jueves, 4 de julio de 2013

De veraneo

Esta mañana me han invitado a desayunar. Es algo que tengo por costumbre hacer todas los días. Solo o acompañado. Pero hoy estoy invitado. Es igual. A cambio habrá que escuchar y dar conversación adecuada. No tengo problemas para esto. Es mi amigo Raúl. El pescador. Tiene una barca.
Me comenta que cada día es más complicado hacer una pesca en condiciones. En cantidad y en calidad. Se captura poco porque está sobre explotado y en la lonja se paga mal. Lo mismo dicen los ganaderos, los que tienen un huerto o lo que sea. Sin ir más lejos el capellán del pueblo me insinuó algo parecido. Entra menos gente en la iglesia. Y eso que se está fresquito dentro de ella.
Parece que se hayan puesto de acuerdo. En lo de quejarse. También el peluquero se ha sumado al coro. La gente se apaña. No lucen un bonito corte de pelo y no les importa. Nos estamos acostumbrando a la crisis y no creo que esto sea bueno. Nos conformamos y recibimos empujones sin protestar. Hay que salir a la calle y tirar piedras como antes.
Raúl me lleva a pescar bien de mañana. Sólo estamos nosotros dos y el aire que respiramos. De vez en cuando pasa alguna gaviota en vuelo rasante para mirar y regresa al muelle. De repente un sol grande y rojo sale del agua. La barca navega hacia el sol y corta las tímidas olas separándolas por las amuras.
Esa quietud a buena mañana seda el ánimo. Llevamos buenos aparejos y buena carnaza. Le tenemos ganas a una buena pesca. Llegamos y plegamos la vela. La barca se mece tranquila. El sedal al agua. El hilo tenso y la mano firme y atenta. Nada. Es pronto. Acabamos de llegar. Algunos tanteos de peces pequeños que burlan el anzuelo una y otra vez.
Antes de salir hemos desayunado en el bar de Pepe. Los de siempre. Los que nos gusta madrugar para no perder horas. El resto del pueblo todavía duerme. Pepe ha puesto una emisora con música de verano que casi no se escucha. El sol que amanezca cuando quiera que la gente se levanta cuando quiere. Cuando el sol les molesta en la cara.
Los gorriones están apostados en las ramas. Bajan a por comida y regresan. Alborotan tanto como pueden. Los gorriones en verano son así.
Ahora sí. Algún pez de tamaño considerable ha tragado la carnaza. El hilo se tensa demasiado y se clava en la mano. Intenta desquitarse y provoca tirones descontrolados. Hay que recoger con calma. Que parezca que viene solo. Si tira mucho sueltas un poco. Si viene, recoges. Pero intenta no perderlo. Raúl me dirige y yo me dejo llevar.
La maniobra dura un buen rato. Ya lo veo. A pocos metros de la superficie el sol hace brillar sus escamas. Anda nervioso, se resiste y no para de tirar. Llevo el corazón acelerado y respirando hondo. Un último tirón y el pez sube a la barca. Sigue con unos potentes aleteos que casi lo devuelven al mar. Le quito el anzuelo con dificultad. Es grande. Pero menos de lo que parecía. Comemos algo. Charlamos y regresamos a puerto sobre el mediodía.
Por la noche hay fiesta. Un grupo de música ameniza la velada. Han puesto muchas luces de colores y papelinas que forman un manto y que no dejan ver el cielo.
El aire las mueve a su paso y produce un ruido de fiesta mayor. Los mayores están sentados en primera línea y escuchan atentos canciones que no entienden. No es música de su tiempo pero les entretiene.
Los jóvenes quieren menos luz y más intimidad. Y se apartan. Parece que tengan un anzuelo en los labios. Cuando pueden hablan de intimidades. De secretos inconfesables.  Es lo que tiene el veraneo en un pequeño pueblo costero de la Isla. Salud.