miércoles, 1 de junio de 2016

Turaida II

Turaida le comunicó al general que la pretendía que su corazón ya estaba comprometido. Esto desató las iras del militar. Un día el general le hizo llegar una nota a Turaida citándola en una casa de madera de un bosque cercano a palacio.
Fue una trampa. La princesa no se percató de ella. El general se hizo pasar por el joven aprendiz de jardinero. De lo contrario la petición de la cita hubiera sido en vano. Cuando Turaida llegó advirtió el engaño. Era tarde. Antes de ser deshonrada se quitó la vida.
Las casualidades de las historias convertidas en leyendas a través de los años hicieron posible que un amigo del joven jardinero fuera testigo de todo lo que allí pasó. Alertado por los gritos que el eco esparcía por el bosque. Fue el propio general el que procuró que todos supieran del caso y de que el autor de tan horrible crimen había sido el discreto pretendiente.
Inmediatamente fue apresado y juzgado. Murió inútilmente cuando una afilada hacha le separó la cabeza del resto del cuerpo. Su cabeza estuvo expuesta como advertencia.
El general quedó atrapado por los remordimientos y dejó el ejército. Entró de obispo después de pagar una buena suma de dinero a la iglesia. Dice Vladimir que es como se hacía en aquellos tiempos y quizá también en estos aunque no lo puede afirmar.
Pasó a vivir de forma holgada y con servidumbre en un pequeño palacete anexo al castillo y destinado a esos menesteres. De vez en cuando daba consuelo al rey que murió de la enfermedad de la pena al poco tiempo. El obispo empezó a pasar demasiadas noches en vela atrapado en sus recuerdos. Formaba parte de un tribunal eclesiástico y sus decisiones valían la vida o la muerte.
Ya he dicho que cuando la historia no es buena lleva aparejada una leyenda. Bendita leyenda. Vladimir la conoce y me la hizo saber.
El amigo del joven aprendiz de jardinero ejecutado siguió todos los pasos del general convertido en obispo. Le siguió día y noche. Memorizó todos sus pasos. Cuando y cómo hacía todo. Conocía bien el castillo, el palacete de los obispos y el bosque. Un día el obispo se ausentó de su casa a unos trabajos que le requerían. El amigo que había presenciado todo le siguió.
Se apostó en el bosque casi al anochecer y con una luz tenue debido a los grandes árboles. Paró su carruaje. Le explicó que sabía lo sucedido. No dejó que hubiera más palabras porque le podía la determinación. Mató de forma certera al general y obispo pretendiente de Turaida. Un amigo de Vladimir me dijo, en voz baja, que conocía la verdadera historia y que era de otra manera.
Desde aquellos tiempos incuantificables el pueblo rinde, una vez al año, un sentido homenaje a Turaida. La que estaba llamada a ser reina. El bosque lleva su nombre y han sembrado un árbol en su memoria.
He dado esta historia y su leyenda por buena. No he querido saber más. Me ha parecido de un romanticismo que ya no se lleva. Así me la contaron y así la he reproducido. O no. Que la literatura se nutre también de la imaginación. Salud.