sábado, 14 de marzo de 2015

Comienzos

Un grito desgarrador seguido de un llanto persistente se escuchó en las inmediaciones del número veintisiete de la calle Savellà de la ciudad de Palma en la isla de  Mallorca. Eran las seis y diez de un atardecer apresurado de otoño. Hacía un frío húmedo en las calles estrechas del casco antiguo. Este día y a esta hora nací yo y empecé a vivir mi vida extrauterina.
Era un día cinco de Noviembre del año del Señor de mil novecientos cincuenta y cuatro. Esta tarde otoñal anticipada, fría y húmeda, quedé marcado por el signo del escorpión y por el caballo chino. No haría falta que dijera más. Eso quisieran muchos. Pero lo haré. Sin ánimo de ofender.
Llegué al mundo sin crear problemas. Diríamos que los justos. No soy de molestar porque sí. Yo era el damnificado. Llegué sin pan bajo el brazo porque éramos pobres. Tampoco me trajo ninguna cigüeña de Paris porque no tenía dinero para pagarla. Lo sé porque soy el protagonista y hay cosas que no se olvidan.
Cuando la comadrona me dijo de salir al mundo no lo tenía claro. Al principio me resistí y empezaron los tirones, los forcejeos y las contracciones. Luché en en desigualdad de condiciones. Comprendí que no podría resistir mucho tiempo y me rendí. Tuve que nacer. O me nacieron, que se ajusta más a la realidad de lo que pasó. No hizo falta que me dieran en las nalgas.
Ahí fue cuando empecé a llorar desconsoladamente. Impotencia, añoranza y ganas de que el vecindario se diera cuenta. Lo conseguí. Sesenta años después no he cambiado de opinión y volvería a hacer lo mismo. No vi nada en la oscuridad y no escuché nada en el silencio del momento. Recuerdo que toqué a mi madre y me impregné del sudor de su sufrimiento.
Ella se dio cuenta del mío porque me lo dijo. ¡Gracias donde estés! Después de unos minutos me callé afónico y me dormí exhausto.
Todo lo que había imaginado dentro del útero de mi madre no tenía nada que ver con la realidad. Nací, pues, muy confundido. Lo reconozco porque no soy de valentías. Se me nota a la primera. En unos días comprendí que mi futuro inmediato estaría en manos de los cuidados de mis padres y del Generalísimo (que en gloria esté por suerte de todos).
No puedo decir que naciera libre porque todo pasó de forma involuntaria. Era rebelde y apuntaba maneras, como se dice. Desde el primer minuto empecé a llenar mi vida de contenidos. Que de eso se trata cuando quieres forjar un futuro prometedor. El resultado está a la vista. Me imaginé el mar y me enamoré de él.
Me precedían dos hermanas. Ángeles y Francisca. Ya sabéis que es de educados ceder ante las damas. Yo fui, pues, el primer varón y, por lo tanto, aunque el tercero de la lista, me convertí en el heredero universal de todos los títulos y bienes inmateriales familiares. Esta realidad ayudó a que fuera un poco más feliz. A pesar de los días malos que uno tiene incluso en edades tempranas.
Efectivamente he heredado las formas y los modales de la gente de bien. Después de mi vinieron Ana María, Miguel y Bernardo. La leyenda dice que hubo alguno más que no llegó a término. Así pues.
El día nueve del mismo mes y año del Señor fui bautizado, cristianamente, y de forma solemne, en la parroquia de la Almudaina (la Seo o Catedral), en una ceremonia íntima y emotiva oficiada por el Padre Guillermo Font Lladó C.O. Estaban mis padres. Bernardo Negre Canals y Ana María Colmillo Prats. Ambos naturales y vecinos de Ciutat. Me pusieron por nombre Antonio. Más tarde, y desafiando el poder infinito del Generalísimo, lo cambié por Antoni.
El día del bautizo también estaban mis abuelos paternos Antonio Negre Simonet y Ángela Canals Rotger. Mis abuelos maternos Miguel Colmillo Munar y Francisca Prats Biendicho. Actuaron de padrinos mi abuelo materno y mi abuela paterna. Fui el protagonista pasivo porque no tuve nada que ver con todo esto. Mientras me bautizaron no lloré y lo digo para que quede constancia de que a mi no se me acojona con un poco de agua bendita.
En cuanto he podido me he convertido al ateísmo, he apostatado en la intimidad y ahora estoy en lista de espera para ser excomulgado y condenado por la gracia de Dios a pasar mi eternidad a la deriva entre las olas del mar.  O más allá del horizonte que asusta más porque nadie sabe lo que hay. Salud.


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