domingo, 17 de julio de 2011

Ramón Llull I

Personaje longevo donde los haya y que sólo por esto ya suscita envidia. Dotado de un buen adn que le permitiría vivir unos ochenta y pico de años allá por el mil trescientos quince. Tiene mérito y después de haber padecido innumerables enfermedades, envenenamientos, naufragios, encarcelamientos, dietas extravagantes en países exóticos y/o refinados. Su vida se me antoja apasionante a la par que estresante y densa de contenidos. Soltero, casado, padre, esposo, tutor de hijo de rey, viajante insaciable, mayordomo, misionero, anacoreta, escritor de ensayos y un largo etcétera que parece no tener fin. La vida contemplativa le proporciona el tiempo y el sosiego necesarios para la meditación y la escritura cuya lectura es todo un lujo para los sentidos. Doy fe.
En un momento de su ajetreada vida -y quizás por ello- sufre alucinaciones en forma de apariciones por las que decide dejar todo bien material y dedicarse a la conversión de los infieles. Esta fue la peor de las enfermedades que padeció y de la que no se curó. Es una lástima que una tontería de estas empañe un currículum. Este estado obsesivo y compulsivo por predicar las bondades del cristianismo a los no creyentes y convencerlos, pasando éstos de ser mentes libres a estar sometidos a unos mandamientos. Fue una persona sabia e inteligente pero en este último punto se delató su debilidad mental en el aspecto de que todo se mueve o existe por la gracia de dios. Grave error con el que toparon muchos otros ilustres.
Pero no era de esto de lo que quería hablar o escribir -para ser más exactos-. Yo quería aprovechar la genialidad de Llull para hablar de literatura y de ensayo. De expresarse a través de la escritura e incluso de la oratoria. Nuestro amigo Ramón siempre sostuvo el convencimiento de que cada palabra, por sí misma, estaba dotada de una cierta belleza. Una belleza literaria por cómo suena una palabra al pronunciarla y por el significado real o ficticio que se le quiera dar puntualmente en un escrito. Además añade esa belleza estética que tiene una vez colocada en el punto adecuado de un escrito o de una oratoria. Ramón Llull descubrió esa disposición natural a la belleza de cada palabra, las colocó de forma estrategia en cada uno de sus escritos o discursos consiguiendo la excelencia de sus obras. Va más allá y afirma que la palabra hablada o escrita tiene un significado evidente pero que este significado no es lo más importante. La importancia radica en lo que una persona quiere dar a entender con la palabra. No tanto lo que significa en sí misma sino el significado que quieres darle según la coloques en un sitio o en otro y la pronuncies de una manera o de otra. Acertar en esto le cuesta años de trabajo. Entenderlo, en mi caso, me cuesta horas y días.
La excelencia de la escritura y la oratoria esta en colocar las palabras en un lugar adecuado y estratégico para indicar o significar lo que él quiere y quién lee o escucha entiende el significado que él pretende. De esta forma nunca ha habido falsas interpretaciones y ha conseguido un efecto retórico envidiable. Lo fácil es lo que se quiere expresar. Lo difícil es saber cómo lo puedes expresar, que palabras puedes o debes utilizar y dónde colocarlas según el contexto y la finalidad. Mis entradas persiguen lo mismo pero no tengo la capacidad de nuestro ilustre beato. Salud.