lunes, 5 de marzo de 2012

La baja

A los ochenta y siete años uno ya es mayor. Se conserva muy bien pero es mayor, caramba. Catalina M.J. se ha dado cuenta. Dice que se ha caído y que le duele un brazo y una pierna. Le duelen tanto que casi no puede andar. No se aprecia nada. Seguramente no tiene nada. Ella insiste porque tanto dolor no es normal. Un poco de reposo y en un par de días como si nada. Pues si no me ingresan me tendrán que dar la baja. Catalina, que esto no es posible. La baja laboral sólo se da a quien está en edad de trabajar y tiene un trabajo. Tu tienes ochenta y siete años cumplidos. No te podemos dar la baja. Ella no lo entiende. Necesita la baja para poder justificar que no podrá realizar las actividades habituales durante un tiempo. Hasta que esté bien.
En el universo de su memoria y su razón no entiende la situación en la que vive. Su conciencia no encuentra respuesta. En su vida ya no percibe la armonía que busca y esto le genera inquietud y ansiedad. Pues si soy mayor y no estoy en edad de trabajar es porque debo descansar y hacer lo que quiera mientras mi cuerpo aguante. ¿Es eso, no? Lo has comprendido bien. Disfruta tanto como puedas de lo que te quede. Vale, pues no es así. Un rato de conversación me permite descubrir y entender lo que la inquieta. No puedo hacer lo que me gusta porque no tengo tiempo. Tienes todo el tiempo del mundo. No es así, espeta. La rigidez de los horarios en la residencia de ancianos donde vive no le dejan.
Nunca me hubiera imaginado una vejez metida en talleres de recuperación cognitiva y de la conducta. En entrenamientos de estrategias terapéuticas no farmacológicas y haciéndome un seguimiento especializado y una valoración de resultados en los que no se me consulta. Rodeada de ancianos que no colaboran y otros que son hipercinéticos y con tendencia a la distracción. Los que más son los sumisos que hacen lo que les dicen porque no tienen cosas mejores que hacer. Catalina demuestra ser muy inteligente y muy culta. No se muestra complaciente con este tipo de terapias que intentan una atención sostenida para favorecer las relaciones interpersonales aunque al final la cohesión del grupo cae por culpa de alguno de sus miembros. Ella ha pedido que su terapia ocupacional e instrumental sea la lectura, la escritura, el ganchillo y ver la tele. Los terapeutas no le dejan porque esto no está contemplado en los programas que el centro aplica.
Aquí es cuando Catalina pierde el interés, se desmotiva y empieza a desarrollar una sintomatología ansiosa que roza la rebeldía a base de excusas para recuperar su libertad como persona dentro de la institución. Se muestra muy agobiada. No tengo tiempo para leer los libros que mi familia me trae. Ni escribir en unas cuartillas que tiene guardadas en su mesita de noche. Quiere hablar con sus amigas y a duras penas tiene un ratito en tiempo de comidas. A mi edad tengo que hacer lo que ellos quieren y no tengo tiempo para hacer lo que a mi me gusta, me satisface y me llena. Catalina trasmite una cálida humanidad que inspira ternura. Quiero hacerme cómplice de ella. La agobiante severidad de los programas asfixia su libertad y la hace esclava del sistema y de los pseudocientíficos psicólogos y terapeutas que se mantienen alejados de la moral. A mis años esto es un sin vivir.
Se lo explico mirándola a los ojos y casi de forma clandestina. Voy a dejar constancia en el informe que tienes que reposar durante un tiempo largo hasta que vuelvas a vernos para un control y que durante este tiempo no podrás realizar las actividades habituales. Catalina busca mi mano y me la coge. Catalina me aprieta la mano y me obsequia con una sonrisa que me alegra el día. Salud.