lunes, 23 de febrero de 2015

Hoy

Hoy ha amanecido nublado desde el horizonte hasta  el infinito. Con un viento moderado del sur que me envuelve. Llegan la barca y el pescador. Con la parsimonia que requiere cortar las olas hasta el puerto. He vuelto del sueño y de los sueños. Ha sido una noche fugaz. Como muchas. Hoy tengo muchas cosas que hacer.
Ahora mismo tengo la mirada puesta fijamente en ninguna parte y aprovecho para pensar. Creo que tuve una niñez bastante silenciosa. Tanto que casi la he olvidado. Seguramente pasé de la niñez a la juventud responsable prescindiendo de la adolescencia caótica. Con rapidez. Que las adolescencias suelen ser ruidosas y tontorronas. Lo digo porque mi edad adulta también resulta tranquila y sosegada. Como me la había imaginado. Es más fácil saborear el tiempo y los lugares.
Hoy, decía, mientras disfruto de mi madurez, pensaré en la adolescencia que no recuerdo haber tenido. Para compensar, simplemente. Cielo, nube, lluvia, bosque, sol, tierra, rio y mar. Todo en uno. Y el aire que respiro que me da libertad. Ayer llovió y luego salió el sol. Hoy huele a tierra mojada de primavera. A niño recién lavado. A cuadro de Sorolla. A música de Vivaldi. A escritura limpia. Huelo a sosiego cuando toco las sábanas blancas.
Porque dónde estoy empieza a salir el sol. A pesar de las nubes. Estoy compartiendo la ensaimada con los gorriones. Si no, se van. Son una compañía interesada. Me he preparado un libro de esos de experiencias de autor. De vivencias y reflexiones. Donde lo real, a veces, no es natural. De cuando el presente se complica y se vuelve amarillento. Casi sepia. Hoy es así. Además es lunes y la semana se presenta prometedora.
Espero que las nubes que hay desde el horizonte hasta el infinito no se acerquen. Necesito sol. Y que siga soplando el viento moderado del sur. He visto brillar unas lágrimas sobre una mejilla. El poeta, que viene conmigo, también las ha visto. Se ha puesto a escribir emocionado. Es sensible a estas cosas. Hoy resulta ser un día de certezas. Las dudas están donde las nubes. Y en la mente olvidada. Sólo puedes vivir la vida luchando. Si te rindes pierdes el alma. Luego vienen los responsos y los llantos. La pena de no haber luchado lo suficiente.
La tierra es un vivero rodeado de agua. Como una isla. Está amaneciendo y el cielo es azul porque no hay nubes. Sé que las lágrimas sobre una mejilla, si brillan, es porque son de alegría. Tienen su historia y sus motivos. Eso me dice el poeta que sigue escribiendo emocionado. Las olas no son una compañía interesada como los gorriones. Ya no habrá más lágrimas cuando te desahucien de la vida. 
Los jubilados que desayunan en el bar de Pepe saldrán a la terraza en verano. Y habrá más gorriones. Pero las mismas olas. 
Hoy me ha costado quitarme el pijama de pereza y de sueños. El gallo de Vicens no me ha despertado lo suficiente. Soy huésped de mi mente. O de mi cuerpo. Quizá de los dos. Cuando llegue la primavera lo sabré. Pero todavía queda una cuaresma de por medio. Creo que siempre he sido un niño inocente y silencioso. Será por eso que escribo los días como hoy. Salud.  

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