartero, que siempre viene de lejos, le dan merienda. Pan con alguna cosa y un vaso de vino para entrar en calor. Allí el tiempo no pasa tan rápido. Nos ha gustado escuchar eso. Nuestros carteros no son así. Los de allí tienen más tiempo. 
He dejado transcurrir unos instantes largos desde el último párrafo. He mirado por la ventana mientras pensaba. Hoy las nubes se desplazan rápido hacia el Este. Es importante ordenar las ideas de la mente. El silencio lo ocupa todo o no existe. Y la oscuridad de la noche me hace descubrir cosas de mi. 
Hace unos días de los míos que he leído un libro de M. Barbery en el que se da por hecho que el mundo es más antiguo que el hombre. Deduzco, pues, que el hombre no vino de otro sitio y que por tanto es autóctono de la tierra. Así de simple lo entiendo y no pienso complicarlo. En la tertulia se ha dado por cierto y no se volverá hablar del tema.
Por estas fechas toca escuchar el canto de la Sibila. Algo tan hermoso que sólo puede compararse al canto de algunos pájaros. En el bosque, parece que el viento también canta cuando pasa entre las ramas y entre  las hojas. En el mar, es la vela la que silba melodías de Navidad. Esta es una parte de mi percepción del mundo y de estas fechas.
Siempre alegra ver un remolino desplazarse en el agua mansa de un estanque al aire libre. Se trata de romper rutinas y mantener costumbres al mismo tiempo. 
Desde hace algún tiempo el párroco de mi pueblo dice la misa en latín una vez a la semana. Se ha corrido la voz y la iglesia se ha quedado pequeña. La nostalgia sobrevuela y la gente tiene la sensación de que todo lo que se pronuncia es majestuoso. Muchos no entienden lo que dice, pero dicho en latín tiene que ser más importante que las misas del resto de la semana. La sección femenina del club de la tercera edad ha montado un coro con canciones de misa en latín. Un nuevo renacimiento de lo clásico. De lo que no pasa de moda. 
Al final de la tertulia Eugeni nos ha felicitado la Navidad y nos ha deseado un feliz año nuevo. Ha pagado los cafés y los cortados con leche natural y sacarina. Y ha dicho; Antes del año uno ¿Qué celebraba la gente? Jesús no había nacido y por tanto no había Navidad. Ni Papa Noel, ni Reyes Magos, ni turrón, ni amigo invisible, ni paga extra... hay que joderse!  Pues menos mal que nos ha tocado vivir ahora. Pobre gente la de antes. Eugeni es un retórico meticuloso que habrá fastidiado la mañana a más de uno con sus teorías. 
La naturaleza nos une a personas, animales y cosas con el lugar. Y por estas fechas más que nunca. Me acordé de una lógica frase del Lazarillo de Tormes en la que dice, "En este tiempo dio el reloj la una después de mediodía". Aplastante. Hoy día sigue en vigor. Yo no quiero ser menos y aprovecho esta entrada titulada "Talento y Navidad" para desearos FELICIDAD Y SALUD. 

martes, 11 de diciembre de 2018

Dicha y sufrimiento

Hace poco se encontraron unas hojas escritas y firmadas por Sor Clara de Jesús. "La vida no tiene porqué ser una falsedad. Me he acostumbrado a mi cuerpo finito. Me asusta la eternidad de mi alma. Me gobierna la necesidad diaria. Me tranquiliza esa delicada luz otoñal". Seguían unos trazos nerviosos de un plumín desafilado. Estaba escrito por una mano nerviosa y un alma en pena. Era lo que conocía del mundo, seguramente.
Y seguía. "Los tiempos pasan. En el mejor de los casos, cambian. Las ilusiones se desvanecen y también las esperanzas. Las personas más allegadas se mueren. Son otras monjas. Mis compañeras.  Nos quedamos solas con el mar y las montañas. Ninguna de las dos cosas las puedo ver pero las recuerdo de mi infancia". 
Cuenta que el Padre Cosme, su confesor, le decía siempre: "Nada sabemos del día y la hora de nuestra muerte. Hemos de estar preparados para el último día. Pero no podemos descuidar vivir la vida de forma sabia mientras dure. Dios sólo te perdonará aquello de lo que te arrepientas. Que siempre habrá algún pecado o momento poco virtuoso". Las confesiones eran siempre las mismas. En una clausura poca cosa más podía perturbarla. Quizá sólo la imaginación. "Padre Cosme, he sentido los instintos carnales. Ya sé que Dios nos pone a prueba y hace que el diablo nos tiente". Y la voz de siempre del otro lado del confesionario. "Pues reza y trabaja. Somos hijos del esfuerzo".
Describe una huerta anexa al convento que dispone de un aljibe al aire libre. Disimuladamente, las hermanas se miran de reojo en los reflejos del agua mansa que allí reposa. Se aprecian en blanco y negro y algo distorsionadas. Se diría que se ven igual todos los días. Los años no pasan para ellas mismas. Pero si para las demás. Viven juntas pero están solas. La soledad se vive sobre todo en la habitación.
No tienen fotografías de sus seres queridos. El obispo y la madre abadesa no lo permiten para que no afloren los sentimientos de posesión o pertenencia. Está escrito en las normas que no posean nada suyo. Sólo poseen el amor de Dios y éste las posee a ellas porque las creó. Veneran una talla de madera y unos lienzos con motivos de ángeles y santos. De rodillas. En señal de sumisión. Pidiendo perdón por sus pecados. A todas horas y todos los días. No se cuestionan nada más.  
Habitaciones sin vistas y sin ruidos. Una pintura de un Dios joven y con el cabello largo y barba. Los hábitos son pesados y huelen a humedad. Ni sonrisas ni sosiego. Momentos perturbadores cuando se es joven porque no han conocido otra cosa o simplemente ya no recuerdan. "Debo de cumplir años. Pero he perdido la cuenta. Ya no sé cuantos tengo. Converso con ese Dios muerto y resucitado que me dará la vida eterna. Pero sigo teniendo sueños íntimos y clandestinos de habitación de convento de clausura". 
La libido no muere entre cuatro paredes. Eso es pecar. Y por eso hay que pedir perdón. Una existencia simple. Una vida ocultada al mundo de afuera. Agradecidas siempre. Aventuras y experiencias que no pueden compartir. No hace falta correr. El destino llega rápido. Con el tiempo ya no hay un afuera. Sólo el mundo interior. La madre abadesa indica el camino a seguir. Sólo hay uno. No hay cicatrices donde no ha habido heridas. 
El silencio se impone normal. Todas quieren ser santas pero no saben cómo dejar huella. Los años se van borrando menos en sus rostros de piel seca y rugosa pese a la humedad. Se saben de memoria la vida de los santos que leen en la capilla y en el refectorio. En una esquina del huerto hay un pequeño cementerio. Sin nombres ni fechas. Otro dato para no recordar. Los días son iguales al anterior. Cada una tiene que cuidar de su hábito y de su alma. A pesar de que ninguna de las dos cosas les pertenece. 
Corría el año del Señor de 1836. Era invierno y llegó Mendizábal. Expropió y amortizó. Y resultó que había otra vida. Otros conventos. Otras personas. Todo muy distinto. Aparecieron problemas que no supieron afrontar. Durante mucho tiempo se preguntaron si fue obra de Dios. Y si fue una dicha o un sufrimiento. Salud.  

