martes, 1 de julio de 2014

Instante

Esta mañana me he levantado porque he terminado el sueño. O porque ha amanecido. No estoy muy seguro. Lo cierto es que he tomado café y he salido a patear calles y plazas. Y a saludar a las personas. En una pared casi blanca de una callejuela estrecha he visto algo escrito. Casi borrado por el tiempo. El sol y la lluvia. Sólo recuerdo algo así como que los instantes aparecen y desaparecen siguiendo la belleza de los hechos más insignificantes de la vida. Son estos instantes que vienen con el tiempo y que se van con el tiempo. Sea cual sea. Reconocerlos y ponerse a escribir es lo que importa.
En un entorno idílico en el que me encuentro ahora mismo he llegado a la conclusión de que seguramente el cielo no es el paraíso. Será un sitio importante para las personas que creen en esto. Pero el paraíso es mucho más que un trozo de cielo. Lo sé porque ahora estoy en él. Está en la tierra y lo puedes disfrutar si tienes la capacidad de emocionarte con las pequeñas e insignificantes cosas que la vida te proporciona.  
He estado sentado debajo de una higuera. Haciéndole compañía a la sombra. A ciertas horas centrales del día la sombra también se cobija debajo de las higueras. Huye del sol. En verano la libertad creativa se encuentra en estos sitios. En el porche con la tumbona. O tomando el fresco de la noche en la terraza del bar de Pepe. Y el mar en calma al fondo. Susurrando olas. A saber lo que dicen pero algo habrá de verdad. Quién podría decir que de un mar en calma surgen las tempestades. Y las peores tormentas nunca antes vistas. Si eres libre para pensar llegarás a la sabiduría que precisamente te hace libre. Para escribir. He leído que los sicomoros también procuran buena sombra. Pero aquí, en la Isla, no tenemos.
Mientras tomo el café en el porche no paro de dar los buenos días a las personas. Todos ya están en el pueblecito costero y pintoresco que ya conocéis. Los chavales tienen vacaciones escolares y el tiempo está de su parte. Ahora toca fresquito. Luego ya veremos. La gente trajina sus pensamientos a cuestas y yo con los míos. Son instantes que se suman para formar el día. Fran me ha dejado la prensa y todas las miserias que lleva escritas. Las noticias no suelen ser buenas. Nunca lo han sido. Es una buena escusa para vender. El sol está bastante alto pero el ramaje del porche no le deja entrar en casa. El viento también recorre las calles. Viene del mar y trae su aroma. Y algún otro que no es de mar. Me gira las hojas del libro que tengo que sujetar con dos pinzas de tender ropa.
A todo esto que se para el marido de doña Maruja. El filósofo, escritor y profesor de universidad. Que además da conferencias. Hoy viene decidido y fino porque el amanecer ha sido como se había imaginado. Me explica que le está dando vueltas a si fue primero el hombre o el lenguaje. El hombre lo utilizó porque ya existía o tuvo que inventarlo para comunicarse. No lo tengo nada claro y el calor, ahora mismo, no me deja pensar. Le contesto. Pues piénsalo y volveré por la noche para hablarlo. Pues si que estamos jodidos hoy. Utilizo la yema de los dedos para frotarme los párpados. El viento me ha resecado los ojos. El filósofo interpreta que estoy pensando. Pero no.
Su alegría insólita contrasta con mi instante de no pensar. Aprovecharé el amanecer de mañana para abrir mi pensamiento a estas cosas. Se lo puedo preguntar al cura. Puede ser que maneje información divina que a mi se me ha negado por ser ateo. Esa gente dice y hace cosas distintas. Por algo será. El filósofo se dirige al puerto a ver lo que han traído las barcas. Yo me quedo desganado y con la radio a punto de terminar una tertulia. Dice uno de ellos que la Biblia fue la primera novela de corte fantástico. Viene bien la mañana pues.
La constancia callada puede hacer mella. Ser constante en el silencio puede llegar a poner nervioso a más de uno. Lo he comprobado. Incluso te puede conducir a la victoria. Como un perfume o una mirada. Este verano ha llegado sosegado y mágico. Con tormenta nocturna incluida. La luz de la noche es tenue para poder dormir. El tiempo pasa y nosotros también. Por culpa de acumular años. Ahora una nube y cuatro gotas mal contadas. Es un gesto veraniego para aplacar el bochorno. Los niños piensan que las olas siempre son las mismas. Algún día alguien verá llegar la última ola.
La rutina distinta de cada día. En Vicens -mi vecino del gallo- ha visto mucho mar. Pero nunca lo ha navegado. No quiere. Paseando pensativo y dubitativo
. Mañana tengo que dar adecuada contestación al filósofo sobre el hombre y el lenguaje. Salud.