jueves, 25 de abril de 2013

El traductor

Es mayor. Está jubilado de su profesión. Toda su vida traduciendo libros que le ha permitido leer mucho y de gratis. De todos los géneros. De tanto leer ha acumulado conocimientos y otro tipo de experiencias. Ahora que es mayor y que se ha jubilado de su profesión por imperativo legal, ha decidido escribir. Demasiadas experiencias retenidas y muchas ganas de darles salida. En esto está y por mucho tiempo del que disponga, el día se queda corto. Las ideas se escriben a buen ritmo. Pero con la sensación de que no basta.
Resulta lógico que su primer libro se titule "Diario de un traductor". Tampoco ha tenido ningún problema para editar. Se ha movido en ese mundo y lo conoce. Ahora una llamada al contacto de referencia. Ha tocado muchos manuscritos con sus manos y los ha ojeado suficientemente. Ahora es el momento de dejar constancia por escrito de pensamientos e ideas que ha conservado con tantos años de profesión.
La primera historia se refiere a un prisionero de Auschwitz. Éste se entretuvo a escribir en la clandestinidad todo cuando acontecía en el campo de exterminio. Lo que veía, lo que pasaba, lo que le contaban. Todo quedo registrado como documentos valiosísimos. Estuvo meses haciendo este tipo de cosas y luego escondía los folios en un lugar seguro. Tendría unos treinta años y había publicado cosas.
La profesión anterior a su detención había sido criador de perros y adiestrador. Era buen conocedor del mejor amigo del hombre. En el campo de exterminio de Auschwitz se hizo amigo de ellos. Había muchos y llegó a conocerlos a todos. Un atardecer de niebla espesa se acercó a la alambrada y cortó un trozo de ella. Los perros no ladraron. Se fue tranquilamente. Incluso se llevo un perro para que le guiara y le hiciera compañía en su huida.
Tardó varias semanas en llegar a su casa. Una pequeña aldea en Austria donde permaneció escondido hasta el final de la guerra. Se reencontró con lo que quedaba de su familia. Contó todo lo sucedido y cómo lo había vivido. Las cosas se fueron normalizando y esperó la ocasión de volver al campo reconvertido en museo del horror. Su obsesión era recuperar  los papeles escritos años atrás. Eran importantes. Lista de nombres, fechas, cosas acontecidas, dibujos de planos, etc.
Fue acompañado por sus nietos y protegido con mucho valor. Volver a pisar Auschwits no sería fácil. Los recuerdos en los papeles no le dejaron pensar en otras cosas. Este traductor vio estos papeles y los tradujo por encargo de una editorial que quería darles máxima difusión para evitar que la historia se repitiera.
Ahora es mayor, está jubilado y tiene tiempo. Hace memoria y escribe todo con lujo de detalles de cuanto recuerda. Estaciones repletas de gente hacinada esperando un tren blindado que les conduciría al campo de exterminio. Algunos no bajarían con vida del tren. Los vagones repletos según sexo y edad. Niños, adolescentes, mujeres, adultos y ancianos. A veces meses esperando que llegara el tren. Al final todos hacia el mismo sitio y con el mismo final. La muerte de frente pero con distinta cara. Hambre, gas, experimentos, fusilados, causas naturales. Enterrados en fosas comunes o quemados. La consigna era acabar con ellos y que no se reproduzcan. Pero no se puede luchar contra la naturaleza.
Recuerda el traductor que quien escribió aquello llevaba tinta en las venas. Escritura impecable. La sensibilidad que usaba para hablar de los perros. Especialmente el que se llevó para que le guiara. La curiosidad pudo con el traductor que antes de publicar su primer libro de jubilado anduvo los mismos caminos. Quería comprender mejor la historia y darle la sensibilidad adecuada a la situación. Estuvo en las estaciones. Viajó en tren. Visitó el campo de exterminio de Auschwitz. Entró en sus barracones. Se sentó en las literas. Paseó por el campo y se acercó a las alambradas.
Escuchó ladrar los perros menos a uno. La tierra todavía con olor a humedad, a orina, a sudor de fiebre, a lágrimas, a adrenalina, a miedo y terror, a ilusiones, a derrota y a ganas de luchar, a incertidumbre y a certeza, a gas y a muerte. A odio, a horror. A carne quemada.
Detuvo el tiempo. La madera de las literas crujía. Cogió un puñado de tierra y se impregnó las manos. Grabó esta sensación para escribirla estremecido en su despacho. Este señor mayor jubilado y que ahora escribe lo hace sentado en un sillón de despacho. Delante de un ventanal amplio que da al jardín repleto de árboles que él mismo ha plantado. Defiende Erri y así lo deja escrito que alguien que se dedica a la escritura debe de restituir a la naturaleza la madera abatida que se ha utilizado para imprimir sus libros. Escribe a mano con su pluma de siempre y con la dignidad de la impotencia de lo que sucedió.
Tengo este libro en las manos, "Diario de un traductor". Voy a leerlo cómodamente. Como todos los días voy a procurarme una lectura nocturna facilona pero con contenido. Luego hay que dormir bien y sin pesadillas -a ser posible-. He abierto las cristaleras del salón de par en par. Hoy huele a tierra mojada porque ha llovido y a brisa marina porque tengo el mar enfrente. La luz de la luna llega hasta dónde empieza la luz de la lámpara. Acomodado en un sillón de estos con orejas y que por lo viejo que es sólo te permite una postura. La más cómoda de las posibles. Abro el libro y empiezo la lectura. Luego vendrán las reflexiones. Salud.

 

1 comentario:

  1. La verdad es que ante personas así, uno se ve tan chiquito. Gracias por compartir.

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