jueves, 18 de octubre de 2018

Hojas de otoño

Sueño,
 con días remotos que ya han pasado y son nostalgia.
Te sueño,
con silenciosa constancia otoñal.
Tu presencia muda,
porque escucho el mar, la lluvia y el viento.
La vida real es austera y sosegada,
como la naturaleza en otoño.
Lo caduco y lo eterno se juntan en el infinito.
Comienza la noche,
y las nubes sustituyen a la luna y las estrellas.
Las hojas,
reposarán en la tierra con las cenizas de los dioses.
Los peces y los temores,
se escapan de las redes cuando son pequeños.
Cuando llegue la última ola no habrá nadie para verla. 
Es posible que no haya última ola,
porque el mar esté en calma.
Nadie sabrá que ha pronunciado la última palabra,
porque será de noche.
El azul del cielo es la cicatriz que deja la tormenta.
La tierra huele cuando se moja,
y la madera huele cuando la cortas.
En otoño,
mi pulso se acelera cuando no encuentra una mano,
ni una mirada.
Si quiero cambiar de aires lo hago con un libro.
Regresaré a un lugar solitario,
donde el mar baña la arena blanca de la playa vacía.
Ahora que es otoño.

lunes, 8 de octubre de 2018

Declaración

Hoy no es un buen día. Un muy mal día para la gente de bien. Y otros. 

Leo estupefacto, "La Audiencia Provincial de Madrid ha absuelto al ginecólogo EDUARDO VELA  por prescripción aunque le consideran autor de todos los delitos en el primer juicio de un caso de bebés robados que llega a los tribunales.  La Sección Séptima ha determinado que el ginecólogo es responsable de los delitos de detención ilegal, suposición de parto y falsedad en documento oficial por la sustracción de Inés Madrigal en 1969, pero no le condenan al señalar como fecha de inicio de la consumación de los hechos el momento en que esta mujer alcanzó la mayoría de edad. 

Las magistradas consideran que "ha quedado probado de forma incontestable" en el juicio que el ginecólogo del sanatorio San Ramón entregó, "una niña de pocos días de edad fuera de los cauces legales, simulando la existencia de un parto que no se había producido y estableciendo una filiación falaz, y todo ello sin que conste que hubiera mediado consentimiento ni tan siquiera conocimiento por parte de los progenitores [biológicos] del recién nacido cuya identidad no consta en parte alguna". 

Asimismo en este escrito, las magistradas reseñan que "fue el acusado la persona que hizo la certificación falaz acerca del supuesto parto de la menor que habría realizado Inés Pérez, a sabiendas de que tal hecho no era cierto". 

Se supone que este delincuente, de profesión médico ginecólogo, se debería al "Juramento Hipocrático", hecho público que pueden hacer las personas que se gradúan en la carrera universitaria de Medicina. Tiene un contenido de carácter ético, que orienta al médico en la buena práctica de su oficio. 
En mi oficio, a menudo, lo he pasado muy mal por no haber podido salvar algunas vidas pese a los esfuerzos realizados. Hoy tengo la convicción de que alguien creó el infierno, con un fuego eterno, para este tipo de homínidos. Espero y deseo que los que dictan las resoluciones judiciales tengan que dormir, a partir de ahora, con los efectos de sustancias químicas. Y también espero que no les falte tiempo a los políticos que hacen las leyes para rectificarlas y hacerlas justas. 
Ante este tipo de cosas yo no me pongo de perfil. No me es indiferente. Por lo que me he visto en la obligación moral de hacer esta declaración. Simplemente me resulta repugnante. Salud para la gente de bien. 



