miércoles, 9 de abril de 2014

Susurros

Me emocionan los susurros porque me calman. Me resultan placenteros. Me concentran en reflexiones y en ideas de cada día. Luego de los susurros el libro de ficción se convierte en libro fantástico. Y luego, al fin, lo dejo en la estantería de releer. Me despierto y te pienso. Y me acuerdo de que antes de despertarme ya te pensaba.
Un sol tímido de primavera entra por la ventana de mi habitación. Como siempre que el sol sale antes de que me despierte. Depende del gallo de mi vecino que todavía no ha cambiado la hora. Kikirikea una hora más tarde. Me siento en la mesa y escribo unas líneas. Resulta curioso. Los rayos del sol entren casi de forma horizontal e inciden sobre el plumín y la hoja. La sombra es asombrosamente alargada. El plumín y la sombra se unen cada vez que escribo. Se persiguen. Cuando separo la pluma la sombra también se eleva un poco y descansa. Sólo se juntan si escribo. Es la curiosidad de la sombra por saber lo que escribo. Es un baile entre plumín y sombra. Me entretengo y no pongo atención a lo que escribo sino al trazado de lo que escribo. Hay que ver.
Y como quien no quiere la cosa he llenado la hoja de escritura. Luego no quiero reclamaciones. La culpa es del sol y de la sombra que proyecta. Mientras lo escribo me pertenece. Cuando lo leas también será tuyo. Formará parte de tu memoria. El placer de la escritura con la radio puesta. Me hace compañía. Me dice cosas y no me replica. Aunque yo si a ella. Será por eso que seguimos siendo amigos. Como el perro. Algunos espacios radiofónicos me tienen absorbido. La televisión no lo ha conseguido nunca. Por cierto que recuerdo que cierto día me cambiaron de presentador. Me molestó. No era capaz de ponerle cara. Me venía a la mente la del otro. El de siempre. Cogí un cabreo justificado. A los pocos meses el presentador de siempre falleció. Cuando dejó la radio ya estaba enfermo de muerte. Me sentí un poco culpable como si de una manía adecuada se tratara. Hacía una radio con elegancia. Son escritores que hablan bien. No les lees pero les escuchas.
Me gustaba escuchar al director del Zoo de Santillana. Apasionado del mundo animal. Gran observador que contaba como quien mantiene una conversación. Siento nostalgia de José Ignacio Pardo al que conocí personalmente en una visita. Le reconocí por la voz. Camuflado entre mariposas que parecían hojas secas en las ramas de un árbol. Los misterios y los muertos de Nieves y sus historias de cuarto milenio. Ahora me acompaña Àngels Barceló de camino a casa cuando salgo de trabajar. Los domingos por la noche son de Marta Pastor. Y las músicas de mis tiempos de Teresa Pascual. Con todo lo dicho se escribe de maravilla.
Un día de estos voy a incinerar todas las ideas que ya no me sirven. El humo formará parte de las nubes porque siempre hay alguna nube que acompaña. Y cuando llueve se enfatizan las emociones y se entretienen las preocupaciones. Son quimeras de andar por casa. Susurros al viento de cuando estas solo. Aunque siempre me quedará el mar. Aunque no como en Casablanca. Porque hay días que son ambiguos. Cada día la vida te da cosas y te quita cosas.  Tengo un amigo que la vida le dio una gripe y un nieto. Y le quitó un padre. Todo ello en cuarenta y ocho horas. Para que veas. Es esa ambigüedad que no se comprende.
Recuerdo también aquel día que el rio perdió la memoria y no recordó el cauce a seguir. Cogió otro y se desbordó. Se lo habían cambiado varias veces. El día que se desbordó cogió el de verdad. Ahora me doy cuenta de que el rio tiene memoria. Dije en un tuit que uno llega a la adolescencia cuando pasa de la indiferencia a la pasión. Todo importa. Ahora las decepciones ya forman parte de la normalidad diaria. Acaba de aparecer una densa niebla de esas de primavera que me ha cercado. La luz ha huido. Estoy aislado y no recuerdo ninguna poesía. He perdido la libertad. Luego callejeo por el pueblo y fantaseo con la realidad. Eso siempre ocurre cuando a uno le susurran a la luz de las farolas. Salud.