miércoles, 13 de febrero de 2013

La lonja

Hoy es de esos días tranquilos en los que amanece bien. El sol sale puntual como de costumbre después de que la aurora vaya haciendo camino. Sin nubes. Ni lluvia ni viento. Un sol casi perezoso que va borrando estrellas a medida que amanece. Que se sacude el agua del mar donde ha pasado la noche. El mar despierta empujado por la luz. Pero sigue en calma. Es muy pronto y las primeras barcas empiezan a llegar a puerto con el pescado de la noche. Las golondrinas, como de costumbre, salen a su encuentro a ver si pillan algo. Algunos bípedos mortales como yo observamos el paso de los minutos detrás de un gran ventanal del bar del puerto. Las pocas luces que siguen encendidas se van apagando.
A esta hora el puerto mantiene una actividad casi estresante. Gente esperando las barcas y el pescado para descargar y llevarlo a la lonja. Todos se afanan a lo suyo que el tiempo en crisis vale mucho y se ha puesto por la nubes. Apuro el café -que por cierto es de los buenos- mientras tomo nota de todo lo que veo para que nada se quede sin explicar. Esta realidad que pasa desapercibida porque muchos no se fijan en la rutina. Cosas de las prisas. Cosas que pasan a diario y que vivimos en la subconsciencia por falta de tiempo o de concentración. El amanecer es tranquilo pero hace fresco fuera. La gente va abrigada. Botas de agua y algo de lana en la cabeza. Guantes de goma para no gastar las manos. Una vez amarrados los barcos empiezan a descargar cajas de pescado que son transportadas en carritos hasta la lonja. Entre los compradores hay conversación animada mientras se observa el género. Hoy es de esos días que hay mucho pescado porque la noche ha sido buena. Cuando termina la subasta la lonja se queda desierta. Sólo unos mozos con mangueras de agua y unos cepillos limpian los restos de la actividad.
Mientras, fuera, el sol ya brilla con intensidad y va calentando el ambiente. Pero la gente sigue sin fijarse y se muestra ajena. Ahora cargan las furgonetas y se van a sus destinos. No veo intención de vivir sentimientos nuevos por parte de nadie. Han apagado las farolas del puerto. Incluso el bar ya se ilumina con la luz del día. En el bar sólo quedan algunos marineros jubilados que disfrutan de buenas conversaciones y de una pensión de seiscientos euros. No saben en qué gastar tanto dinero. Hablar y recordar no cuesta.
De espaldas al puerto y al mar están las montañas que lo cercan. Una gran sombra avanza desde la montaña y se adentra en el mar apagando la luz del sol. Los hombres que trabajan en los barcos y en las redes lo notan. Miran al cielo y siguen a lo suyo para dejar listo el barco. Pasará en un momento. A media tarde hay que volver a faenar. Nadie se inquieta y el viento tampoco aparece. La nube se deshilacha y el sol aprovecha algunas rendijas para asomarse. El puerto, a esta hora, es territorio tranquilo. Mitad poético y mitad romántico. La lonja ha cerrado puertas y los mozos ponen a punto los últimos aparejos. Las gaviotas también se mantienen ociosas mientras hacen la digestión.
Termino el café y guardo el blog. Salgo a caminar por el muelle tranquilo saludando a los pocos que quedan y que me devuelven el saludo con un movimiento de cabeza. El tiempo no pasa. O si. No lo sé. Yo no he venido a ver pasar el tiempo. Estoy aquí para ver a las personas y observar cómo trabajan. Observar el mar y los barcos enjaulados en el muelle. No escribo retórica vacía. Escribo vida tranquila. Actitudes poéticas de la gente de mar. Esas grandes historias de mar en tormenta que los mayores del lugar recuerdan con pasión. El mar puede llegar a ser tan dócil como malvado. Ese mar que te seduce hasta la locura y que luego te mata para quedarse con tu cuerpo en sus profundidades.
Las olas te llaman. La brisa te relaja el rostro. La inmensidad del mar te hipnotiza. El vaivén de la marea que te mece. Te metes dentro porque quieres alcanzar el horizonte. Persiguiendo sirenas...ese mar...irresistible. A media tarde el muelle vuelve a ser un hervidero de gente que se prepara para zarpar. Hay que faenar una noche mas. Es la vida de esas gentes. Pescando a la luz de las estrellas. O con lluvia y viento. Hasta la madrugada. Un día y otro día. Preocuparse sólo de regresar. Salud.

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