viernes, 5 de octubre de 2018

Recordando Formentor III

Este relato no estaba previsto. No debía de existir. Otro ocuparía su lugar no sé qué día. Pero tengo unas amigas que me inquietan por varios motivos. Elena anima. Aída provoca con otros textos. Gloria desafía con descaro y me veo obligado. Ángeles no se rinde. Luego hay otros que sé que me leen y me motivan a seguir en el intento de seguir diciendo. No puedo nombrar a todos, pero venga.
Después de repasar las anotaciones hechas en mi libreta he sido consciente de que he hablado poco de Mircea Cartarescu. Se merece más. Recuerdo que al comunicarle el Premio Formentor de las letras pensó que seguramente se debería a una confusión. Es un grán premio destinado a un escritor consagrado. Esas grandes plumas para los cuales existen los premios. 
Dijo públicamente que ser escritor no es una profesión. Uno sólo puede escribir de la vida como una religión practicada con devoción y desde la soledad en la búsqueda de uno mismo. Lejos de la notoriedad y la gloria. "Nunca quise ser escritor. Sólo quiero escribir". Fue tajante en su discurso de agradecimiento. 
Su idea, desde siempre, era abdicar de todo y sentarse en una mesa con papel amarillento y lápiz. Pensar y escribir. En una habitación íntima donde el sol entrara por la ventana y llegara hasta la mesa y un poco más. Escribiría un manuscrito infinito que duraría toda la vida alimentado por los fantasmas de su mente. Sin necesidad de publicar. Y al final el papel sería devorado por los insectos que viven de comer hojas. Pero la realidad está siendo otra.
"Me consideraré un amateur dotado de genio como tantos otros. Pero con suerte. O no. No sé qué es la suerte". Seguramente no existe la suerte. Es posible que la vida se reduzca a un complicado algoritmo matemático que nadie ha podido descifrar. No lo sé. "La gente se conforma en leer copias de un original". Piensa que quizá tendría que hacer como Virgilio que pidió que quemaran la Eneida a su muerte. 
"Somos una civilización centrada en la cultura, una cultura centrada en el arte, las artes centradas en la literatura y la literatura centrada en la poesía. El núcleo de la poesía es el núcleo de la condición humana. El núcleo de la humanidad". Así piensa Mircea Cartarescu y así lo dice en voz alta para que todos le entendamos y tomemos conciencia. 
Añadió algo que me cautivó. Soy facilón en ciertas cosas. Ya lo sabéis. "La casa de su infancia estaba pintada de color azul intenso. En ciertos momentos del día, cuando el cielo adquiría el matiz exacto del azul del revoque, la casa se fundía en el azul universal y se volvía completamente invisible". Una genialidad irrepetible. 
Se muestra humilde y mortal. Admite que en su adolescencia era muy pobre y no podía comprarse libros. Del dinero que su madre le daba para el bocadillo lo guardaba y cada cinco o seis  bocadillos equivalían a un libro. Y con cien bocadillos no comidos se compró una estantería donde empezó su biblioteca. 
En otras ocasiones de esos días compartidos en Formentor ha dicho cosas interesantes. Le preocupa y destaca que "cada día que pasa la belleza es más efímera hasta el punto de ser algo marginal. Se ha abandonado el humanismo y la gente se muestra más agresiva". Ya cuesta distinguir la poesía de una noticia falsa. La gente vive de escuchar bulos. Se ha rendido a Formentor porque aquí las letras de la literatura y la poesía siguen vivas. 
Los dioses fueron benévolos con el clima en el sentido más amplio. Temperatura adecuada. Brisa marina suficiente para anular el calor. Aroma a pino y salitre y otros olores diversos que llegaban de los jardines. El color del mar y el color de algunas nubes de paso a juego con las letras y la calma. Todo es lo mismo y todo es rompedor. La literatura sobrevuela sin fronteras. El paraíso terrenal antes del pecado. Salud.  

miércoles, 3 de octubre de 2018

Recordando Formentor II

Después del almuerzo y el café vienen conversaciones entre los asistentes y entre estos y algunos de los escritores invitados. Habla una de que no hay frontera entre la novela de ficción y la historia real. O viceversa. Que siempre hay de todo entremezclado. Carrère añade que el ingenio y la estupidez habitan las mismas mentes y las mismas personas. Lo contrario no es posible y no podría  distinguirse.
Soy consciente de que esto es una segunda parte. Pero seguiré aún a sabiendas de que no será tan buena como la primera. Tengo un fulano sentado a mi lado que escucha con atención y toma notas. Como hacemos todos. Y alguna vez se gira y me hace un comentario. A propósito de una ponencia, me explica que debería ser normal que cada uno hiciera su propia lápida y que dejara escrito el epitafio que pueda honrarle una vez muerto. 
Él ha pensado en algo así como "Viví intensamente. Ahora déjame descansar en paz mientras busco un lugar mejor a dónde ir". Le he dicho que era precioso y se ha venido arriba. Precisamente una de las ponencias iba en esta dirección. Si una cosa te gusta cópiala. Para qué te vas a poner a pensar genialidades si ya te identificas con algo de otro. Una vez muerto nadie te criticará. 
Un texto que se precie tiene que ser una mezcla, embrollo, amasijo, desorden o cóctel de tipos. Al final, cuando quites las barreras que los separan siempre quedará una zanja que mantendrá la separación. En definitiva, la literatura siempre se hace espesa. Aciertos, lamentos, admiraciones, desconciertos, aproximaciones al futuro y vueltas al pasado. Palabras, frases, párrafos, páginas, capítulos... y por fin el libro. Y el lector. 
Después de un día ajetreado uno espera una noche tranquila. La desea. Pero aún siendo del todo sosegada puede aparecer el fantasma del insomnio. Me dijo uno que hay muchas maneras de combatirlo. La mejor es la de carácter reivindicativo. Plantarle cara. Que en lugar de mostrar nerviosismo me levantara de la cama, cogiera lápiz y papel y me pusiera a escribir. Qué queréis que os diga. Pienso que un poco de química tampoco le quita mérito a la cosa. 
También tuvimos los momentos seriamente distendidos. No todos administramos de igual manera la ocurrencia. El escritor en cuestión manifiesta que un día llegó a su casa a las tantas. Ya era de día y tenía el corazón contento y lleno de alegría. Sobre un estante de los libros tiene una postal de una Sibila que pintó Anglada Camarasa. La Sibila de la postal le dijo que dentro de cinco años te llamarán para que vayas a Formentor a hablar de mi. Decidió dejar la bebida aunque no lo cumplió. 
Pero se puso a buscar bibliografía. A leer libros y a preparar la ponencia de diez minutos. 
Hay que ver lo que se puede conseguir cuando se juntan el sueño con una bebida espirituosa. Estuvo bien. Esto también es literatura. Igual que las conversaciones que tenían las señoras cuando acudían al lavadero público que había en las afueras del pueblo. Hablaban cosas serias mientras hacían la colada y antes de preparar la comida para el marido, los hijos y los abuelos. Lo malo de este último caso expuesto es que no queda constancia escrita. 
Ahora que ha terminado y nos hemos ido de Formentor sigo escuchando ecos de las conversaciones. Hay que tener constancia y paciencia. Falta menos para volver a recorrer los senderos de pinos junto al mar. Salud. 

