miércoles, 11 de abril de 2012

Jubilación a los 67

Mi compromiso con el blog es verdadero y desde todas las perspectivas posibles. Desde la idea o inspiración inicial pasando por todos los añadidos y complementos que aparecen. Cada entrada se hace y rehace las veces que haga falta. Se corrige y se cambian palabras y modifican frases. Al final, la entrada, debe quedar conformada como yo quiero al margen de que guste más o menos a los que habitualmente estáis en esto.
Esta vez tengo un aliado importante que es la historia y los secretos que entraña al margen de lo que todo el mundo conoce porque es de dominio público. La verdad de lo que realmente ocurre no siempre se corresponde con la verdad que todo el mundo maneja como cierta. Todo esto tiene su qué y se llama Agapito Fuentes. Estuvo trabajando de policía local toda su vida laboral en un pequeño pueblo de tierra adentro en los confines de la Mancha. Entró con un contrato verbal cuando apenas tenía veintiún años, estudios primarios y una mili recién finalizada de casi dos años de duración por tierras africanas pero en territorio español. Conocido por todos y querido por casi todos. Un policía local no tiene porqué caer bien a todo el mundo ni mucho menos. Le llamaban, simplemente, Agapito. No había otro pero si dudabas bastaba con añadir que era el hijo de José Fuentes, el sacristán. Durante mucho tiempo fue el único policía local del municipio de El Recodo de Calatrava. Con el tiempo y por necesidades, la plantilla se aumento en tres y un coche todoterreno. Era el más antiguo porque fue el primero y aunque oficialmente no tenía ningún reconocimiento ni llevaba ningún distintivo de mando era el que organizaba el trabajo y el que realmente mandaba según directrices del señor alcalde.
Cuando cumplió sesenta y cinco años lo jubilaron según la ley vigente o por imperativo legal como se dice hoy en día. Le organizaron una cena de despedida donde acudieron todos. Autoridades civiles, militares y religiosas -a saber, el alcalde y concejales, el sargento de la guardia civil y el cura del pueblo-. Le regalaron un reloj Seiko con calendario perpetuo y un ramo de flores. Tuvo que tragar con una misa de las de domingo -sermón incluido sobre las bienaventuranzas- concelebrada y cantada. La iglesia a rebosar igual que en el polideportivo donde ofrecieron la cena. Lijera y fugaz que no estaban las cosas para dispendios de estos. Casi un tentempié. Enhorabuenas y parabienes y todos a casa. Al día siguiente ya era historia que este tipo de cosas pasan rápido y se olvidan pronto. Quiso el destino que por aquellas fechas pasaran dos acontecimientos que podrían considerarse intrascendentes pero de primer orden en un pueblo pequeño. Falleció de vejez el responsables de pompas fúnebres y enterrador del pueblo y que el tal Agapito enfermara de depresión por no saber controlar su tiempo de ocio o jubilación que era mucho. Me atrevo a afirmar que era todo y demasiado. El alcalde independiente que en estos momentos estaba lo llamó para tener una charla mientras tomaban un café y un anís para matar el gusto. Le ofreció encargarse del servicio funerario a cambio de un poco de dinero para gastos corrientes de a diario -tabaco y algo más- que ya es porque él ya tenía su pensión de jubilado. Dicho y hecho. Al día siguiente, a primera hora de la mañana, ya estaba en el bar de la plaza mayor explicando su nuevo quehacer a los conciudadanos que también gustaban de madrugar.
El cementerio limpio como una patena y vigilado como mandaba la normativa vigente. Abrir por la mañana y cerrar al ponerse el sol. Dar cristiana sepultura a quien le tocara en suerte y poco mas. De esta forma volvió a ocupar el tiempo y se curo de la depresión. Manejaba un poco de dinero y su mujer administraba la paga de la jubilación. El día de Todos los Santos de este mismo año de su jubilación y porque era costumbre el señor cura fue a decir misa al cementerio. Una pequeña capilla que daba cabida a los feligreses que se congregaban. Prácticamente todas las mujeres del pueblo. Cuando entraron hubo un asombro y un lamento general que les puso la carne de gallina. Agapito permanecía inmóvil en el centro de la capilla ahorcado de una biga de madera. Descansa en paz Agapito. Salud.

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