sábado, 1 de marzo de 2014

Benito

Es mi momento relaxing cup of café con leche y ensaimada. Como cada mañana en el bar de Pepe. Junto al mar. Faltaría. Es de todos sabido que me gusta Umbral, y otros. Su estilo, y también otros. Por todo ello digo que estoy en uno de los pasajes del libro cuya lectura me ocupa. Uno que Manuel Rivas escribió en "las voces bajas".
No cito textualmente aunque entrecomille porque me lo he adaptado y hay añadidos y desmentidos y parecidos y esas cosas pero viene a decir que "su padre, ya mayor, fue a examinarse para obtener el certificado de Estudios Primarios. Se preparó con ayuda y estudió mucho. Uno de los ejercicios fue escribir una redacción. El tema era Mis vacaciones. Sigue diciendo que su padre dejó el bolígrafo y se levantó de la mesa para irse del examen. La profesora al verlo lo llamó y se dirigió hacia él para pedirle alguna explicación. ¿Porqué abandona ahora? Y él respondió: Nunca fui de vacaciones. La maestra se quedó pensativa y le dijo: Siéntese y escriba lo que quiera, hombre. Escribió las aventuras de su tío Benito. Toda una leyenda. Empleado de la compañía de electricidad que iba leyendo contadores a falta de libros y cobrando kilovatios. Educado y con voz de tenor. A su padre le gustaba mucho Sevilla aunque nunca fue". Bonito fragmento que he querido reproducir, más o menos, para deleite de todos. Porque el andar de Benito se hizo famoso por las calles de Sevilla. "Sobre todo en verano cuando el suelo era de brasas que le quemaban los pies".
Hoy mucha gente tampoco sabría qué decir sobre las vacaciones. Tendría que recurrir al recuerdo o a la improvisación. El lucimiento vendría de escribir sobre penurias de crisis. Sobre papeleo en la era digital. O sobre temas de conversación en las interminables colas del paro. Por citar algunas cosas. Y aprovechando el momento y la ocasión digo que yo también tuve un tío cobrador. También se llamaba Benito. Mágicas coincidencias. Estaba empleado en una empresa funeraria. Iba recorriendo calles. Subiendo pisos. Tocando timbres. Y hablando sobre las bondades de morirse con su empresa. Esquela en blanco y negro y recordatorios con fotografía en color. Las esquelas en periódico de papel. Que a los muertos no les gusta publicitarse en internet. Caja de pino lacada con guata en el fondo forrada con tela de raso. Seis cirios de cuarenta centímetros en el velatorio. Una corona y un ramo de flores con cinta morada y frase a elegir. Todos los medios de transporte utilizables de la marca Mercedes Benz. Como los ricos. Y otros detalles. Mi tío también se pagó el entierro y funeral a plazos y por adelantado. Arriesgando a que el fin del mundo llegara antes de morirse.
Pero la memoria se le fue oscureciendo poco a poco. Como llega el atardecer. Y en su mente se hizo la noche con oscuridad y silencio. No recordaba los nombres de los clientes ni sus direcciones. No reconocía sus caras. La funeraria lo jubiló del trabajo activo y responsable. El paisaje desapareció de su mente y se quedó sola en un desierto sin oasis. Con tormentas de arena. Llevaba una vida sin sentido. El tiempo dejó de avanzar en un invierno permanente. Frío y lluvioso. Siempre tenía un libro en la mano. Como antes. Pero ahora, al final, ya no leía. Sólo lo miraba y lo volvía a cerrar. Sería la costumbre. La vida le envolvió la memoria con papel de olvido. Para siempre. Un día regresó a la funeraria, se paseó en mercedes, y no volvió a casa. Se fue a un territorio artístico por descubrir.
Todo esto viene a cuento porque mi tío Benito siempre quiso ser escritor. Pero nunca escribió una frase. Eso me decía y así lo cuento. Su madre -mi abuela- quedó afectada y le quisieron comprar un regalo. Un detalle. Pensaron en regalarle un artilugio doméstico del que ella hubiera sido depositaria solamente. Dijo que no. Que quería ser como el tío Benito. Quería un libro, y de poesía, que fuera suyo. Y poder leerlo cuando quisiera. Y llevarlo de la mano donde fuese. Y memorizar versos para recitar con las amigas. No como hasta ahora que lo hacía en la clandestinidad. Como si fuera algo malo. Así las cosas. Descansa en paz tío Benito que la abuela ya tiene su libro de poesía. Salud.