martes, 2 de octubre de 2018

Recordando Formentor I

Recuerdo, hace unos días, que estaba sentado donde la tierra termina y tenía los pies metidos en el mar mediterráneo justo en el punto donde se baña Formentor. Se acercó uno de los escritores y poeta de los convocados para las Conversaciones y se puso a mirar la inmensidad al atardecer. Se sentó a mi lado. A la sombra de los pinos que allí son muchos. 
Me contó su historia de Mallorca. Hace millones de años, dijo. Cuando lo del diluvio universal. El agua lo cubrió todo. Toda la tierra. Y el archipiélago desapareció. Cuando terminó de llover salió el sol y las aguas se fueron retirando. Apareció la Serra de Tramuntana y otras tierras más bajas. 
No le gustó a Dios cómo quedaba la cosa y mandó que se retiraran más las aguas hasta que apareció la península de Formentor. Entonces le gustó a Dios cómo quedaba y crecieron los pinos y se formó un bello paisaje. Ahora, aquí, honramos las letras. Ahora, también es mi historia. Pero sé que hay otras distintas. 
A menudo la imaginación es como una brisa. Pero a menudo, también, la imaginación es como un vendaval. Pero uno se acomoda. Disfruta de esta brisa y disfruta del vendaval. O no. Pues según venga saldrá prosa o poesía. Drama o comedia. Pero que discurra. En la vida hay aciertos y desaciertos. Simplezas y complicaciones. Unas cosas y las contrarias. O las otras cosas. 
Me contaron un día que en los conventos de clausura no hay espejos. Me contaron muchas teorías pero una me hizo pensar más que las otras. Resulta que una vez una monja que llevaba muchos años enclaustrada se miró en uno de ellos y se vio sola. Se sintió sola. Pensó que estaba sola. Descubrió la soledad. Los hizo quitar todos y nunca más se pusieron. Insisto que tengo más teorías. 
Creo que mi mayor lucidez apareció después de cumplir los cincuenta y cinco. También podría no ser cierto del todo. A raíz de un amanecer de esos que no olvidas y después del cual inicias una búsqueda del camino. He querido decir el camino, no uno cualquiera. 
Cuando te cansas de reír cuando toca llorar o cuando te entra una angustia vital cuando lloras por no reírte. Cuando no consigues hacer lo que te apetece. Lo contrario de lo que toca. También de esto se habló en Formentor. Porque cuando estás conversando entre amigos haces estas confidencias. Y los escritores saben lo que esto significa. Otra cosa es la libertad. Lo que viene después de la obligación.
Como el necio que se acobarda y se arrodilla a los pies de la cama y le implora a la muerte justo en el último momento. Todo es simple. Si luego resulta complicado es que el ser humano sapiens está detrás. 
La de veces que me ha costado dibujar un paisaje con letras y cuantas veces sólo habré conseguido hermosos contornos de la naturaleza. Si te fijas con la corteza de los pinos que habitan en Formentor entenderás su existencia. No siempre fácil. Pero el lugar bien vale la pena. Mientras las raíces buscan la humedad las ramas buscan la luz. No es una competición. Se trata de complementarse. 
Todo va más allá de un hotel y un pinar junto al mar donde se llega por una carretera contorsionista de grán belleza. Formentor es un jardín de calma. El epicentro literario por unos días. Pasión sin límites donde el mediterráneo siempre es azul. 

viernes, 28 de septiembre de 2018

Versos de alivio

Recita eternidades el poeta
mientras fuera llueve
sobre un mar en calma.

Fuimos y somos
horizontes desvanecidos.
Viviendo en lo alto
del acantilado
ajenos a las gaviotas.

Somos telaraña
de luces y sombras,
de colores y aromas.

Un día hablaré de la luna
y de un cielo vacío.
Y de un cielo tatuado de estrellas.

Recuerdos de lo que nunca hice.
He olvidado lo que soñé.

Amanece.
El bosque parece un escaparate vivo.
Sólo cuando amanece.
Porque en todos los campos
se libran batallas.

Y siempre perdemos la última. 

lunes, 24 de septiembre de 2018

Contradicciones

A media tarde
cuando el sol se retira
las cimas son ocres
oxidadas por el tiempo. 

No puedes separar
las olas del mar,
la oscuridad de la noche,
las cimas de las montañas,
o los ojos de la mirada.

La misma mano 
que estrecha una amistad
puede abofetearte la cara.
La lengua que habla
verdades en domingo
puede mentir en otoño.

Unos árboles que dan frutos
y otros que dan sombra.
Que acompañan
durante el camino
o molestan porque se han caído. 

Pensamientos enfurecidos
de ideas domesticadas.
La sonrisa y la tristeza.
La libertad del preso
que piensa lo que quiere.


El pez tiene la opción
de morder el anzuelo, o no.
No decidí nacer, ni dónde.
Pero defiendo la vida nacida.
Poder silbar cuando ando
o cantar mientras me ducho.

La vida es eso. O eso creo.
Salud. 

