miércoles, 28 de diciembre de 2011

Inocentes

Ser intelectual o ser artista, a día de hoy, es fácil. Te autodefines como tal y te comportas de forma extravagante. No tiene truco y es sencillo. Si alguien te cuestiona le miras por encima del hombro, le preguntas quién es y le espetas que no tiene ni pijotera idea de lo que está hablando. Le pisoteas su autoestima, lo deslegitimas de todo lo que diga o haga y a otra cosa. Un artista puede con esto y más.
Hay un fenómeno que responde al nombre de Francesco y que se define un artista polivalente. Expone algo así como unos cuadros en N.Y. porque afirma que es un lugar muy estimulante con gente muy espontánea y en una galería muy creativa. El galerista está encantado porque su centro artístico-cultural siempre está lleno. Francesco interesa como persona y como intelectual de la pintura. Una encuesta hecha a pie de calle por unos becarios revela que el ochenta por cien de los que entran en la galería no entienden o no les gusta la pintura que ven pero, con la temperatura de la calle inferior a cero grados, les da por entrar, tomar un café de gratis, pasear un rato con la vista perdida, entrar en calor y seguir camino. Estos también son intelectuales de la vida y además muy listos.
El tal Francesco es más artista cuando utiliza las cuerdas vocales que cuando utiliza los pinceles. Ha manifestado, sin despeinarse, que cuando quiere inspirarse se pierde en la naturaleza y le susurra al viento o canta ópera. Así cualquiera. Vistos sus cuadros se debe referir a naturalezas muertas o en estado de agonía. Tiene la habilidad de parecer estético y patético al mismo tiempo en cuanto abre la boca. "Todo cambia pero todo es igual. Nosotros los humanos cambiamos por fuera y por dentro -con la renovación celular- pero en el fondo seguimos siendo los mismos". Afirma que la belleza es frágil y que la plasma en los lienzos antes de que se rompa del todo. Agradecidos Don Francesco. "Aunque mi cuerpo está en la tierra mi  mente está en el cielo porque soy como Dios. Yo también se crear". Quiero un cuadro de Don Francesco. Tiene previsto viajar a la India para enriquecer su espíritu y mejorar los garabatos que expone sobre lienzos en la galería de N.Y. Esto lo hace más sabio, intelectual y artista. Yo, desde mi humilde opinión, le aconsejo una visita a un logopeda que le enseñe a callar. La humanidad se lo agradecerá.
Viene de familia bien. Esto es importante porque no tiene que preocuparse de las ventas. El colofón o la estética de lo absurdo llega en el momento en que explica cómo pinta. Está reunido con un grupo de periodistas y críticos de arte y anuncia que pintó una tela de dieciocho metros de largo por tres de alto en una nave industrial que posee en su Nápoles natal. Luego la estuvo troceando con distintas medidas y formas y el resultado es sorprendente y salta a la vista de quién quiera admirarla. Amenaza que cuando regrese de la India nos sorprenderá aún más con su nueva creación. Le damos por bueno que es Dios y que se dedica a crear, pero el verdadero artista es el resignado espectador que agudiza el ingenio y la imaginación y que es capaz de mirar toda la exposición sin vomitar. Siempre nos queda el consuelo de la libertad de ver su obra o no verla y de que mientras hace esto no hace cosas peores -si es que las hay-. Salud.

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