viernes, 16 de enero de 2015

Nubes

Hay nubes y luna llena. He buscado un camino nuevo entre todos los caminos. No me quiero desorientar o me voy a perder. Y si me pierdo pensaré en los momentos innecesarios de la vida. Que ya son bastantes, a estas alturas. Mientras, disfruto de los momentos adecuados porque el tiempo los devora. Que si la flor del almendro asoma es porque intuye la primavera. O se siente engañada por el invierno. No lo sé. Estoy desconcertado. Abrigo y bufanda por la noche y de madrugada. Manga corta al mediodía.
El perro duerme mejor a los pies del amo. Como el niño en la cama de sus padres. Un resfriado o una gripe se lleva mejor con medicamentos. Butaca de pereza, mantita sobre las piernas y un libro. El fuego de la chimenea me entretiene y no me deja escribir. Pero las ascuas se consumen en silencio para no molestar. Sólo un poco de humo para hacer ambiente de pueblo. Que estamos en invierno.
Ahora todo es literatura. El alivio de la noche da paso al alivio del amanecer. Porque la literatura no entiende de horas, de días o de noches. Una noche insomne es como un día cansado. El anochecer llega porque se marchita el día. Y la muerte llega cuando se marchita la vida. Pero la literatura clásica sobrevive a las noches indiferentes y a los días desvanecidos.
Si empiezo bien el día hay más posibilidades de terminarlo bien. Eso ha dicho la radio. No es útil llegar a la noche cabreado. A veces es mejor dejar la hoja en blanco que llena de letras indiferentes que no sirven. Dice el de la radio que es lo mismo morir en la cama que en el campo de batalla Si al final es la muerte. Pero el invierno es así. Nubes y lluvia. Humedad de bodega. Olores de andar por casa.
Las paredes de las bodegas babean humedad hasta el suelo. Tiene un eco la bodega y ese olor a moho rancio. Lo agradecen las botas y el vino. Y el resto de los mortales. Es la misma humedad que envuelve la Isla a todas horas. Que se mete en los huesos y te agrava la artrosis y el asma. Lo saben Chopin y Graves aunque ya no les sirve ahora. Esto me dice el marido de Doña Maruja. La portera. Ese que es profesor de universidad y escribe libros de filosofía. Complicados de entender. Pero cuando habla con una copa de vino en la mano se le suelta la lengua y se entiende todo. O se intuye.
Utiliza palabras de jeroglíficos. O puzzles a los que les faltan piezas. Pero Sebas y Eugeni le entienden porque han aprendido a leer con poca luz. Entre líneas y en penumbra. Han superado los sesenta y esto se nota. Han encontrado un hueco en la vida para vivirla al margen de las tormentas y de las olas embravecidas.
Invadir las hojas de un libro para consumir las letras y las palabras. Y dejar que la imaginación haga el resto. Tengo la necesidad de comparar mi mundo con el mundo del escritor. A veces parecido y a veces tanto por conocer. Salud.

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