viernes, 21 de septiembre de 2018

Minutos fugaces

Ya he explicado en otros momentos que un día nací y me criaron entre telas rudas y el delantal de mi madre. La educación, en casa, eran los buenos modales, las formas adecuadas y algunas oraciones. Que de lo último no me pude escaquear en mi temprana edad. No fui criado entre algodones porque en casa éramos muchos y pobres. Eso de los algodones era para los ricos. 
Por muy fugaces que sean los minutos, uno sigue al otro ininterrumpidamente. Por eso crecí rápido. Diríamos que encadené minutos fugaces que dan para mucho. Pero me dio tiempo a ver cambiar los paisajes y los remolinos. Nunca evité las tormentas. Lo que más me importaba era que entre el relámpago y el trueno pasara el máximo de tiempo posible. Contaba. Poco a poco. Cuanto más tiempo hubiera pasado más lejos estaba la tormenta. Me aliviaba. Porque la luz va muy rápido pero el sonido no. O algo así. Que ya sabéis que soy de letras. 
Dicho esto que tenía entretenido en la cabeza y no sé muy bien porqué. Añado. Hoy me he levantado aliviado por el descanso de la noche. No siempre puedo decir lo mismo. He descubierto que la fatiga, a veces, es más llevadera para un jubilado. Lo siento por los demás. Los otros. Al fin y al cabo los días tienen veinticuatro horas para todos. Pues que cada uno se organice. Las rutinas aburridas pasan rápido. A pesar de todo las cosas nunca se hacen sin miramientos. 
Cuando quiero aventuras imito al aire, al viento, al bosque y al mar. Sé de lo que hablo. Y sé de dónde vienes cuando tus labios saben a salitre. A estas alturas de la vida he descubierto que en la oscuridad de las habitaciones no siempre se guarda silencio. 
Las personas cogidas de la mano se sienten más seguras. Y si se miran aparecen estos sentimientos sólo comparables a la inmensidad del mar. Alejados tanto del temor como alejado puedo pueda estar el horizonte. Tampoco me interesa esta soledad de sentirse arropado sólo por la incierta naturaleza. O las paredes de un claustro gótico. Que la vida se vive con audacia y con talento. Resulta que soy un vividor agradecido. 
Todos tenemos un hada madrina en nuestra vida que nos protege. También todos tenemos un traidor en nuestra vida que nos hace la puñeta. Está escrito que en número reducido de menos de doce personas sólo existe el traidor. No olvidéis la historia o la leyenda que dice que el traidor, una vez, fue un grán caballo de madera. 
Dice un científico en predicciones que los futuros avanzan que este invierno nevará. Bastante, además. Nos quedará el otoño para prepararnos y hacer acopio de madera de esa de encender la chimenea. Y tener esos libros que un experto ha dicho que tienes que leer antes de morirte. Siempre hago caso a los expertos. No vaya a morirme y en el juicio final me pongan un negativo por no haber leído no se qué. 
Siempre podré decir que los he leído aunque no sea verdad. Y que he vivido experiencias que no son ciertas. No sería el primero. Ahora me acuerdo que el otro día soñé que quería hacer un master. Cuando desperté tenía el título encima de la mesita de noche. Un grán logro. Salud. 

martes, 18 de septiembre de 2018

Sosiego de amanecer

Dice el poeta que las sorpresas no dejan huella. La cara que pones cuando la sorpresa, si. Porque cambias el semblante. Esto sólo puede haber ocurrido donde los árboles están espesos. Por eso casi no entra el sol. Donde el viento tiene dificultad para moverse y en vez de silbar, susurra cuando pasa. En definitiva, donde duermen los gorriones. 
Es importante para mi poderme recluir en el silencio cuando necesito soledad. La del poeta que ve y  escribe. Sin ruidos. Sin odio ni ira. Sin pecados capitales que te permiten volver a la infancia. Esa en la que todavía no has experimentado una caries ni el acné. Ni los desvelos de amor que no sea el maternal. Este tiempo aséptico de casi todo. Feliz por naturaleza. La infancia del mundo repleto de felicidad aunque luego descubras huecos y agujeros.
Demasiado tiempo protegido en la tranquilidad del útero materno. Ya sabemos que la vida es otra cosa que no habíamos imaginado. Incluso hay días con más sufrimientos que alegrías.  Es cuando uno se pide tiempo. Se da tiempo. Que dicen que lo cura todo. Ese tiempo en el que la peor alteración tendría que ser el ladrido de unos perros en la noche. Una tormenta cercana. El rasguño de una caída o la herida de unas púas de rosal. 
Con las ventanas abiertas para que entre el sol, el viento y la luz de la luna. Que los mortales entran por la puerta. Me da igual si algún día me he asustado por las sombras de las ramas de los árboles cuando el viento las mueve. 
Y cuando el poeta navega en la tempestad se pone de pie en la proa para desafiar la lluvia. No sé si el tiempo lo cura todo mientras pasa. Lo que si sé es que se lleva momentos y partes de mi biografía. Pero sigo siendo un mundo dentro del mundo y que no me falte nadie. Se me escapa este control. He decidido que el esfuerzo y la disciplina vigilen mi transcurrir. Perseverar en domesticar situaciones para evitar lamentos.  
Que los amaneceres, atardeceres y anocheceres sean de sosiego. Lo más parecidos posible. Me gusta que los amaneceres sean después de la noche. Y que anochezca cuando termina el día. Pura rutina. No quiero sobresaltos. Ahora tengo un amigo que sabe latín y cuando lo escucho me relaja. Todo lo que dice parece solemne y bonito. No me gusta mal interpretar las palabras. Confunden. Y aparece la niebla y la noche. Habla las grandezas y calla los horrores. Gracias amigo.
El tiempo nos lleva al destino. Y mientras las flores más bonitas también se marchitan. Por eso me he convertido en un ser capaz de dudar y de gritarle al mar. Seguir un orden. Una de las cosas buenas que tiene llegar a la cima es que puedes respirar el aire más puro. En casa los visillos son trasparentes para que puedan entrar los aromas. También tengo unos amigos que los crean. Como lo que se respira en los patios andaluces llenos de macetas y flores. Gracias amigos. Porque acompañan los momentos complicados y hacen más grandes las emociones. 
Por eso me fio de lo que dicen mis amigos en las tertulias de las mañanas. Y me fio de lo que escriben los poetas. Sus currículums académicos son pobres y escasos, pero su sabiduría es inmensa. Tendríais que escucharlos. Yo creo que el mar tiene algo que ver con todo esto. Salud. 

martes, 11 de septiembre de 2018

Aromas de quietud

Me levanto pronto. Siempre antes de que amanezca. Incluso antes del alba. Después de tantos años me sigue faltando tiempo para vivir todo el día la vida de cada día. A menudo me dejo influir por Cervantes, Bonald, Umbral, Neruda, Erri, Machado, Lorca, Saramago, Mendoza y tantos otros que no acabaríamos nunca. No me hagáis elegir. No podría hacerlo. Son un motivo. 

"Quiero por igual tus ojos 
y tu mirada. 
Tus labios y tus palabras.
El roce y la compañía.
Tu opinión y tu queja.
La rutina y el desasosiego.

