lunes, 3 de abril de 2017

Respirar

Los minutos que más cuentan son los del descuento. O los de la prórroga. Los días de la vida pasan y se hacen viejos. También nos envejecen. Por eso procuro ser muy preciso en todo lo que digo y hago. Pienso y escribo.  Dice mi amigo el poeta que mientras espera un destino adecuado aprovecha para vivir al máximo y hacer cosas. La vida debe tener rincones en los que todavía no he mirado. Y eso que me paso horas sentado en el escalón de la puerta de casa para ver cosas. Y También miro desde la ventana. Pero al final terminas por pisar calles y caminos. Aquí es dónde aprendes.
Un contertulio de las mañanas llegó, un día, con un caminar más lento de lo habitual. Luego sus ojos dejaron de mirar y de fijarse en las cosas. Luego perdió el habla y la sonrisa. Empezó a vivir sus días de prórroga. Se nos hacía difícil verlo así. Empezamos a verlo menos hasta que dejamos de verlo del todo. Ahora hay días que le recordamos. De todo lo que dura una vida hay pocos momentos que son de felicidad. Pero puedes aumentarlos o no. Todos sabíamos lo que quería decir cuando no decía nada. También cuando dejó de decir. Nosotros seguimos con las tertulias de las mañanas porque las costumbres no se dejan. Que ya sabéis lo que ocurre. El alma, un buen día, te deja.  
Hay exposiciones sobre las edades del hombre. Pero hay otras edades que no tienen exposiciones. He leído que hay una edad para producir, otra para jubilarte, la de guardar los nietos o viajar y la de estar postrado en una silla sin hacer nada. La edad de vivir y la de vivir de recuerdos. Las de ver las lejanías como algo a conquistar y las de mirar los decorados y los paisajes con cierta opacidad. La línea del horizonte se mueve. A veces parece cerca y se ve asequible y otras se sitúa en la lejanía del tiempo. Así es la vida y su mar.
Pero los grandes males también tienen remedios. El mar. Su aire de salitre que todo lo cura. Menos a Frédéric Chopin que lo terminó de hundir. Tienes que respirar profundo sentado a la orilla. En la playa. Mientras el sol se pone en Deià. En la habitación de casa sólo amanece cuando retiro los visillos de las ventanas y abro las persianas. Entonces entra la claridad. Salgo de casa y me pongo a la intemperie para contactar con el mundo silencioso de las mañanas. Que poco a poco se vuelve ruidoso y tengo que seguir caminando por la acera que al principio es ancha. Los amaneceres nunca son iguales. Tampoco las puestas de sol. Ni siquiera los días.  
Y yo te sueño cuando los perros no ladran. Cuando las calles están iluminadas por farolas. Que la negrura de la noche es propicia para los deseos y los enamoramientos. El erotismo de la penumbra o la oscuridad. A partir de cierta edad la vida brilla sólo en apariencia y dura hasta la vida finalizada. Después de la vida de prórroga. Por las noches las tertulias se hacen en la calle y se habla de intimidades. Cuando los niños ya se han ido a dormir. En mi infancia eso también pasaba. Pero yo escuchaba mientras me hacía el dormido. De las cosas que se entera uno cuando los mayores hablan de cosas de mayores.
La noche tiene sus sonidos. Yo ya los conozco. Recuerdo que descubrí la muerte siendo mayor. Cuando llevas tiempo sin ver a alguien y te dicen que se ha ido o se ha mudado. La inocencia no cuestiona. Así de simple. No recuerdo cómo pero descubrí que lo de irse era verdad. Pero se iban a ningún sitio para siempre. Eso era la muerte y sigue siéndolo. Así también aprendí que uno no puede dominar las lágrimas. Pero que las que son de tristeza saben amargas. Yo no tengo ninguna urgencia en llegar a la prórroga de la vida. O a los minutos de descuento. Como cafetero que soy me gusta saborear los buenos momentos. Salud.