martes, 18 de febrero de 2014

Mirada

Me quedé con su mirada. Con sus ojos desnudos que permiten ver los secretos que encierran. Esos ojos de esa mirada. Maravilla de la creación. Que dejan pasar la luz de la mañana y le dan color. Color de cielo y mar. De música y viento. De ganas. De esperanza. Mirada de aire fresco. De fantasía. De mar y de olas.
Esos ojos y esa mirada puestos en un rostro serio. De brillo melancólico. Mirada pensativa, a ratos. Mirada profunda que se pasea solitaria por los caminos solitarios. Para dejar huella. Y la deja. Ojos que insinúan.
De persona divertida, ocurrente y atrevida. Mirada con imaginación de otros tiempos. Muchas veces incomprendidos porque no son de este tiempo. Que hacen que la normalidad esté en la diferencia. O que la diferencia es ser normal.
Ojos que miran a todas partes. Mirada acomodada a caminos alternativos. Mirada de discurrir y darle vueltas a las cosas sencillas. Para descomplicarlas.  La estética de los ojos y de la mirada puesta en la vida. Momentos y hechos que quedan. Siempre.
Y pienso cuando de pequeño te espetan esta maldita frase, "a ver si eres lo bastante hombre". Que error. Porque tu decides seguir siendo niño. Quieres seguir siendo niño porque te va bien. Y porque no sabrías ser otra cosa, todavía. La niñez y su mirada. Porque la niñez tiene su mirada. Distinta a la de cuando eres adulto.
Se nota enseguida en cuanto ves unos ojos. Los ojos. La mirada de las personas que emigran es distinta. Se nota la necesidad aunque no siempre las ganas. Los ojos alegres del que se va por primera vez. O eso parece. En contraste con los ojos y la mirada del que se queda. Porque no le queda otra. Huérfano y desatendido.
Mi amigo Eugeni escribió un libro titulado "El emigrante". Trata del que regresa y no del que se va. Tardó meses en poner el título. Quería reivindicar el emigrar desde cualquier sitio para volver a tus orígenes. Cuando las cosas te han ido bien. Y cuando no ha sido así. Porque cuando las cosas te van mal, vuelves.
Benito cuando regresó tenía poco dinero. No lo dijo y pensaron lo contrario. Compró un televisor y lo puso en lo alto de una estantería en un sitio privilegiado del bar. Empezó a ir más gente por el bar para ver la televisión. A ratos apagada y otros en niebla de puntitos inquietos y ruido monótono. No llegaba señal en el pueblo. Pero a la gente no le importaba. El bar siempre lleno y la gente consumiendo mientras hablaban del televisor. Aunque nunca se vio nada.
El simbolismo del emigrante cuando vuelve fracasado y disimula. La prosperidad del que vuelve sin nada. Expectativas insatisfechas. Todavía está el televisor de la niebla y los puntitos inquietos con su ruido monótono. Pero no hay otro televisor en el pueblo. La gente no tiene tanto dinero. Benito emigró y no le fue bien. Pero compró una tele. Ahora tiene clientela. Miran y se dejan hipnotizar.
No es lo único que hipnotiza. Hay una sombra que se ha instalado en el pueblo en forma de ironía de la vida. En el aula de la clase de primaria había dos cuadros sobre la pizarra y al lado del maestro. Uno representaba a Jesucristo agónico y moribundo. Daba lástima. El otro era Don Francisco. Daba lástima. También agónico y sin futuro. Ahora no están ninguno de los dos. Ya dije que no tenían futuro. Lo supe por su mirada.
Las clases de gimnasia y deporte eran más propias de un campamento militar que de un centro educativo. El maestro tenía los ojos hundidos y mirada penetrante. Como todos los maestros. Mirada de las que imponen. Un hablar bíblico y determinante. Incuestionable como por mandato divino.
Espero un detalle de la vida. El único detalle que tiene la vida es la muerte como requisito para darte una mejor vida. Eso dicen. Ya veremos.
Nos decía el maestro que cada mañana nos miráramos al espejo. Que cambiásemos lo que hiciera falta hasta que estuviéramos satisfechos con nosotros mismos. Era complicado hacer eso cada mañana. Él también emigró cuando era joven. Encontró algo mejor cuando volvió. Emigrar no ha resultado ser un buen atajo para encontrar algo mejor.
Me asustaba el maestro cuando me miraba fijamente. Y más aún cuando espetaba, "sé en lo que estás pensando". Nos habían dicho que los pensamientos eran secretos. Pero el maestro los sabía. Por lo menos sabía los míos. El ciprés también mira. Su mirada dura lo que su sombra. La sombra del ciprés dura ocho minutos. En verano jugábamos debajo de la encina. Su sombra duraba todo el día. Salud.