Quiero el verano caluroso
porque el día es largo.
Quiero el invierno frío
porque huelo a chimenea
a hoja en blanco y a tinta.
Quiero el otoño húmedo
para abrigarme con el libro.
Quiero la primavera por todo.
Por el aire limpio 
impregnado de aromas de quietud".

Creo que no es bueno trascender mucho tiempo. La vida es hoy. Todo lo demás son recuerdos y bonitas e interesantes previsiones. No son buenas las ataduras que me privan de libertad. Tampoco son buenos los molestos infinitos. Tengo por seguro que la experiencia me llevará a la sabiduría hasta conseguir la madurez. Luego, al final, la nada. No hace falta más. Sólo importará lo que quede de nosotros en los demás.   

"Caricias temblorosas de la brisa 
sentado en el umbral de la casa.
Qué sabrá el aire del bien que hace.
La calma de una llovizna.
El sosiego de un silencio.
La compañía de la soledad
en un caminar sin rumbo.
Conozco el sabor de la rutina.

Sé cómo llegar a una colmena,
alimentarme de la miel,
sin que las abejas me piquen".

No se puede ser neutral ni indiferente. Y cuando los pétalos caen, sé cómo caminar sobre ellos sin romperlos. Sólo para oler sus aromas. Es la recompensa de la vida agradecida. Las cenizas del final ya las limpiará el viento de tramontana. Uno se acostumbra a la rutina y al esperpento. A los vendavales y a la calma. A la seriedad y a la extravagancia. Sé cómo huele la quietud. 
A veces ocurre que la verdad parece mentira y la mentira, verdad. Tengo la sensación que la vida es una espera en el tiempo. Pensamientos nocturnos que nadie puede ver. Los momentos de paz que siempre hay en todas las guerras. Y ya nada nos conmueve. Salud. 

                                                                                                          




































































































































































































martes, 4 de septiembre de 2018

La orina

Hoy, por fin, tengo que decir que tengo un amigo de hace más de cuarenta años. Perfecto pues.
Dicho esto tengo que añadir algo más. Andamos por las mismas fechas del nacer y somos compañeros de las cosas buenas que tiene nuestro oficio y de las cosas malas. La amistad es envidiable. Hace poco que los dos nos hemos jubilado anticipadamente porque las cosas ya no son lo que eran. Nuestros superiores han perdido el interés en nosotros y nosotros en el trabajo. Así las cosas de la sanidad pública cuando la consellera hace dejadez.
Tengo que decir, también, que mi amigo me ha contado una cosa de su historia que guardaba en secreto. Ahora ya no lo es y le da lo mismo si la cuento. Es lo que voy a hacer.
Tenía un abuelo que hace unos años le dejó. Yo, al fin y al cabo, no lo conocía de nada. Era mayor, republicano y con heridas de la guerra civil sin curar. Algo muy gordo le contaría a su nieto, mi amigo, para que éste hiciera lo que hizo.
Ahora es cuando os preguntáis qué hizo. Bien pues. Me ha gustado que me preguntarais y os cuento. Su abuelo estaba impedido en una silla. Pero pensaba. Su mente estaba lúcida pero tocada. Callaba los horrores vividos en la guerra y sus indecibles miserias. Hasta el día que le encomendó una faena a su nieto. Se lo pidió con cautela para no asustar.
Demasiado tiempo mirando el cielo para poder soñar adecuadamente. Sobre el destino. El odio, a veces, reaviva los recuerdos. Pensó en extravagancias y rituales de esos de clavar agujas a un muñeco de trapo. Todo para sanar las heridas y borrar ciertos pasajes de su biografía. Pero todo eso no funciona cuando hablamos de un cadáver o una momia, para ser más exactos.
Le pidió al nieto, mi amigo, que recogiera orina de su sonda y la guardara en un frasco de esos  que utilizan los laboratorios para analizar. Presentarse en la basílica donde reposa el genocida que, en vida, iba de uniforme y bajo palio. Y le vertiera la orina sobre el granito que lo mantiene preso en la eternidad junto a una flor marchita.
Hubo réplicas y contrarréplicas. Pros y contras. Idoneidad de ese  tipo de despedidas y esas cosas de las que habitualmente hablan un abuelo con su nieto. Mi amigo aceptó el reto. Tiene agallas. En su juventud,  y estando el generalísimo en plena forma, se hizo pasar por sordo y escaquearse la mili. Todo un desafío pensando en las consecuencias que hubiera padecido como desertor. Pero lo hizo y salió bien.
Llegando a la basílica aparcó el coche. Cogió unas flores de esas que crecen libres en las cunetas y las medio envolvió con papel de celofán y de aluminio. Silencio en la basílica y casi nada de gente. Subió unos peldaños. Apoyó un pie sobre la losa de granito y con la mano depositó, delicadamente, las flores junto al nombre esculpido. Esperó que se vaciara el frasco con la orina del abuelo mientras susurraba plegarias y pestes al muerto.
Se puso de pie a modo de despedida y miró hacia arriba para saludar a su abuelo donde estuviera y que viera que había cumplido fielmente con la promesa. Si os dais prisa y vais a ese lugar es posible que encontréis unas flores de cuneta marchitas y una marca amarillenta de lo que fue orina y que ya se habrá secado. Cada uno se despide de ese mundo y de algunas personas de la forma que cree más oportuna aunque sea  informal.
Mi amigo siempre me dijo que su abuelo era buena gente. Pero que había sufrido demasiado. Ahora estará compartiendo ratos libres con el otro. O no. Vete a saber. Si esto fuera una película saldría algo así como "esta historia está basada en hechos reales". Para vosotros, los vivos que leéis, salud. 

lunes, 3 de septiembre de 2018

Sin ataduras

Palabra provocadora, agitadora de conciencias.
Escritura que aporta porque dice y porque calla.
El pensamiento sabio que escribe con lucidez.
Pensamiento mediocre de mente atormentada
que no cree que el ocio sea cultura.
La intelectualidad no siempre es lo que pensamos. 

Amanece con el alba, siempre antes que el sol. 
Respiramos hondo y aclaramos ideas
mientras se aleja la oscuridad.
La desazón del nuevo día y las primeras lluvias
de terminar el verano.  

