martes, 19 de junio de 2012

Chaquetero

Tengo el corazón en un puño y siento un irrefrenable deseo de huir. Al instante empiezo con una sudoración profusa. Pienso. No creo haber cometido ningún error. Luego todos estos síntomas serán irracionales. Convendrá pensar en otra cosa y tener la mente ocupada o despejada. Pero desconfío del momento y del espacio que me rodea. Me propongo recuperar la serenidad pérdida y que me caracteríza. Me cuesta. No acabo de conseguirlo. Empiezo a obstinarme en la obstinación de recuperar mi estado de ánimo habitual. Este que suele estar entre la calma chicha y el cabreo justificado y bien entendido. La ironía sobrevuela mi pensamiento como siempre. No lo puedo remediar. Si no la domino me pierdo. Que estas cosas se me dan bien y he demostrado maestría. Con todos los respetos. Me gusta afilar bien la pluma y escribir con tinta de terciopelo. Esta que cuando se seca raspa como el esparto. Con todo he decidido que soy un sujeto anómalo de su tiempo. Como muchos otros. Que los conozco. Todavía no puedo entender los sentimientos y el comportamiento de algunos. Vivimos tiempos convulsos y no es para menos.
Todo esto viene a cuento de una história conmovedora que una señora muy mayor ha contado que le contó al Juez Garzón cuando éste investigaba los crímenes franquistas dentro del contexto de la Ley de Memoria Histórica. He leído muchos testimonios y he escuchado muchas historias, algunas de las cuales las reproduzco en este blog. La mayoría rozan lo aberrante, irracional e inverosimil. Pocas cosas me emocionan ya. Estas sí. Por esto he decidido comprometerme con la justicia social. Bueno, para ser más exactos. Esta cosa que practican la mayoría de los jueces en su trabajo y que es tan tremendamente lenta y que tiene tantos agujeros de interpretación que al final en lugar de ser justicia es una esperpéntica tontería. Todo menos justicia. Seguramente el que más se involucró y quién empezó esta lucha desde el poder judicial ya está despachado y finiquitado de por vida. Salvo actuaciones lúcidas de última hora que le devuelvan la dignidad.
Divar, reconozco que has hecho un buen trabajo. Has borrado la sombra que te perseguía lo que te valió el apodo de "el caguetas". Ahora sólo te queda tener la valentía de devolver el dinero que presuntamente mangoneaste para pagar presuntos viajes que presuntamente eran de trabajo. Ahora nos enteramos que presuntamente eran de esos de pasárselo bien. Todo un personaje que brilla por el botox en lugar de brillar con el ejemplo. Si te queda sentido común, devuélvele la plaza al Juez Garzón y luego dimite. Practícate un ere y vete a un exilio lejano. Me he enterado de que estás en ello. Estás tardando. Necesitamos a alguien que siga con el trabajo de localización, exhumación, reconocimiento y devolución a sus familiares a los de las cunetas -sean del bando que sean- para que puedan reposar el resto de la eternidad dónde sus familiares quieran. Yo seguiré en mi empeño de ir recordando esto para no perder la memoria.
Es extenuante luchar para el recuerdo. Pero tiene su recompensa. Cada fosa localizada es un objetivo cumplido. Cada fosa excavada y la recuperación de los restos de alguien es un proyecto hecho realidad. Cada familiar que da sepultura a un fusilado es sentir una emoción nueva. Recuperar cadáveres que fueron personas -abuelos, padres, hermanos, hijos- y que fueron fusilados por descerebrados es un deseo. Hasta que no quede nadie. Es un pulso contra el tiempo porque los que lo saben son mayores y la memoria se les va. En mi infancia vivía en un mundo reducido. La familia y los amigos. No había más. Ahora en la edad adulta mi mundo infantil se ha convertido en un universo. He percibido los destellos de la justicia social.  Entiendo que la gente anónima tiene una biografía. No comprendo porqué esto no se respetó. Pero ahora no puedo quedarme al margen. Personas que fueron humilladas. Arrancadas de los suyos. Juzgados sin garantías. O ni juzgados. Fusilados por gentuza a los que les movía el placer de matar. La venganza. La intolerancia.
Se han dado pasos importantes pero insuficientes. Hay que recuperar a todos. Luego vendrá limpiar los papeles cuando los hubo. Yo seguiré con lo mio. Recordar y hacer recordar. Tu trayectoria, Carlos Dívar, habrá sido una travesía en el desierto. Corta pero intensa. De esas de andar mucho y sin agua. Ayer el Jefe del Estado te dió la espalda y se fué a tierras de moritos a darle el pésame a no se quién. Una excusa como cualquiera. No le gusta vomitar en público. Su hijo tiene más aguante. Es lo que pasa cuando uno se comporta, presuntamente, como un delincuente. Le llega su hora. Disfruta de la jubilación. Que otros no pudieron. Y por tu culpa, algunos muchos, todavía siguen en las cunetas. Salud.

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