jueves, 15 de septiembre de 2011

Agravio

Un autor literario ha escrito que ..."las personas que saben hacer cosas las hacen; los que no saben enseñan a otros a hacerlas; los que no saben enseñar enseñan a los que enseñan y los que no saben enseñar a los que enseñan se meten en política o en la judicatura que no requiere de casi nada...". El saber no vale, sólo vale el poder. Nada nos protege de la idiotez salvo la experiencia. Llega un momento en el que creemos que el mundo no tiene sentido y para escondernos de esta apreciación nos volvemos infantiles de tal forma que nos creemos todo como cuando los Reyes Magos o el Ratoncito Pérez.
Uno que asciende en la escala social en la misma proporción e intensidad que su incompetencia resulta ser un peligro. Sin éstos las cosas estarían mejor. El poder en mayúsculas, tendría que estar en los actos de cada uno. Sostiene este autor que los hombres somos animales programados para comer, dormir, reproducirnos, conquistar y asegurar territorio y los más hábiles -a saber, los más animales- lo están consiguiendo. Los supuestamente inteligentes nos dejamos engañar por los más hábiles, los que mejor desvirtúan las cosas y los hechos. Es lo que hay y es lo que tenemos. Es un terrible agravio a la naturaleza humana y animal. Es una contradicción. De seguir así nunca avanzaremos hacia la verdad, hacia lo bueno y hacia el bien. Estamos sometidos y sin capacidad de defendernos y de revolucionarnos. 
El dualismo cartesiano ha resultado no ser del todo cierto y además cursilón. Aquello de que "pienso, luego existo" es una pamplina pueril y tontorrona. Si piensas debes ser inteligente y si eres inteligente deberías rebelarte contra el sistema para poder existir. Estar vivo y hacer idioteces al dictado de los incompetentes no es existir, simplemente es vegetar alienado. Uno de los textos de Ramón Llull explica que un rey aquejado de la enfermedad de la muerte reúne a sus dos hijos porque quiere hacer testamento. Les pregunta qué prefieren heredar, un bien inmaterial como la sabiduría o un bien material como la riqueza. Un hijo quiere lo primero y el otro hijo quiere lo segundo. El rey consulta con los sabios del reino y firma el testamento dejando todos sus bienes materiales al hijo que desea sabiduría y al otro un sueldo vitalicio para sobrevivir y poco más. Acuerda en el testamento que sin sabiduría no se puede administrar la riqueza. La riqueza gobernada sin sabiduría se pierde en despilfarros y caprichos que aparecen oportunamente. Ramón Llull ya lo tenía claro, lo dejó por escrito y nosotros no hemos aprendido nada. Qué fatalidad. Habrá que tomar buena nota de quién gestiona bien los recursos materiales de que dispone y que no son sólo suyos sino de la comunidad. Nos jugamos el futuro. Salud.