Tengo un amigo intelectualmente modesto.
Depredador de libros, aunque no entiende todo. 
Acaricia las páginas y chapotea entre las letras. 
Ha refrescado. Se nota en el ambiente. Lo dice. 
Tiene un punto ingenioso con el que alarga el día. 

Vino de otro pais y se trajo el idioma y recuerdos.
Escribe al amanecer con una pluma sensible.
Cuando sueña deshabita el cuerpo de día.
Porque hay cosas que se hacen sin ataduras.
Como el poeta que leo ahora. Que escribe con el alma. 

La lucidez no dura todos los momentos del día.
Uno sólo es brillante a ratos. Como la felicidad.
La escritura tiene que tener detalles.
La vida de cada uno tiene sus tiempos y ritmos.
La literatura clásica como alivio antes de la noche.
Los colores de los paisajes y los olores de andar por casa. 





miércoles, 22 de agosto de 2018

Bernat y Erri

Uno de los escritores que más me gustan y leo ha dejado anotado en un libro algo así como (no es literal aunque lo haya entrecomillado), "Mar adentro, en verano, se cruzan balsas y veleros, a los más opuestos destinos. La gracia, la elegancia y la indiferencia de una grán vela hinchada de una potente embarcación con pocos pasajeros a bordo roza la chalupa de los embutidos. 
Creo que algunos los llaman migrantes. No responde al saludo ni a la solicitud de ayuda. La proa afilada abre las olas a todo trapo. Desde la barcaza la ven desfilar sin ser capaces de explicarse porqué, inclinado el velero hacia un lado, no vuelca ni se hunde como les ocurre a ellos. Los embutidos sin espacio sólo intentan mantener el equilibrio para no terminar al fondo del mediterráneo. Algunos sonríen al ver el velero de la fortuna. Unos creen que al mundo que van todo es así, otros desesperan de que al mundo que van todo sea así".
Eso ha venido a escribir un napolitano de sesenta y ocho años y toda una vida repartida entre el mar y la montaña. La aventura arriesgada como forma de vida porque la vida no le ha proporcionado otras oportunidades. Ahora persigue la sabiduría desde la humildad y escribe porque sabe que es la única manera. Y aún así es complicado. Me he dejado contagiar de su sensibilidad. 
Ha llegado el momento de huir de lo superficial e innecesario. De aquellas cosas, momentos y personas  que resultan ser tóxicas y perturban mis emociones y mis sentimientos. Por ese tipo de lecturas me da la gana ver amanecer todos los días aunque a veces haya nubes o incluso esté lloviendo.
Migrar, casi siempre, es ir hacia la oscuridad. Quizá si llegas puedas ver alguna cosa. Sólo si llegas. La travesía es complicada casi siempre. Produce vértigo querer pasar del tercer mundo al primero de un tirón. Pero se saltan el segundo mundo porque no existe. Aún así lo intentan todos los días. El sol también se pone todos los días. El mediterráneo no debería ser una tumba para esa gente y a esa edad. Puede ser interesante que las olas muevan las cenizas de uno si se ha muerto de viejo en una cama de una residencia para la tercera edad. Sólo así.
No son conscientes de la realidad porque las ganas y las necesidades, a veces, nublan los riesgos. O viajas o mueres. Y si viajas, a veces, también mueres. Es un tema recurrente en las tertulias. Nosotros sabemos la respuesta a ese problema. Tenemos la solución. Pero nadie nos escucha. Los responsables -perdón, quería decir los políticos- piensan de otra manera. Así nos va y les va. Algunos somos más sensibles porque, como Serrat, también nacimos en el mediterráneo. Y es muy grande. Los delfines también lo saben. 
Pero no pasa nada. Para eso está el paisaje. Si no te gusta uno miras para el otro lado que hay otro paisaje. Y además pronto llegará el invierno y traerá el mal tiempo. Tendrán que dejar de venir o hacerlo de otra manera. La muerte nos llega a todos. Es cuestión de tiempo. Al margen de dónde hayas nacido y de quién seas. 
Escribir este tipo de historias como si fuera literatura me jode mucho. Siempre entendí la literatura como otra cosa. Los clásicos, por ejemplo. Pero antes no venían embutidos en barcazas o pateras. Por eso tampoco tenían radares y concertinas. 
Por cierto, creo que no he mencionado que los viñedos están preciosos y que pronto habrá que vendimiar. Las últimas lluvias nos proporcionarán buenos vinos que algunos podrán rozar los quinientos euros la botella. Que frivolidad. Otro día escribiré historias del mar en calma y de olivos centenarios. De la sombra que proporcionan las encinas y las higueras. 
Tampoco he contado que mi padre se llamaba Bernat. Cuando yo era pequeño se celebraba la onomástica de forma sencilla en casa. Venían familiares y amigos. Nunca faltaron las cocas de trampó, pimientos y de albaricoque. Y siempre comíamos las primeras "figues de moro" que mi padre iba a buscar a Lloseta. Pueblo importante donde le amamantaron. Salud.   

jueves, 16 de agosto de 2018

Relato

Tenía descuidado el Blog y hoy me ha parecido un buen día para retomar la actividad de escribir más allá de un tuit. Sabéis que tengo por costumbre despertarme y levantarme antes que el sol. Posiblemente es uno de los momentos más efímeros del día, pero es imprescindible vivirlo para afrontar con ciertas garantías lo que queda del resto de los momentos. 
Con sus silencios y sus barullos. Con su sirimiri o su brisa bochornosa. No sabría hacer otra cosa. Ni de otra manera. Ver amanecer es garantía de vida. Cada día. 
Tengo que reconocer que me costó entender el silencio del alba y la penumbra del amanecer. El día, a veces, cuando empieza, calla. Este silencio multiplica el placer. Puedes pensar mientras miras. Reflexionas actuaciones y meditas ideas. La vida es de lo más complejo, y esto ayuda.
Luego vendrá el caos. Que siempre hay tiempo. Una especie de ensayo del juicio final. Donde todo el mundo grita porque cree tener razón. 
El sol se deja intuir cuando empieza a incendiar el horizonte. El momento impone. Esa luz cegadora que te permite pensar en formar parte del universo. Luego de ese momento la vida se hace transparente. 
Todo esto que cuento ocurre en la terraza del bar de Pepe. Con Eugeni y los demás que ya conocéis porque os he hablado de ellos. Es el momento en que el mar despierta. Y el bosque y los campos y los paisajes. Una vida paralela que dura lo que dura un amanecer en verano. Es el relato de cuando el corazón late a otro ritmo. 
Después del éxtasis, y a cierta edad, viene la tertulia. No es un hablar por hablar. Es un hablar sin concretar. Donde cada uno es guionista, filósofo, actor y crítico. Porque hay algo que tiene que quedar muy claro desde ahora, los jubilados sabemos cómo se tienen que arreglar las cosas sin cobrecostes y sin mangoneos. Y sin faltar a nadie. 
Brisa fértil y generosa que provoca sonrisas. Todos dejamos abiertas las puertas y ventanas de las casas para que corra el aire. Éste sabe que puede entrar por dónde quiera y salir por dónde le de la gana. Levanta las cortinas y cambia los olores de sitio. No es discutible que la brisa se crea en el mar y se distribuye por todo el pueblo.
Los veranos son así y este es el relato. Y después de una ola de calor, más. Se olvidan las rutinas para dar paso a las improvisaciones. Se almuerza en el porque para enlazar con la siesta. El mismo lugar que, por la noche, se cena y se comentan los acontecimientos del día. Mientras tanto, la parte central del día está dedicada a convivir con el mar. 
Dentro del mar para ser más exactos. Que dice Eugeni que la vida empezó en el mar. El contacto con el agua nos retrotrae al útero materno porque el agua de mar actúa como líquido amniótico. Son cosas de Eugeni cuando se pone filosófico con su mediterráneo. 
Los días pasan rápidos. Nunca entenderé con qué interés. Días difusos, opacos, calurosos, o todo lo contrario. Lo único cierto es que hay que vivirlos evitando los problemas. Dejarse llevar por el viento del norte que es el que más refresca. A la noche se habla del día sin lamentos. 
Tenemos un cura post-moderno. Nos ha dicho que el cuerpo es una morada eventual del alma. Que las experiencias se acumulan en el cuerpo que se quedará aquí con la muerte. Que dónde irá el alma no necesita experiencias. No necesitamos currículum en la otra vida. Esto es sólo un paréntesis. Le hemos hecho saber al cura que para desayunar con nosotros tiene que hablar de otras cosas. Salud.   

viernes, 9 de marzo de 2018

Pretendiente

Me contaron que pasó una vez.
Serían las cuatro y media de la madrugada. Más o menos. Don Fulgencio se levantó de su cama porque había terminado el sueño y estaba descansado. De todas formas parece ser que era su horario habitual. 
Al otro lado de la calle, justo en frente, vivía Alfredo. En una pequeña y modesta casa. Alfredo, por esas fechas, era pretendiente conocido por todo el pueblo de Celia. La hija menor de tres de Don Fulgencio. 
Alfredo no había dormido esta noche por varias razones. Su cabeza estaba ocupada por muchas  cosas y su corazón por una. Vigilaba la casa de Don Fulgencio con interés para saber el momento en que se levantaría. Sabía que era pronto. No era la primera vez que pasaba la noche en vela vigilando. La cosa es importante y urge y mejor pillarlo a medio despertar y terminar con ese sin vivir. Esas horas tan tempranas en las que ningún mortal está preparado para pensar de forma adecuada. 
Me cuentan que Alfredo vio luz en casa de Don Fulgencio. Se miró al espejo y se arregló un poco o mucho para esas situaciones de quedar bien y causar buena impresión. Salió de casa. Cruzó la calle y golpeó la puerta de su vecino. En poco tiempo se abrió la puerta y, casi en la penumbra, aparece la figura siluetada de Don Fulgencio en pijama. Un saludo amable y afectuoso entre dos vecinos que mantienen buenas relaciones.
Don Fulgencio sigue hasta la cocina donde ya empieza a oler a café e invita a Alejandro a que le siga. Qué te trae por aquí a estas horas, pregunta. Acaso no puedes dormir. Habla como si todo fuera normal cuando nada era normal. La edad. Alejandro y su manojo de nervios que lleva en el estómago intentan responder dentro de la normalidad. 
Verá Don Fulgencio, es que quería hablar con usted así en privado. He visto luz y he pensado que sería tontería demorar por más tiempo este tipo de cosas. He venido a pedirle que me deje casar con su hija Celia. Don Fulgencio, sin inmutarse, terminó de preparar su taza de café y otra para Alejandro. Mira, he pensado que deberíamos terminar de despertarnos mientras sorbemos el café. Luego salimos a la terraza y, mientras vemos salir el sol, hablamos del asunto. Si te parece bien. Bueno. Si. Claro. Faltaría más. Balbuceó Alejandro.
Los minutos siguientes pasaron desapercibidos mientras repasaban así por encima temas de política, fútbol y el tiempo que se había vuelto loco. Temas de relleno, en fin. Salieron a la terraza un poco antes de las seis y contemplaron el alba más larga de la historia. La que no parecía tener fin. Luego empezaron a insinuarse los primeros destellos de un sol amarillento sobre el fondo azulado del horizonte.
Y dime Alejandro qué era esa cosa tan importante de la que querías hablar. Bueno, como le decía, quisiera que nos permitiese a Celia y a mi hacernos novios durante un tiempo para luego casarnos. Y respiró profundamente porque había hablado en un estado de apnea profunda. Don Fulgencio lo miró. Le puso una mano sobre el hombro y le vino a decir que ya era hora. He llegado a pensar, a veces, que nunca me lo pedirías.
Me parece bien. Se lo comunicaré a Celia en cuanto se despierte y espero que tu hagas lo propio en cuanto la veas. Quiero suponer que ella está de acuerdo con esto. Si, claro. Y para otra ocasión busca una hora más adecuada que parecemos dos embabiados viendo salir el sol. Pero reconozco que hoy salió distinto. Salud.